Violencia animal sorprendente

hipopotamo"Es uno de los asesinos más crueles"... "está sediento de sangre"... ¿A qué animal se refería en estos términos el afamado zoólogo Konrad Lorenz? ¡Pues nada menos que a una cría de corzo similar a Bambi! ?Los corzos mansos causan más accidentes al año que leones y tigres?, explicaba este eminente etólogo austriaco. La gente lo descubre dema siado tarde. "Inesperadamente, se produce el ataque: uno tras otro, se van sucediendo los golpes, de una fuerza asombrosa, con un arma capaz de atravesar a una persona. Entonces, se inicia un combate agotador... hasta que uno se da cuenta de que tiene un cuerno hundido en el vientre", escribió Lorenz en su libro Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros.

"Valoramos a los animales en función de su aspecto", dice Ewa J. Godzinska, etóloga del Instituto Nencki de Biología Experimental de Varsovia. Cuanto más nos recuerdan a un bebé humano, más ternura nos transmiten. Frente prominente, cabeza volu minosa con ojos grandes, patas cortas, paso torpe y vacilante... Esa clase de rasgos despiertan nuestra simpatía. Así es Bambi o el gracioso hipopótamo, en realidad uno de los mamíferos más peligrosos de África, que causa más muertes que ningún otro animal.

Lo mismo ocurre con los chimpancés, que a veces organizan cacerías colectivas para atacar a babuinos y otros primates. "Algunos han llegado a cazar a niños pequeños", dice el antropólogo de la Universidad de Ciencias de Polonia Boguslaw Pawlowski, haciéndose eco de ciertos casos aparecidos en la prensa, como el de un chimpancé macho de Uganda que mató a tres bebés y mutiló a algunos más. En todos los ataques los chimpancés buscaban comida; primero mordisqueaban las extremidades de sus víctimas y después las destripaban.

Sobre los delfines, la doctora Amy Samuels, de la Institución Oceanográfica Woods Hole de Massachusetts, es taxativa: "El hecho de que parezcan sonreír no significa que no sean agresivos". Se han detectado marcas de dientes de delfines mulares incluso en los cuerpos de las marsopas, sus parientes próximos, sin que haya razones aparentes para el ataque, puesto que no se las comen ni compiten por el alimento. Estos cetáceos llegan a matar a crías de su propia especie y se han registrado casos de ataques a personas. Lorenz también desenmascaró a las tórtolas tras encerrar en la misma jaula un macho europeo y una hembra de Senegal. Un día, el investigador se encontró al primero desplumado y desollado y a la hembra picoteando su cuerpo. Sin embargo, este experto en comportamiento animal nunca observó conductas similares entre lobos, cuervos u otras especies teóricamente agresivas. En una pelea entre lobos, el derrotado se tumba mostrando su punto más sensible -la garganta- como señal de sumisión, mientras que el vencedor se limita a gruñir y dar por terminado el combate.

No hay que dejarse engañar por una carita inocente



Lorenz concluyó que entre los depredadores la violencia gratuita es más rara que entre los herbívoros. En primer lugar, las emociones que acompañan a la agresión no se producen en la caza. Los grandes depredadores disponen de armas con las que en una riña podrían matar a su prole, a su pareja o a otro miembro de la manada. Según Lorenz, como eso no les reportaría ningún beneficio, muchos han desarrollado rituales, como el de la rendición, para prevenir ataques violentos. En teoría, los herbívoros, desprovistos de armas para matar con rapidez y precisión, no suelen mantener peleas peligrosas. Normalmente, tras una disputa, el vencido se alejará lamiéndose los rasguños. Sin embargo, en los últimos años esta teoría se ha puesto en entredicho. En ocasiones, esos rituales que intentan evitar la muerte del rival no existen o no se aplican. Por ejemplo, a menudo, el león que conquista un harén de hembras suelen matar a todas las crías de su antecesor. Además, según afirma Godzinska, "cualquier animal es potencialmente peligroso, y los depredadores pueden enfurecerse durante la caza. En esto, Lorenz no tenía razón".

El nivel de agresividad y por tanto de amenaza varía en función del ciclo vital del animal. Los machos suelen ser más violentos en las épocas de celo, y las hembras se vuelven más intrépidas cuando su prole corre peligro, pero algu nos estudios han revelado correlaciones sorprendentes. Durante la fase juvenil del ratón de hierba de cuatro rayas, Rhabdomys pumilio, los machos, que han de competir por su estatus social, muestran unos niveles elevados de testosterona, lo que aumenta su agresividad. Si alcanzan una posición dominante, la concentración de la hormona baja y se vuelven amigables. En cambio, entre las hormigas, las más peligrosas son las obreras experimentadas. "Los entomólogos suelen decir que, mientras que los humanos mandan a la guerra a los varones jóvenes, las hormigas envían a las ancianas", bromea Godzinska.

Casi todos los animales se vuelven belicosos cuando sienten que no tienen escapatoria. Por eso, las especies que tienen menos posibilidades de huir suelen ser más violentas, ya que han desarrollado una disposición a la lucha como estrategia defensiva. "El más pacífico de los primates es el gorila. Es grande, no se suele sentir amenazado ni tiene que luchar por la comida, porque no le falta. Tampoco son muy agresivos los monos que habitan en las copas de los árboles, pues pueden huir fácilmente. Los más violentos son los que viven en campo abierto, como los babuinos y macacos, pues sus posibilidades de escapar del ataque de un felino son mínimas", dice Pawlowski.

¿Y los humanos? Lorenz señaló que nuestra especie había logrado crear armas que no son elementos de nuestro cuerpo hace sólo unos miles de años, apenas un instante a escala evolutiva. Un plazo demasiado corto para que hayan podido surgir los rituales biológicos que impiden que el vencedor se ensañe con el vencido.

Wojciech Miko?uszko

Etiquetas: animales

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