Asesinos por no quedar mal

En los años sesenta, la Universidad de Yale reunió a un grupo de voluntarios para un estudio sobre aprendizaje y memoria, que se llamó experimento de Milgram.

 

Antes de empezar, un hombre de bata blanca les explicaba que tenían que administrar descargas eléctricas cada vez más intensas a una persona cuando esta se equivocara al recordar una lista de palabras.

 

Al inicio de la prueba, el hombre que debía ejercitar su memoria fallaba y el experimentador pedía al voluntario que apretara el botón y comenzara con las descargas, que iban aumentando con cada error.

 

Como la víctima estaba en la habitación de al lado, se la escuchaba con claridad. A partir de 75 voltios, se quejaba; entre 90 y 120 voltios, gritaba; de 130 a 150, suplicaba que la liberaran; con 270 voltios, emitía gemidos agónicos; con 300, un grito desesperado; y más allá, nada de nada.Era fácil suponer que el individuo había muerto electrocutado.

 

Lo que ignoraban los voluntarios era que el experimento estaba trucado. La víctima de la habitación de al lado era un actor preparado para simular el dolor, pues no recibía ninguna descarga. Aun así, de los cuarenta sujetos que participaron en la prueba, veinticinco continuaron apretando hasta el final. Ninguno se negó a empezar y todos llegaron, al menos, hasta 180 voltios.

 

¿Qué impulsaba a gente normal a pulsar un botón hasta llegar a matar a un individuo? Cuando les preguntaron después, alegaban que sus intenciones habían sido benignas.

 

Pensaban en ser útiles a la ciencia; en cumplir las expectativas del experimentador y estar a la altura de su misión; y en ayudar al que estaba al otro lado de la puerta a retener mejor la lista de palabras. Pero cometieron un error al delegar su responsabilidad moral y adaptarse de forma conformista a la norma impuesta por alguien –en parte, solo por el hecho de que llevaba bata blanca–. Eso los convirtió en asesinos en potencia.

 

Más información sobre la psicología del conformismo en el artículo ¿Dónde va Vicente, de Luis Muiño. Puedes leerlo en elnúmero 399 de Muy Interesante.

 

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Etiquetas: ciencia

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