El enigma de los niños salvajes

Abandonados en la infancia, sobrevivieron gracias a los animales. Marcos Rodríguez, que hoy tiene 60 años, es uno de ellos. Los lobos le salvaron.

Muchas ciudades y estados tienen como mito fundacional a héroes criados por animales, como los gemelos Rómulo y Remo, rescatados y amamantados por la loba Luperca y un pájaro carpintero que les traía comida. O Semiramis, reina de Babilonia, alimentada por palomas cuando su madre la dejó abandonada en el desierto.

La mitología está llena de leyendas que evidencian la fascinación por este fenómeno, el cual también refleja una realidad cruel presente en la sociedad desde hace milenios: el abandono de niños. Lo cierto es que ha habido muchos casos reales de seres humanos criados por animales durante los primeros años de su infancia. Unas veces por accidente y otras a causa de la maldad de los hombres o porque los protagonistas, guiados por sus sentimientos, buscaban escapar del confinamiento al que estaban sometidos y encontraron en la naturaleza el afecto que la sociedad les negaba. 

En 1698, el médico e historiador irlandés Bernard Connor relató en su libro Historia de Polonia varios casos de niños que habían crecido amamantados por osas. Uno de ellos, de doce años, “caminaba a cuatro patas y sus maneras eran similares a las de las bestias”. Se alimentaba de carne cruda, miel y manzanas, y no fue posible enseñarle a andar de pie.

Once años en compañía de lobos 

Pero las historias de niños salvajes no son cosa del pasado. Algunos aún siguen entre nosotros, como Marcos Rodríguez Pantoja, que nació en Añora (Córdoba) en 1946. La increíble aventura de Marcos comenzó cuando su padre y su madrastra, que vivían con él en Fuencaliente (Ciudad Real), lo vendieron a un pastor de cabras de Sierra Morena en 1954. Tenía solo siete años y era víctima de malos tratos. Cuando el cabrero murió, Marcos decidió quedarse en la sierra. Al fin y al cabo, la vida entre humanos le había dejado un recuerdo negativo.

Un día que Marcos tenía mucha hambre y frío, decidió meterse en una lobera donde había varias crías. Allí se quedó dormido hasta que aparecieron sus padres que regresaban de cazar. Al principio, le gruñeron y él se echó las manos al cuello para protegerse de un ataque mortal. Pero algo ocurrió en ese instante que lo cambió todo para siempre. Los amenazantes gruñidos se convirtieron en lametazos. Hasta le dieron un trozo de carne recién cazada, con su propia boca, como suelen hacer con sus crías.

Desde ese momento se convirtió en un miembro más de la manada. Aprendió a cazar con ellos y a imitar los ruidos de los animales del bosque. Se vestía con las pieles de sus presas. Un día de 1965, después de once años viviendo en los bosques, un cazador le vio corriendo entre la maleza y dio parte a la Guardia Civil. Tardaron en encontrarlo, pero al fin dieron con él y lo trasladaron a Fuencaliente, donde aún vivía su padre. Después fue llevado a un convento al que le costó adaptarse, ya que no soportaba la comida cocinada.

Poco a poco, aprendió a hablar y acabó integrándose en la sociedad. Es fácil conversar con él. Marcos es un ser sensible e inocente, al que agobian las aglomeraciones. Actualmente tiene 60 años y se encarga de cuidar un pazo en Galicia donde por fin ha encontrado la paz. De vez en cuando da charlas en colegios para que los alumnos aprendan a querer a los lobos, que al fin y al cabo le salvaron la vida.

Puedes leer íntegro el artículo "El enigma de los niños salvajes", escrito por Pablo Herreros, en el número 425 de Muy Interesante.

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Etiquetas: animalescuriosidades

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