Cómo acabar con las interrupciones en el trabajo

Las distracciones se pagan, como bien saben en los departamentos de recursos humanos de las grandes corporaciones, empeñadas en mejorar la productividad de sus plantillas.

 

Workplace Options, proveedora de servicios para empleados, ha estimado las pérdidas de las empresas norteamericanas por los despistes de su personal en 650.000 millones de dólares al año. Más de la mitad de los encuestados por esta compañía, el 53 %, reconocían que la desconcentración afectaba a su eficacia profesional.

 

Los experimentos corroboran lo que dicta el sentido común. Dos psicólogos de la Universidad Carnegie Mellon, en Estados Unidos, hicieron leer a 136 voluntarios un pequeño texto y, pasado un tiempo, responder varias preguntas sobre él.

 

Pues bien, el 20 % del grupo que sufrió interrupciones no contestó bien el test. Además, la experiencia arrojó otro dato interesante, y no tan previsible: los individuos a quienes se les advirtió al principio de que iban a ser incordiados durante la lectura, sin que se cumpliera finalmente la amenaza, fueron los que mejor nota sacaron. Tal vez el cerebro se adapta y trabaja mejor ante la presión de una distracción inminente, a costa de aumentar el estrés.

 

El caso es que sacar adelante la tarea prevista en la oficina se convierte a menudo en una carrera de obstáculos. Nada nuevo, si bien la revolución digital ha multiplicado los riesgos. Diversos estudios cifran que sufrimos una interrupción en el trabajo aproximadamente cada tres minutos. Y según Gloria Mark, profesora de Informática en la Universidad de California, cuesta 23 minutos volver a retomar completamente el asunto que teníamos entre manos.

 


Uno de los principales responsables es el e-mail, que no deja de enviar notificaciones de aviso a los sufridos usuarios. En los peores casos, leer y contestar cien correos puede llevar hasta la mitad de la jornada laboral. Varias compañías han tomado medidas para poner coto a esta invasión maligna de la bandeja de entrada.

 

Entre las iniciativas más ocurrentes cabe citar la de Jamey Jacobs, vicepresidente de Abbott Laboratories, que ordenó utilizar el anticuado teléfono para los temas urgentes, y el correo electrónico solo para los que podían esperar. Así se establecía una jerarquía de prioridades. Más radical, la empresa de servicios tecnológicos Atos instituyó una medida cuyo nombre habla por sí mismo: Zero E-mail. El director general de la empresa, Thierry Breton, lo comparó con “reducir la contaminación después de la Revolución Industrial”.

 

Más información sobre el tema en el reportaje En busca de la concentración, en el número 401 de Muy Interesante, escrito por Pablo Colado.

 

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Etiquetas: trabajo

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