Cuando las cobayas son personas

A lo largo de la historia, algunos científicos han dado muestras de una extraordinaria falta de escrúpulos. En nombre de la ciencia, se ha dejado morir de sífilis a cientos de personas, se ha provocado caries a individuos que no eran conscientes de que estaban siendo sometidos a un ensayo e incluso se ha infectado de hepatitis a discapacitados. Durante la Segunda Guerra Mundial, investigadores alemanes y japoneses realizaron biopsias sin anestesia a reclusos, los introdujeron en agua helada para conocer los límites de la resistencia humana e incluso les inyectaron fluidos para averiguar si sus ojos cambiaban de color.

 

También en el siglo XX se dio en EE. UU. otro tipo de experimentación con humanos, más sutil, pero igualmente sobrecogedora. Así, en 1920, John B. Watson, el padre del conductismo, realizó un estudio con un bebé de ocho meses al que le provocó aversión a los animales con pelaje blanco tras asustarle repetidamente cada vez que le mostraba uno. En ese mismo país, desde los años 50 y durante dos décadas, los servicios de inteligencia impulsaron un programa secreto que pretendía la alteración de la conducta de unos sujetos mediante la administración de LSD. Este tipo de iniciativas no solo se ven amparadas por organismos oficiales. En 1998, el Instituto Tecnológico de Massachusetts fue condenado a indemnizar a los supervivientes de un ensayo en el que se expuso a unos alumnos de una institución que “cuidaba” de disminuidos psíquicos a una dieta especial que incluía dosis de hierro y calcio radiactivas.

 

Más información sobre el tema en el artículo Crueles en nombre de la ciencia, en el número 392 de Muy Interesante, escrito por Miguel Ángel Sabadell.

 

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