100 años de la letal batalla del Somme, en la IGM

1 de julio de 1916: cerca del río Somme (Francia) se desencadena una de las peores carnicerías de todos los tiempos.

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Primera Guerra Mundial. 1 de julio de 1916, en torno al río Somme, cerca de la frontera francesa con Bélgica. Al oír la voz de ataque, las tropas británicas –entre las que había un gran número de soldados inexpertos debido a las prisas por sustituir a los muchos caídos en el frente–, junto con las francesas, debían salir campo a través para entretener a las fuerzas alemanas y que los galos pudieran recuperar Verdún. Los soldados fueron dispuestos a lo largo de 40 kilómetros de frente al sur del Somme. Estaban muy cerca del enemigo, a entre 300 m y 600 m, que se desplegaba al norte del río y eran soldados veteranos, puesto que la Triple Alianza –formada por Italia y los imperios germano y austrohúngaro– no había tenido tantas bajas hasta aquel momento.

Antes de intervenir, estaba previsto que la artillería aplastara sin piedad las posiciones germanas. El 1 de julio, a las 7:20 de la mañana, comenzaron las explosiones, que terminaron en diez minutos y parecían haber fulminado al 2.º Ejército alemán del general Fritz von Below, formado por medio millón de hombres. A las 7:30, después de un tenso silencio, se dio la orden de avanzar. En la marcha masiva intervinieron el 3.º y el 4.º Ejército británico y nueve cuerpos del 6.º Ejército francés, unos 750.000 soldados en total.

Los disparos y descargas parecían venir de todas partes. La confusión se generalizó. ¿No se suponía que los alemanes estaban hechos trizas? En realidad apenas había hecho mella la artillería en los búnkeres, por errores, por un exceso de confianza, por la ineptitud de voluntarios que no habían fabricado bien la munición. ¿Y dónde estaban los mandos? Tan asustados y desconcertados como los demás, pues eran igual de inexpertos.

 

Ni un paso atrás

El soldado Frank Lindley, del 14.º Regimiento de York y Lancaster, relató así el pavor del momento: “Yo iba en primera fila y ya no había cánticos. Seguíamos avanzando como podíamos sin ni siquiera un pensamiento. El ruido de balas y bombas lo engullía todo. Por el rabillo del ojo veíamos a los compañeros que sabíamos que llevaban una pistola para disparar a aquellos de nosotros que, sobrepasados y aterrorizados, osáramos retroceder”.

Sin embargo, de la magnitud del desastre los mandos británicos no se enteraron hasta el 4 de julio, debido a las deficiencias de las comunicaciones. No cesaron de dar la orden de avanzar durante aquellas primeras jornadas. Y hasta bien pasada la contienda no sabrían que solo en el primer día, entre los hombres de Su Majestad, hubo 19.240 muertos, 35.493 heridos, 2.152 desaparecidos y 585 soldados hechos prisioneros.

Entre los días 3 y 13 de julio, solo el 4.º Ejército británico realizó 46 acciones ofensivas, que se cobraron 25.000 bajas en sus filas. Detrás de calamidades como estas no solo estaba la eficacia germana, sino también la confusión. En muchas ocasiones, el caos se acentuaba por la falta de entendimiento entre los mandos británicos, que querían mantener un ataque constante, y los franceses, partidarios de reservarse para asestar luego un gran golpe. El resultado fueron operaciones tan nefastas como el enfrentamiento en Fromelles, donde perecieron 7.080 soldados británicos y australianos sin ganancia de terreno alguna.

 

Otras ofensivas, siempre muy sangrientas, sí lograron su objetivo, como fue el caso de la toma de la granja Mouquet, que los alemanes habían fortificado muy bien, tras diez días de lucha cara a cara. Y eso que aún era septiembre y no había comenzado la pesadilla del fango que traerían las lluvias de otoño, más espantosa que nunca en el enfrentamiento de Le Transloy, en la región de Norte-Paso de Calais, a principios de octubre.

 

Combates encarnizados

Bazentin, Arrás, Longueval, Pozières, la fortaleza Thiepval, Guillemont, el bosque de Delville… Lugares donde el combate fue especialmente encarnizado. A la carnicería propia de los combates supuestamente bien diseñados se le añadía la mortandad resultante de errores constantes, como cuando se informó de la victoria no confirmada de la 29.ª División en Beaumont-Hamel y se ordenó la marcha sobre ese lugar del 1.º Regimiento de Terranova, que sería totalmente masacrado.

Hubo más de 700.000 víctimas mortales entre las tropas de la Entente y unas 500.000 entre los alemanes

¿Y qué se había conseguido al final? Una insignificancia, a pesar de que los alemanes habían construido un complejo defensivo muy reforzado –que se conocería como la Línea Hindenburg–, y pese a que los ingleses habían adelantado la puesta en escena de su arma secreta: el tanque. Era la primera vez que se utilizaba en la historia y debutó en el ataque a Flers-Courcelette, el 15 de septiembre. Aunque se trataba de modelos muy lentos y rudimentarios y pese a que solo veintiuno de los cuarenta y nueve disponibles pudieron entrar en acción, lo cierto es que hicieron mella en las posiciones germanas.

La batalla finalizó, tras mucha más violencia y penalidades, el 18 de noviembre, no sin antes un último enfrentamiento sangriento en torno al río Ancre. Era el final de una contienda atroz en la que, en cuatro meses y medio, hubo más de 700.000 víctimas mortales entre las tropas de la Entente y unas 500.000 entre los alemanes. Un espanto donde ni siquiera hubo un vencedor claro.

 

Imagen: John Warwick Brooke / Imperial War Museums / vía Wikimedia Commons

 

Puedes leer íntegramente el artículo "100 años de la batalla más letal de la I Guerra Mundial. En el infierno del Somme", escrito por Miguel Mañueco, en el número 422 de la revista Muy Interesante, ya en tu quiosco.

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Etiquetas: Primera Guerra Mundialhistoria

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