Así nos engancha Angry Birds (y otros entretenimientos adictivos)

Fans de artistas del pop adolescente –Justin Bieber, Miley Cyrus, One Direction…–, corredores amateurs que se sienten mal si no salen a patear las calles todos los días o coleccionistas de objetos diversos son otros exponentes de un comportamiento que eleva el mero entretenimiento a ofuscación.

 

Parece ser que a los seres humanos nos cuesta muy poco convertir un me gusta esto en un lo necesito.
¿Qué tienen en común todas estas aficiones? Por una parte, respetan las reglas básicas del llamado moldeamiento, o sea, el proceso mediante el cual se generan conductas nuevas y constantes que definieron científicos como Burrhus Frederic Skinner (1904-1990). Primero nos captan a base de refuerzos inmediatos y muy fáciles de conseguir.

 

Es la sensación inicial de éxito que ofrece el jueguecito Angry Birds: casi cualquier lugar al que se apunte con el pájaro será un acierto. Los programadores saben que para enganchar a una gran cantidad de personas hace falta que el esfuerzo inicial sea mínimo. Pero, después, es muy importante que el sujeto sea sometido a lo que Skinner denominaba refuerzo diferencial. Porque no basta con saber hacer algo: son las recompensas por ejecutarlo bien lo que nos mueve a intentarlo una y otra vez.

 

Por eso, las actividades que siempre producen resultados positivos raramente desembocan en una conducta compulsiva. El refuerzo tiene que ser cada vez más difícil de conseguir, una regla aplicable tanto a los coleccionistas como a los que viven para machacarse en el gimnasio: los primeros progresos se obtienen de manera casi inmediata, mientras que los siguientes músculos o piezas raras requieren una considerable inversión de horas y dedicación. Como nos recuerdan los psicólogos conductistas, abandonamos inmediatamente aquello que nos produce resultados constantes en cuanto falla la gratificación.

 

El secreto de los vendedores de obsesión consiste en conseguir que nos aficionemos a algo que nos da alegrías de forma intermitente y cada mucho tiempo. Así funcionan las máquinas tragaperras con sus luces y sonidos apoteósicos: alertan a todos los presentes en el local de que alguien se lleva un buen pellizco, haciéndonos olvidar la suma de dinero que previamente habrá gastado. Y así funciona la forma en que se forjan muchos comportamientos sociales.


Más información sobre el tema en el artículo ¿Por qué nos obsesionamos?, en el número 402 de Muy Interesante, escrito por Luis Muiño.

 

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Etiquetas: curiosidades

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