Cómo nos afecta la microgravedad

El físico Miguel Ángel Sabadell nos cuenta qué ocurre cuando nos libramos de la gravedad, una fuerza que afecta al desarrollo de las plantas y ciertos cánceres.

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La microgravedad es una herramienta que permite entender algunas cuestiones fundamentales y mejorar y optimizar ciertos procesos físicos, químicos y biológicos. Por ejemplo, cuando hervimos agua en nuestra cocina, se forman en el líquido miles de pequeñas burbujas. Sin embargo, en circunstancias similares, en el espacio solo aparece una de gran tamaño, un fenómeno que se debe a la falta de convección y a la flotabilidad.

La cuestión es: ¿por qué se investiga en microgravedad? “Para entender aquellos procesos que están enmascarados por la gravedad; para confirmar que los diseños que acabarán siendo instalados en el espacio funcionan de forma correcta; para conocer mejor los fenómenos en un entorno sin gravedad, y para mejorar procesos industriales”, señala el físico Ángel Carretero, de la División de Programas Espaciales y Ciencias del Espacio del INTA, responsable de la torre de microgravedad de esa institución.

Los aviones que simulan la microgravedad, como el antiguo C-9B de la NASA, donde se grabaron algunas escenas de la película Apolo 13, o el Airbus A310 de la Agencia Espacial Europea, consiguen unos veinte segundos de ingravidez. Para ello, levantan el morro hasta formar un ángulo de 45 grados y ascienden a unos diez kilómetros. Entonces, empieza el denominado vuelo libre, que, en el fondo, es dejarse caer siguiendo una trayectoria parabólica, parecida a la de una pelota de baloncesto cuando se lanza un tiro libre. Tras esos veinte segundos, la aeronave comienza a descender con la misma inclinación con la que ha subido hasta que alcanza lo que se llama valle de la trayectoria. Y vuelta a empezar. Así hasta treinta veces en un solo vuelo.

Las agencias espaciales suelen usar estos ingenios para entrenar a sus astronautas antes de mandarlos al espacio, pero, por algo más de 5.000 euros, ya hay compañías que ofrecen a los más lanzados una experiencia similar. Eso sí, la sensación puede que no sea muy placentera. Dos de cada tres personas sufren náuseas y, de hecho, este tipo de aviones se conoce con el no muy amigable nombre de vomit comet. Esto, claro está, no es un problema en las torres de microgravedad, donde es posible comprobar durante unos pocos segundos ciertos fenómenos físicos en este mismo entorno y, a menudo, a un menor coste.

 

Puedes leer íntegramente el artículo Cómo nos afecta la microgravedad, escrito por Miguel ángel Sabadell, en el número 418 de Muy Interesante.

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IMAGEN: NASA

Etiquetas: cienciagravedad

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