Sara Bennet: "Estos monos son tan bellos y valiosos como un Picasso"

entrevista343Lanudos, capuchinos y otras especies de primates que habitan la Amazonia colombiana tienen una defensora infatigable en la bióloga norteamericana Sara Bennett. Hemos charlado con ella en el refugio donde acoge a ejemplares huérfanos y rescatados del tráfico ilegal, para reintroducirlos en su medio salvaje.

Sentada sobre un tronco en un claro de la selva donde el río Matamata se une con el Amazonas colombiano, Sara Bennett es como una profesora dando una lección. Sus alumnos no sólo somos nosotros -media docena de personas-, sino también simios que parecen atender a lo que cuenta Sara sobre su trabajo.

Un astuto capuchino se ha dado maña para abrir la cremallera de mi mochila y sacar los cables de la grabadora, mientras un joven mono lanudo o churuco examina mi sombrero como si fuera el objeto más interesante que ha visto ese día. Parece un peluche gris oscuro. La cacería y la deforestación han colocado a sus congéneres en la lista de los más amenazados de Colombia. Al menos otros ocho micos de diversas especies y tamaños inspeccionan de forma similar al resto de la comitiva, cuando no están haciendo payasadas sobre los troncos de los árboles, balanceándose entre las ramas o jugando con piedras y palos.

"Estos animales son huérfanos o han sido confiscados a vendedores ilegales desde hace unos cinco años", dice Bennett en buen español, acunando a un joven aullador rojo que la agarra ansiosamente el cuello. Mientras, otros dos ejemplares se le encaraman por sus piernas.

La pasión y la actitud resuelta de esta mujer menuda de 60 años recuerdan a Jane Goodall. Pero a diferencia de la famosa experta en chimpancés, Bennett, doctora en Biología por el Dartmouth College de EE UU, no está interesada en los estudios netamente científicos. Lo suyo es la integración de la conservación y la protección de los monos con las necesidades de las sociedades indígenas que habitan en el interior y el entorno del Parque Nacional Amacayacu, casi 300.000 hectáreas de territorio virgen.

Aunque su poco más de millón de kilómetros cuadrados representa sólo el 0,2% de la superficie terrestre, Colombia contiene aproximadamente el 10% de las variedades de plantas y animales terrestres del planeta. Como escribió el célebre biólogo E. O. Wilson, "la biodiversidad de ese país es brutal". La extensa región amazónica del sur abarca un porcentaje significativo de dicha riqueza natural, que se pierde entre el follaje que flanquea el río y sus tributarios.

Pero no todo es paz y armonía. Sin acceso por carretera, la pequeña ciudad de Leticia está a un par de horas río abajo de Amacayacu, de manera que resulta inevitable el contacto entre humanos y monos. Por lo general, los últimos tienen las de perder: si sobreviven al encuentro, acabarán en manos de un vendedor ambulante, que ofrece su mercancía por apenas 20 euros.

En La Casa de los Animales, un edificio construido con maderas incautadas del tráfico ilegal, los monos viven libres y seguros. El modesto santuario de Bennett es una mezcla entre estación de investigaciones y centro educativo para turistas, quienes tardan en llegar una hora en canoa y a pie. Las visitas son gestionadas por indígenas.

"En vez de aumentar la población de un grupo existente, estamos estudiando la posibilidad de reintroducir los simios en sitios donde desaparecieron", dice Bennett rascando la mandíbula del mono aullador. "Se trata de devolver al ecosistema una parte importante de lo que ha perdido. De paso, esto supondría recuperar la diversidad de árboles, ya que algunos monos son excelentes dispersores de semillas". De hecho, desempeñan esta labor mejor que las aves y los murciélagos, comúnmente considerados grandes sembradores. "La hacen especialmente bien los churucos", puntualiza Pablo Stevenson, de la Universidad de Los Andes. Desde hace 20 años, este biólogo colombiano estudia los monos de su país, que pueden sumar hasta 30 especies. Durante años, realizó trabajos de campo en la Sierra de la Macarena, una caldera biológica donde los primates son más abundantes que en la misma Amazonia.

Allí tuvo ocasión de estudiar a los lanudos, que se alimentan de las frutas de alrededor de 200 especies vegetales. "En esa región de la Macarena, una comunidad de entre 30 y 50 churucos llega a dispersar un millón de semillas por kilómetro cuadrado al día", explica por teléfono desde Bogotá. "En otras palabras, extienden cerca de una tercera parte de la totalidad de las simientes vegetales en la zona. Esto resulta muy interesante porque hay otras seis especies de primates y más de cien de aves que ayudan al proceso. Mi hipótesis es que tanto los lanudos como los monos araña son responsables en gran parte de la diversidad de árboles y plantas en sus ecosistemas".

