Urbanitas bestiales


Urbanitas bestialesEl número 927 de la Quinta Avenida de Nueva York es un discreto pero elegante bloque de apartamentos que data de 1917. En sus 12 alturas han convivido presentadores de televisión, actores, directivos de importantes compañías gasistas, genios de las finanzas... y un audaz halcón de cola roja que lleva instalado en una cornisa del último piso algo más de una década. La rapaz, conocida como Pale Male y muy querida por el ejército de ornitólogos que ronda el cercano Central Park, llegó a sufrir un intento de desahucio por parte de algunos de sus vecinos. La presión ciudadana evitó el desalojo definitivo, forzó su readmisión y hoy, a sus 14 años, el ya no tan joven halcón es un símbolo más de la Gran Manzana.

El problema parecía estar en su nido. Algunos propietarios se quejaron de que era inestable, ensuciaba la fachada y suponía un peligro para los viandantes, ya que, como es natural, el depredador arrojaba al exterior los despojos de sus víctimas cuando había dado buena cuenta de ellas. El caso resulta excepcional por la amplia cobertura mediática que recibió, pero es indicativo de un proceso que los biólogos han ido detectando en las últimas décadas: la formación de un nuevo hábitat urbano en el que se están instalando las más variopintas especies de animales salvajes.

Y es que, poco a poco, las ciudades se están transformando en vigorosos ecosistemas, en escenarios evolutivos semejantes, en su esencia, a las llanuras del Serengeti o a la selva amazónica.

Como cualquier otro espacio, este entorno ofrece a las especies ventajas y desventajas. Joel Brown, experto en Ecología y Ciencias Biológicas de la Universidad de Illinois, en Chicago, señala que "las ciudades se han convertido en el Salvaje Oeste de la evolución", un gigantesco laboratorio donde ésta puede seguirse en directo y donde los científicos estudian sobre el terreno los retos a los que se enfrentan los animales, lo que Brown denomina "trampas evolutivas".
Los cuatro pilares de la supervivencia Urbanitas bestiales
Kyle Cecil, experto en Administración de Recursos Naturales de la Universidad Illinois Extension, señala que para sobrevivir en un entorno urbano cualquier especie animal necesita estos cuatro elementos básicos:
? ALIMENTO. Las ciudades ofrecen numerosas fuentes de comida, desde árboles frutales hasta desperdicios, de los que sobreviven, por ejemplo, palomas, zorros y gaviotas. Así mismo, son un vergel para las especies insectívoras, como los murciélagos, que pueden consumir 3.000 mosquitos cada noche. También algunos depredadores se han adaptado especialmente bien. Es el caso de los halcones, que controlan el número de ejemplares de los animales con que se alimentan.
? AGUA. En la "selva ciudadana", acceder a ella no suele ser un problema: hay fuentes, charcos, estanques, desagües y frutas ricas en este líquido elemento.
? REFUGIO. Según Cecil, las especies salvajes urbanitas son capaces de aprovechar casi cualquier cosa -huecos en los árboles, ramas, cavidades en edificios...- para resguardarse y criar su prole.
? ESPACIO. En las ciudades, éste es uno de los mayores inconvenientes para la fauna salvaje, ya que las poblaciones pueden crecer rápidamente y el territorio es finito. Los animales urbanos, sin embargo, no suelen precisar grandes espacios.
Los animales desarrollan nuevas estrategias

Según indica este experto en la revista New Scientist, lo que caracteriza estos desafíos es que en ellos los animales hacen cosas para las que se supone que están preparados, pero en el momento o en el sitio incorrectos. Brown pone como ejemplo a las ardillas. "Durante millones de años, éstas han evolucionado para cruzar espacios abiertos tan rápido como les fuera posible, sin perder ni siquiera tiempo en observar a los posibles depredadores, una mala idea cuando lo que se pretende es cruzar una calle atestada de tráfico", señala.

Las ardillas que están poblando muchas ciudades europeas y norteamericanas encuentran enormes cantidades de comida, a menudo entre nuestros desperdicios o entre los de los animales domésticos. De hecho, seguramente no podrían conseguir tanta en su medio natural. Sin embargo, tal prosperidad desaparece en invierno, ya que, a diferencia de lo que hacen en los bosques, en la metrópoli no pueden almacenar los productos perecederos de los que se nutren en la época estival, así que estos animalitos se muestran más desesperados y agresivos según avanza la estación fría.

