PAUL RAFFAELE PDF Imprimir E-mail


–¿Existe algún truco para lograr que te acepten?
–El mío es hacerles reír. En una ocasión hice un viaje memorable a Brasil con Sydney Possuelo, un directivo del gobierno de ese país que se ocupa de las tribus indígenas amazónicas más aisladas. Sydney es una persona increíble que ha establecido contacto amistoso con siete tribus que jamás habían visto a un extranje ro, y ha sabido ganarse su respeto. Es el último de los grandes exploradores. Pues bien, en una ocasión me llevó a visitar a los korubo, un grupo muy aislado que vive en una zona remota a la que se llega tras un penoso viaje a través de cientos de kilómetros de selvas y ríos. Al acercarnos a la maloca, una choza comunal que sirve de punto de reunión de todo el clan, Sydney me advirtió que debía estar alerta porque los korubo, conocidos también como los aplastacabezas, eran, según me dijo, personas impredecibles y a veces muy violentas que habían matado recientemente a tres hombres blancos por traspasar su territorio. Incluso a él le habían atacado en alguna ocasión. El caso es que pasadas unas horas me dejaron solo con un grupo de niños y jóvenes que me miraban boquiabiertos y se me ocurrió bailarles la danza haka, de los guerreros maoríes de Nueva Zelanda, que se acompaña de una gesticulación exagerada, abriendo los ojos grotescamente, sacando la lengua y dándote golpes en el pecho. Los niños se reían a carcajadas.

PAUL RAFFAELEDespués salieron los adultos de la maloca y Sydney me pidió que repitiera la danza; esta vez fui más atrevi do y me bajé los pantalones, como hacen los maoríes, y eso les divirtió todavía más, porque nunca habían visto un trasero tan blanco. Al final, uno de los guerreros korubo se me acercó y me dijo: “usted es un nowa, un hombre blanco. Algunos nowa son buenos, pero la mayoría son malos”. Yo lo miré con ansiedad, esperando que me dijera que yo era de los buenos. El guerrero cogió un puñado de fresas salvajes, las aplastó con la mano y me embadurnó la cara con el jugo. Después mezcló más jugo con el polvo de una raíz y me lo dio a beber. No me atreví a rechazarlo y me lo tomé, cruzando los dedos para que no fuera veneno, pues al lado había otro recipiente donde acababan de preparar curare para las flechas. Pensé que iba a tener un efecto narcótico, como la kava de las islas polinesias, pero sólo me supo a barro. El guerrero me miró sonriendo y copió uno de los gestos maoríes que yo había hecho anteriormente. Creo que eso significó que me aceptaban.

“Me dieron a beber un brebaje... crucé los dedos para que no fuera curare, el veneno con que impregnan sus flechas”

–¿Les lleva regalos a los indígenas?
–No, no suelo llevarles nada, ni me traigo recuerdos de sus poblados, salvo un hacha de piedra korowai que compré en una ocasión.

–¿Están esas tribus en peligro inminente de desaparecer?
–Sin duda. Es una consecuencia de la globalización. Sydney me dijo con amargura que la Iglesia y los madereros eran sus mayores enemigos. La Iglesia sigue empeñada en cristianizarlos, destruyendo sus formas tradicionales de vida, y los madereros quieren talar sus selvas y bosques. Él se considera implicado en su protección y yo temo por su vida porque Sydney tiene muchos enemigos entre la gente que quiere desarrollar la Amazonía a toda costa. El caso es que la cultura occidental seduce a los jóvenes y también a los mayores. ¿Quién se resiste a la televisión, los coches, las armas, la comida variada? La transición es rápida. En cuanto descubren la televisión, clanes enteros se unen para comprar un aparato para toda la tribu, y por ahí se introducen valores ajenos a su cultura y se pierden los suyos tradicionales.
Los niños dejan de aprender la historia oral de sus ancestros, la compleja red de sus mitologías y su forma de entender el mundo, toda esa cultura maravillosa que debe pasar a las generaciones del futuro. Pero ahora van a escuelas donde hay televisión y es como si cambiaran de personalidad. Sydney Possuelo no les lleva imágenes de otros lugares ni les hace fotos ni les enseña su cámara. Dice que aún hay tribus en el Valle de Javari que nunca han tenido contacto con nadie ajeno a su mundo, y que desconoce sus nombres e idiomas, pero que prefiere dejarlos como están: felices, cazando y pescando, con la única visión de su propio mundo.

–¿Y usted cree que eso es justo y lógico?
–Esa es una pregunta que se hace mucha gente. ¿Les hacemos un favor a los pueblos amazónicos manteniéndolos aislados y embotellados como si fueran una curiosidad antropológica? ¿Es la ignorancia una ventaja o debería el gobierno del Brasil abrirles las puertas del siglo XXI y llevarles atención médica, tecnología y educación? Yo creo que el destino inevitable de todas estas tribus es entrar en contacto con el mundo.

–¿Es verdad que le ha pasado de todo en sus viajes?
–Sí, es algo inevitable en los territorios que yo suelo recorrer. He sufrido caídas, infecciones, torceduras, esguinces, me he roto el cráneo y me han picado toda clase de alimañas. En una ocasión el estómago se me infló como un balón y pasé atroces dolores por culpa de una infección, pero puedo decir que tengo mucha suerte porque por alguna razón soy inmune a la malaria, que es lo peor de todo.

PAUL RAFFAELE–¿Es cierto que usted no sabe conducir?
–Es cierto. Cuando era joven me gustaba tanto la velocidad que tomé la decisión de no conducir nunca porque sabía que me mataría si me ponía al volante de un coche. He tenido que inventar trucos para protegerme a mí mismo de mi deseo de correr riesgos extremos. La mejor protección es el miedo. Nunca me ha impedido hacer las cosas, pero por lo menos me ha hecho más cauteloso.

“No saben lo que es la electricidad; ni los coches, ni las carreteras, ni la penicilina, ni el agua corriente”

–¿Cuál es su próximo proyecto de trabajo?
–Mañana me voy al Congo a estudiar a los gorilas de montaña. Sólo quedan 700 ejemplares salvajes en el mundo, y casi todos están allí, no muy lejos del grupo que estudió en su momento Diane Fossey. A la vuelta pasaré por India para trabajar en un libro sobre caníbales en el río Ganges. Luego voy a México, siguiendo con ese mismo tema, para investigar sobre los aztecas, que eran grandes antropófagos. Después iré a África a trabajar en un estudio sobre leones y finalmente, a Nueva Guinea para asistir al festival de una tribu cuyos miembros consumen el cerebro de sus familiares muertos y están siendo víctimas de una enfermedad aparentemente a consecuencia de ello.

–¿Se iría usted a vivir con los caníbales?
–Me fascinan su cultura y sus costumbres, pero la vida con ellos no es fácil y no creo que pudiera pasar muchos meses allí, armado con arco y flechas, pendiente de la posible emboscada de otro clan. Imagínese tener que andar permanentemente armado para protegerte del riesgo de que te maten y te coman cada vez que abandonas la casa. Pero los korowai están acostumbrados. Es algo normal en su vida, como cruzar la calle de una gran ciudad o comprar el periódico en el quiosco lo es para nosotros.
31/05/2007