Una reportera en la NASA
![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]()
|
Por alguna razón siempre hay que madrugar. No importa si el lanzamiento es a las 3 de la tarde, hay que llegar al centro de prensa del varias horas antes, recoger la dichosa credencial y quedar allí “preso” hasta que termine el espectáculo. No está permitido ir sin escolta, salvo a la cafetería, que está junto al Centro de Control y al imponente edificio VAB, un cubo enorme donde se ensambla el shuttle a sus propulsores. El recinto es tan voluminoso que crea su propio microclima: allí adentro se forman nubes y llueve. Lo he visto con mis propios ojos. Igual que contemplé los trozos calcinados del Columbia, puestos en cuadrículas en el piso como un rompecabezas macabro. Y espero, en un futuro no muy lejano, ver el primer hardware del Ares I.
Durante las mañanas de verano, los mosquitos de las serenas lagunas situadas frente al reloj que marca la cuenta atrás pueden ser un tormento. Y 4,8 kilómetros más allá, bajo la sombra de las torres de lanzamiento, siempre se divisan bandadas de garzas, caimanes, manatíes, águilas calvas, peces de un metro de largo y familias de delfines que entran del mar abierto porque, irónicamente, en el Centro Espacial Kennedy se encuentra la reserva natural más protegida y aislada de la Florida. Y justo en el centro se sitúa la sencilla casa de playa a la que se retiran los astronautas y sus familias días antes de cada lanzamiento para despedirse.
Horas antes de cada despegue el pulso dentro de la sala de prensa sube como el mercurio. El repiqueteo de las teclas de los ordenadores portátiles se agiliza, y las voces en los teléfonos móviles adquieren un tono más urgente. Los principales periódicos tienen asignado su propio espacio de trabajo, mientras que los grandes medios de comunicación nacionales cuentan con sus propios trailers y antenas de satélite permanentes adyacentes al edificio principal, donde acampan días enteros y se reencuentran con los que se han convertido ya en “amigos de lanzamientos”. Pantallas simultáneas de NASA TV nos muestran minuto a minuto lo que está sucediendo en el lugar donde visten a la tripulación, en los controles de Houston y de lanzamientos, y en la misma Estación Espacial Internacional, donde aguardan los astronautas flotando.
Ingenieros, expertos de toda clase, y algún que otro astronauta vestido de azul pasan por allí por si acaso los quieres entrevistar al lado de las réplicas gigantes del shuttle y la ISS. Y Maggie, la encargada del archivo de imágenes, regala galletitas y una sonrisa mientras copia en un DVD las docenas de fotografías en alta resolución que pedimos ávidamente. Si tienes hambre, sólo puedes comprar un emparedado de dudosa apariencia en el “roach coach”, (el coche de las cucarachas). Y un café que peca de amargo.
La cantidad de periodistas congregados cambia en función del atractivo de la misión. Nos reunimos al menos 4.000 el día en que lanzaron a John Glenn en el Discovery, en 1998. Recuerdo que fue tal el caos que yo decidí dormir la noche anterior dentro de mi coche, con la gloriosa vista de una de las plataformas de lanzamiento, bañada en luz blanca. En misiones consideradas rutinarias por muchos medios apenas hay 100 reporteros. No entiendo cómo el lanzamiento de un vehículo a 25 veces la velocidad del sonido pueda parecerle a alguien rutinario…
Lo que está claro es que el espectáculo nunca decepciona. Minutos antes de cada lanzamiento, el aire se carga de una electricidad especial, como si todos los presentes se unieran en una sola emoción colectiva. Y cuando comienza la cuenta atrás a mí literalmente me tiemblan las piernas. Al principio ves el vapor de agua y las primeras llamaradas en completo silencio. Luego, en cámara lenta, el aparato se comienza a querer elevar, como si le costara un gran esfuerzo. Y en ese momento uno comienza a gritar igual que en un partido de fútbol. Pronto el trueno de la ignición se convierte en un crepitar que sube en decibelios y suena como si algo estuviera rasgando en cielo en dos, metiéndose dentro del pecho igual que los bajos de una discoteca. Y la luz de los dos pilares de fuego es tan intensa que los ojos llegan a doler.
Quizás el despegue más memorable lo vi sobre el techo del VAB, suspendida entre el cielo y la tierra. Era una noche que durante unos segundos se convirtió en día, y hasta sentí el calor de las llamas en la mejilla.
A bordo del vomit comet
Pero he tenido otros muchos momentos especiales a lo largo de más de dos décadas cubriendo la exploración espacial. Quizás la más inolvidable fue la primera vez que experimenté la microgravedad, a bordo del KC-135A, mejor conocido como el vomit comet (“cometa del vómito”). Recuerdo intensamente esos primeros segundos de transición entre la hipergravedad del vuelo parabólico, cuando el avión está apuntando 45 grados hacia el cielo, y la gravedad cero, cuando está en la curva superior del arco. Y cómo luego en 30 segundos todo comienza a flotar. Sientes que eres casi hueco, que estás vacío por dentro. Y, de repente, alguna mano invisible te agarra del pelo y te lanza hacia arriba. Cien mil años de evolución humana salen volando por la ventana, mientras el cerebro trata de aceptar lo que no está preparado para entender.