Este naturalista también cree que, a diferencia de otros platirrinos -monos del nuvo mundo-, los churucos incorporan insectos en su dieta. La alimentación variada hace posible la formación de sociedades tribales en un espacio reducido sin que ello produzca un impacto negativo en sus recursos. Otra asignatura prendiente es determinar cuántas especies hay de monos lanudos, algo que los zoólogos estan acometiendo con estudios moleculares. "Si hay varias, unas poblaciones se hallan más en peligro que otras. Para conservarlas, el primer paso es identificarlas".

Por estos motivos, tanto Bennett como Stevenson han hecho de los churucos -conocidos así en Colombia por el churuk churuk que emiten para llamarse- sus monos favoritos. En el caso de Bennett, hay que añadir otra razón de índole personal. "La mona lanuda Nomi, que en la lengua indígena de la región significa hermana menor, era una suerte de embajadora ante las comunidades indígenas de mi primer campamento en el departamento colombiano del Vaupés.

Una noche, a las cuatro de la mañana, escuché un grito espeluznante y salí corriendo. Vi que un puma la tenía agarrada por la cabeza y se la llevaba hacia el monte. El felino debió asustarse con la luz de mi linterna y la liberó. No sé cómo sobrevivió", me cuenta Bennett. Pero aquí no acabó la historia: "En otra ocasión la atrapó un águila harpía. Cuando la soltó, Nomi tenía heridas en la cabeza y estaba paralizada. Los veterinarios de Bogotá eran partidarios de sacrificarla, pero yo me vine a trabajar a Amacayacu y me traje a Nomi. Volvió a trepar a los árboles, aunque dos años más tarde falleció de un infarto. Después llegó otra churuca pequeñita, que llevaba a todas partes en mi mochila. La bautizamos como la mica portátil, y me ayudó a trabajar con las seis comunidades indígenas a las que me dedicaba entonces".

En realidad, los monos formaban parte de un microexperimento dentro de un programa más amplio para conseguir que las poblaciones autóctonas gestionasen sus recursos naturales. "Por ejemplo, hace algún tiempo emprendimos un proyecto que tenía en cuenta la complejidad de la relación entre el río Amazonas y los lagos. Una de nuestras hipótesis era que la precaria pesca local mejoraría si se dejaban de usar redes muy finas en arroyos o riachuelos. Y en lugar de dedicarme sola a hacer mediciones científicas en los lagos, involucré a la gente local. Las mujeres, por ejemplo, comprobaban si los peces llevaban huevos. La gente quería hacer algo al respecto, y su implicación condujo a que los líderes de la comunidad prohibieran esa técnica de pesca".

Pero Bennett dejó de tener apoyo financiero del gobierno colombiano. Ahora, su programa de reintroducción de churucos, apoyado por varias organizaciones, cuenta con menos fondos."Primero hay que ver si funciona aquí, en la Amazonia. Entonces, podríamos pensar en liberar ejemplares en otras zonas del interior del país. Para ello necesitamos dinero, pero cuando decimos que hacen falta 70.000 euros al año para seguir a cinco monos por la selva, se escandalizan. Pero esta cantidad sólo cubre los sueldos de la gente y algunos prismáticos". Si estudiar un mono en cualquier parte del mundo es difícil, hacerlo en Colombia es triplemente complicado. La inestable situación del país convierte las salidas científicas en ruletas rusas, aunque la región de Amacayacu es relativamente segura. El grupo guerrillero FARC acabó, por ejemplo, con el primer campamento de Bennett en el Vaupés. "Aunque las cosas han mejorado, estamos lejos de poder traer estudiantes o de montar una estación permanente", dice Stevenson. "Hace unas semanas, en la Macarena, un grupo estaba trabajando con caimanes cuando estalló un tiroteo. Se marcharon. Trabajar en Colombia requiere mucha pasión".

Esta es una pasión que a Sara Bennett le sobra. Tres meses después de mi visita, me envió este correo electrónico: "Tengo noticias estupendas: el macho Parce se independizó en marzo. Surba, la churuca más vieja, se unió a él, regresó a casa por un tiempo y después volvió a su lado. La semana pasada los hallamos juntos. Tenían un aspecto estupendo. Surba nos fue a ver a la canoa. ¡Ha sido una solución mucho más elegante que cualquier otra que hubiésemos planeado! Así que estamos muy satisfechos... y esperando la llegada de otros dos churucos que confiscaron en la ciudad de Armenia. Estos monos son tan bellos y valiosos como un Picasso o un Rembrandt. Y voy a seguir acogiéndolos... Ahora son parte de mi manada".

Ángela Posada-Swafford

Etiquetas: biodiversidad

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