Muchas aves insectívoras también se asientan en las ciudades atraídas por la gran abundancia de alimentos. ¿A qué peligro se enfrentan entonces? Las urbes son en sí mismas "islas" que generan calor. Esto hace que los insectos se muestren más activos durante más parte del año, lo que supone una fuente de nutrientes segura para las aves, que crían antes y tienen polladas más grandes. Sin embargo, la comida que es adecuada para los adultos no sirve a los pequeños, que dependen de larvas de insectos para sobrevivir. Como éstas no emergen hasta tiempo después que los pollos, se da el caso de que, paradójicamente, el exceso de alimentos produce una gran mortandad entre ellos.

Las luces artificiales de las grandes ciudades desorientan a muchos animales, como los mirlos, que rompen a cantar por la noche como si fuera a pleno sol. En las zonas costeras, se han observado tortugas que tras depositar sus huevos en la playa avanzan hacia el interior, en dirección a los neones de los rascacielos, en vez de hacia el mar, precisamente porque en la naturaleza el agua suele ser más brillante que la tierra. La fauna salvaje se adapta, pues, a los entornos urbanos cambiando sus hábitos. Por ejemplo, en su medio, cuando los erizos se sienten amenazados suelen enrollarse sobre sí mismos. Los que viven en ciudades han desarrollado un instinto que les hace salir huyendo si, por ejemplo, escuchan el motor de un vehículo.

Hacia una selección natural antropocéntrica

El crecimiento de las ciudades está causando una especie de selección antropocéntrica que ha hecho que muchos animales se vuelvan tan dependientes de la presencia del hombre que ya no puedan sobrevivir en su hábitat natural. Es el caso de algunos tipos de golondrina, que han perdido progresivamente la capacidad de anidar en otros sitios que no sean nuestros tejados. En Humanos y animales, John S. Baky señala que no somos conscientes de que el medio urbano que estamos creando imita el entorno natural en el que viven muchas especies. Así, por una parte perjudicamos a las que habitan la zona que se urbaniza, pero por otra, la construción de nuevos espacios verdes permite que se establezcan muchas. Eso explica por qué cada vez son más los animales que llegan a las ciudades para quedarse.

En un informe realizado por el Servicio de Inspección de Salud de Plantas y Animales de EE UU -APHIS, en sus siglas en inglés-, se indica que algunas especies se han beneficiado de nuestras plantaciones a gran escala de arbustos y árboles de hoja perenne, como ciertas variedades de robles; también, de la vegetación con follaje denso que adorna muchos parques, y que como las coníferas y las magnolias pueden atraer grandes bandadas de aves, especialmente mirlos o estorninos. Los árboles frutales o los que producen cualquier otro tipo de bayas también llaman la atención de los animales, lo que incluso ha llevado a algunos ciervos a colonizar los suburbios de las áreas habitadas. Cuando esto ocurre cerca de aeropuertos o autopistas pueden darse graves problemas de seguridad.

Los estanques y cursos de agua que se insertan artificialmente en las zonas ajardinadas pueden atraer a otras especies, como ocas, patos y cisnes. Muchas aves, por otra parte, han encontrado un espacio de cría perfecto en los edificios altos, donde además se encuentran a salvo de depredadores.

Discretos, nocturnos y sobre todo adorables

Los expertos del Servicio Forestal del Departamento de Agricultura de EE UU señalan que los animales que más éxito tienen al integrarse en un entorno urbano son los que son capaces de pasar más o menos desapercibidos -por ejemplo, los que mantienen sus hábitos nocturnos-, los que no compiten con los humanos o los que atraen su estima.


Lo que parece claro es que las poblaciones de fauna salvaje no sólo crecen en los basureros, sino en las zonas donde el medio es mejorado. Es lo que ocurrió en Nueva York, que vivió una explosión faunística a consecuencia de la denominada Clean Water Act, una disposición que ordenaba el saneamiento de las aguas que rodean la ciudad. A este efecto también contribuye que hoy las ciudades se mantienen verdes más tiempo. Un equipo de geógrafos del Centro de detección remota de la Universidad de Boston ha observado que en las urbes la época de floración se da antes, se prolonga más y la vegetación caduca mantiene sus hojas al menos 15 días más que en las áreas rurales. Según afirman, las actividades humanas crean una especie de huella ecológica cálida que se extiende 10 kilómetros alrededor de la ciudad.

Caldo de cultivo de enfermedades
Las especies que mejor se han adaptado a vivir entre los humanos son algunos tipos de aves, insectos y roedores, precisamente los que más se asocian a la suciedad y a la transmisión de enfermedades a humanos. Aunque no es habitual que esto ocurra en las ciudades, los expertos señalan que se deben vigilar las poblaciones de fauna salvaje urbana para evitar la propagación de zoonosis, esto es, afecciones que pasan de forma natural de animales a personas. Urbanitas bestialesLa Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce unas 200, algunas relacionadas con la actividad bacteriana, como la salmonelosis, el ántrax o la brucelosis, o con los parásitos, como las tenias. Los gatos asilvestrados y varias aves también pueden transmitirnos fiebre Q, que ocasiona neumonía y hepatitis, o la rabia, una enfermedad que mata a unas 55.000 personas cada año. Hoy, las zoonosis virales, como las variedades mutantes de la gripe aviar, se encuentran entre las que más preocupan a los expertos.