Por suerte en ninguno de los tres vuelos me llegué a marear, pero hay momentos en que miras a tu alrededor y el 70 por ciento de los pasajeros, incluyendo algunos directores de vuelo, están indispuestos. Y eso a pesar que dos horas antes nos han dado “scopdex” (una genial pastilla mezcla de anfetaminas con escopolamina). Desde la cabina la sensación es muy diferente porque estás amarrado a la silla. Pero entonces lo increíble es la vista. Mientras desciendes 10.000 pies para iniciar inmediatamente la siguiente parábola, ves que caes en picado hacia el golfo de México. No es fácil convencerte de que no vas a estrellarte contra el mundo.
En tierra firme me han sucedido cosas simpáticas. El entrenamiento en la cámara de altitud en el Centro Espacial Johnson, al lado de la enorme piscina, es un requisito indispensable antes de volar en cualquier avión de la NASA. La experiencia me enseñó exactamente lo que le sucede a mi cerebro cuando le quitan el oxígeno a 35.000 pies de altura y, con un hilo de lucidez, mientras el dolor de cabeza parece a punto de partirme el cráneo en dos, rellené una planilla con preguntas que cada vez se me antojaban más difíciles.
Otro día no sé que hice pero trastoqué algo en el simulador del brazo robot del shuttle, intentando agarrar el telescopio Hubble. La paciencia de Dan Tani, un titulado del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT) que entonces se entrenaba para su primera misión, me sacó del aprieto. ¡Qué vergüenza! Esa misma tarde Dan nos mostró el sistema para entrenarse a ir al baño en el espacio. “Todo es cuestión de posición”, sonrió Dan. “Te sientas aquí, alineas el trasero con el asiento en esta pantalla de TV… así…igual que el acoplamiento del Apollo-Soyuz. Luego accionas esta palanca aquí, sientes cómo produce un vacío, y ¡voilá!”
En el MIT me dejé amarrar a la “cama de la gravedad”, con la cabeza llena de aparatos extraños, y aguanté mientras me hacían girar como una perinola, donando mi cuerpo a la ciencia para entender cómo la hipergravedad, y la falta de ella, afectan el sistema vestibular y el oído interno. “De cero a 10 diga cómo está de náuseas”, era la pregunta que me hacían mientras el estómago se me volvía del revés. ¡Los 10 dólares que nos pagaban por hora a los conejillos de indias no eran suficientes!
En White Sands Test Facility, en medio de un desierto de yeso en Nuevo México, aprendí que a veces la baja tecnología funciona mejor que todos los dispositivos del mundo. Al lado de George Aldrich (“la nariz de la NASA”, como pone su tarjeta de presentación) me embarqué en una “misión odorífera” para detectar objetos cuyo olor podría convertirse en un dolor de cabeza en órbita, donde no hay manera de abrir una ventana. Y entonces tuve que someterme al “examen de calibración nasal”, que consiste en oler el aroma contenido en 10 botellas de cristal y decidir si es “floral, almizclado, o pútrido”, aromas básicos que son a la nariz como los colores primarios son a los ojos.
Motivos para explorar
Si algo me han dejado estos 25 años cubriendo las misiones de la NASA es una pasión por la exploración espacial reforzada. Aprendí los motivos que nos llevan a explorar el espacio estudiando y observando en primer plano las grandes herramientas de la ciencia espacial, los explosivos disparos de los motores del shuttle arrojando lenguas horizontales de fuego, la calibración de las sondas a Saturno y Júpiter, la miniaturización de la telemetría que posibilita el diálogo con los robots marcianos, y el milagro que ha significado la construcción de la ISS.
¿Por qué explorar el espacio? Parece una de esas preguntas con respuestas obvias. Aún así, hay quienes no ven tan clara la respuesta. Eso es porque no han sido expuestos al caudal de beneficios que el trabajo espacial ha traído a la humanidad. Aunque no parezca evidente, buscar hielo en Marte, por ejemplo, aportará enormes ventajas tecnológicas en la Tierra. Pero quizás la razón más obvia para explorar otros ambientes es que eso fue lo que empezaron a hacer nuestros ancestros al bajar de los árboles para caminar por las llanuras. Y al hacerlo, le dieron una nueva oportunidad a la supervivencia de su especie.
Como escribió Konstantin Tsiolkovsky: “La Tierra es la cuna de la humanidad. Pero uno no se queda para siempre dentro de su cuna”.
Ángela Posada-Swafford
© MUY Interesante, 2008 | Textos: Ángela Posada-Swafford/ Elena Sanz | Diseño e infografías: Patricia Vicente/Ciencia Digital





