El papel de la Iglesia católica

Otra institución que no sale muy bien parada de su papel durante el ascenso (y caída) del Tercer Reich es la Iglesia católica, o al menos sus máximos representantes. Defensores y detractores de los dos papas coetáneos de Hitler aportan pruebas y testimonios en uno u otro sentido, pero hay algunos hechos incontrovertibles.

 

Achille Ratti, para los fieles Pío XI (pontífice entre 1922 y 1939), se movió entre numerosas contradicciones. Sus primeros años de convivencia con Mussolini –que llegó al poder el mismo año que él al trono de San Pedro– fueron fríos y difíciles, sobre todo por la rivalidad entre los fascistas y Acción Católica, organización instigada por el Papa, enfrentamiento que culminó en la ilegalización en 1925 del Partido Popular Italiano, creado por el sacerdote Luigi Sturzo; Pío XI, conocido como el papa de las encíclicas” (escribió más de 30), contraatacó censurando el fascismo en una de ellas.

 

Pero las cosas iban a cambiar, y mucho, en 1929: ese año, la Iglesia y el Duce firmaron los Pactos de Letrán, en virtud de los cuales se creó el Estado de la Ciudad del Vaticano, y el Papa, como es de bien nacido el ser agradecido, pidió el voto para Mussolini y hasta bendijo los cañones que partían a la guerra en Abisinia.

 

Ya puestos, firmó otro pacto con Hitler para garantizar la pervivencia de las escuelas católicas en Alemania: el Reichskonkordat de 1933, que llevó a algún jerarca a llamarlo “el mejor amigo de los nazis”; eso sí, en 1937 se despachó en otra encíclica, Mit brennender Sorge (con ardiente preocupación), contra los excesos nacionalistas alemanes, si bien de modo somero. ¿De los judíos? Ni media palabra.

 

 

Más información sobre el tema en el artículo Bienvenido, Mr. Hitler, escrito por Nacho Otero. Aparece en el último monográfico de Muy Historia, dedicado al Tercer Reich.

 

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Etiquetas: curiosidadeshistoria

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