Las metrópolis españolas no se libran de la colonización

Este fenómeno también es perceptible en nuestro país. En la Catedral de León, por ejemplo, se han establecido cuervos, búhos y una nutrida colonia de cigüeñas. Sus pesados nidos y sus excrementos, que producen una acción corrosiva y favorecen la aparición de especies vegetales que se adhieren a la estructura, han causado serios daños en la fachada de esta joya de la arquitectura gótica. Las medidas que se han tomado, como la reubicación de los nidos, han resultado eficaces hasta cierto punto, pero las zancudas son persistentes y se asientan cada vez por más tiempo.

Hacia el sur, a algo más de 300 kilómetros, una gran comunidad de gaviotas integrada por unos 60.000 individuos se alimenta en los vertederos de Madrid, especialmente en el de Colmenar Viejo. Habitan en los embalses de la sierra y bajan a diario hasta sus zonas de aprovisionamiento. Los halcones también se han hecho fuertes en muchas ciudades, donde aprovechan los edificios de mayor altura como si se tratara de las zonas rocosas donde anidan normalmente. En la capital de España, se les ha visto usar los rascacielos de la Castellana como torre de vigilancia, una misión que en Barcelona cumple el campanario de la Sagrada Familia. Estas rapaces están presentes también en más de 20 de nuestros aeropuertos, donde se utilizan para ahuyentar a otras aves que podrían causar accidentes. Barajas mantiene a casi 80 de estos "trabajadores", que están en plantilla desde finales de los años 60.

Los osos acechan los restaurantes de comida rápida

Al otro lado del Atlántico, en EE UU, los animales que penetran en las áreas metropolitanas son cada vez más grandes. Stanley Gehrt, profesor de Medio Ambiente y Recursos Naturales en la Universidad de Ohio, ha estudiado las poblaciones de coyotes urbanitas y su comportamiento en las grandes ciudades, como Chicago. Gehrt ha averiguado que su número es mayor de lo que se creía hasta ahora, que viven más años que sus parientes del campo y que son más activos durante la noche. "Se han vuelto increíblemente habilidosos para detectar y esquivar las trampas", indica. Durante su investigación, Gehrt esperaba encontrar un par de docenas de ejemplares, pero según sus estimaciones puede haber hasta 2.000 viviendo en Chicago, especialmente en los parques, las zonas comerciales y las áreas industriales. Contribuyen, eso sí, a controlar las poblaciones de los agresivos gansos canadienses.

La Sociedad para la Conservación de la Fauna Salvaje del Zoo del Bronx, en Nueva York, ha llevado a cabo un estudio centrado en los osos negros que viven en los suburbios. Así han sabido que éstos son menos activos y pesan casi un 30% más que sus congéneres, ya que pasan menos tiempo cazando. Ahora, sus presas favoritas son los restaurantes de comida rápida.

De momento, los expertos señalan que el problema que se avecina es averiguar cómo podremos adaptarnos nosotros mismos para convivir con más y más especies de animales salvajes. ¿Aumentaremos las zonas verdes para proporcionales más espacio? ¿Introduciremos depredadores especializados para mantenerlos a raya? ¿Y qué problemas podría causar ésto? ¿Se convertirán ellos también en plagas?

La naturaleza nos está ganando en nuestro terreno

Según el servicio APHIS, para controlar estas nuevas poblaciones en nuestro propio espacio, una necesidad que día a día se vuelve más perentoria, lo más eficaz es manipular los recursos a los que acceden o el territorio en el que se asientan, esto es, cambiar el hábitat de las ciudades. Pero para ello hay que conocer a fondo su ecología y biología. El naturalista español Luis Miguel Domínguez, autor de La Guía de la Fauna callejera, señala que es perceptible cómo se van incorporando más especies a estos nuevos ecosistemas. "Creo que ahora mismo la naturaleza le está ganando la partida al hombre urbano", indica. "Para nosotros la ciudad resulta cada vez mas inhóspita y agresiva, pero no ocurre lo mismo con los animales. La fauna del siglo XXI es una fauna exitosa que le ha sabido coger el tranquillo a esto y que vive en las ciudades con bastante soltura". Y es que muy posiblemente el mundo salvaje ya no está ahí fuera.

Abraham Alonso Urbanitas bestiales

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