Cuidando tu boca, cuidarás tu corazón

Tener una dentadura sana no es solo una cuestión estética: aleja el peligro de sufrir dolencias graves, desde diabetes hasta cardiopatías.

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Está documentado científicamente que las enfermedades orales, en especial las relacionadas con las encías, pueden provocar problemas de salud en el resto del organismo. Generan desde trastornos del equilibrio y lesiones musculares hasta dolores de cabeza o calambres, e incluso agravan una diabetes y aumentan el riesgo de cardiopatías.

Nuestra salud bucodental tiene mucho que ver con las bacterias que residen en nuestra boca: son más de setecientas especies diferentes, y en un mililitro de saliva viven tantos microorganismos como habitantes tiene China. La mayoría nos ayudan a degradar la comida; pero otros nos acarrearán problemas de salud si consiguen proliferar y desequilibrar la microbiota bucal, como el Streptococcus mutans, bacteria causante de las caries. 

 

 

Para mantener en equilibrio la microbiota bucal, necesitamos una buena higiene y evitar factores de riesgo, como entrar en contacto con bacterias patógenas. Y esto es así incluso desde la gestación: si la embarazada tiene una carga bacteriana elevada, es más probable que parte de esos microbios pasen a la boca del hijo; y si son causantes de infecciones, pueden llegar a provocarle problemas.

 

Se transmiten por la saliva, de manera que, con un gesto tan simple como limpiar el chupete del bebé chupándolo nosotros mismos, podemos pasar al niño microorganismos patógenos. También las parejas comparten microbiomas bucales muy parecidos, ya que en cada beso se intercambian bacterias; si algunas de ellas son indeseables, pueden contagiar la caries.

 

La dieta, y sobre todo una ingesta elevada de azúcar, es clave para alterar la microbiota oral. Y no solo nos estamos refiriendo a los terrones que le echamos al café, al chocolate o a las golosinas, sino también a los refrescos, los zumos industriales, la pasta, el pan… El azúcar puede alterar el colágeno y además acidifica el entorno, lo que afecta a los dientes erosionando su esmalte y dejándolos sin protección ante las bacterias que provocan las caries.

 

Cuando la comunidad de microorganismos se desequilibra y proliferan microbios patógenos, pueden aparecer las caries o la enfermedad periodontal. Esta última resulta más complicada, ya que es infecciosa, inflamatoria y crónica, y también destruye los tejidos de soporte del diente: el hueso alveolar.

 

Si se detecta en las primeras fases, el tratamiento permite mantener los dientes, pero si se diagnostica en una fase avanzada, con frecuencia no se puede conservar la dentadura. Una primera pista de que podemos sufrir periodontitis es que nos sangren las encías con frecuencia. Un sangrado habitual es síntoma de que existe un problema y debemos acudir al dentista.

 

La enfermedad periodontal tiene dos consecuencias. La primera, local, que supone la pérdida de dientes. La otra es sistémica y puede llegar a ser grave: la presencia de una gran cantidad de bacterias patógenas bajo la encía puede provocar que aquellas pasen a la sangre e invadan diferentes tejidos y órganos. De hecho, una mala salud bucodental se ha relacionado con un aumento del riesgo de enfermedad cardiovascular, parto prematuro, diabetes y síndrome metabólico, entre otras complicaciones. 

 

Más información sobre este tema en el reportaje Directo al diente, escrito por Cristina Sáez. Puedes leerlo en el número 421 de Muy Interesante.   

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