Miguel Delibes de Castro: "El hombre es una catástrofe para el resto de seres vivos"

Pasar unas horas, por pocas que sean, junto a este biólogo es tener todas las papeletas para convertirse en un fanático de lo natural. Sin aspavientos y renunciando al menor cientifismo, imparte su caudal de conocimientos, que termina por empapar a quienes le rodean de diversidad biológica, pautas de comportamiento, cadenas tróficas, amenazas de extinción y otros conceptos de idéntico talante.

"He de confesarlo, me apasionan las historias de plantas y animales", comenta este vallisoletano que alberga el deseo de que estos temas pasen a formar parte de la cultura de la sociedad moderna. Y en ello lleva implicado media vida, desde el momento en que, recién terminados sus estudios universitarios, entró a formar parte del equipo de Félix Rodríguez de la Fuente para escribir Fauna, la enciclopedia de mayor éxito en la historia de España.

Hijo del escritor Miguel Delibes, se declara eternamente agradecido a su padre por la herencia cultural que le ha proporcionado y que se manifiesta en la admiración y sorpresa que siempre le produce la naturaleza.
En su libro Vida se vislumbra que disfruta con la divulgación.

-¿Tiene esta disciplina algo que ver con la investigación?
-Son dos actividades muy diferentes. Una persona que ha estado investigando toda la vida y se propone divulgar sus conocimientos acepta un importante reto que le será muy difícil culminar. En mi caso pienso que la investigación es mi obligación y, quiera o no, tiene que salirme bien. En cambio la divulgación es un lujo, por lo que me agobia mucho menos que investigar.

-¿Qué es más importante?
-Ambas son igual de imprescindibles. Si no investigas, no tendrás nada que divulgar. Lo que divulgas son los resultados de una investigación. Cuando investigas te circunscribes por lo general a un campo muy reducido, mientras que lo que divulgas suele ser más como un poso de lo que has ido aprendiendo a lo largo del tiempo, y no sólo lo que tú has hecho.

-Megaciudades, efecto invernadero, mercado global... ¿Somos lo peor que le ha podido pasar a nuestro planeta?
-Creo que para el planeta no hay nada bueno ni malo. Ya lo he dicho aquí, en Doñana, en épocas de sequía: la naturaleza no pide nada; no tiene conciencia, ni voz. A la Tierra le da lo mismo tener 20 millones de especies, que diez, que ninguna. No piensa, no sufre. El hombre sí que es en la actualidad una catástrofe para el resto de seres vivos que están ahora aquí, y tiene el riesgo de serlo también para sí mismo.

-No parece que esto último le preocupe mucho al ser humano.
-Así es, pero debería preocuparle. Esto se volverá un desierto. Desaparecerán unas especies y aparecerán otras. El que necesita que la naturaleza siga siendo lo que es, es el hombre, nosotros. Somos el principal problema, pero también somos los únicos que nos damos cuenta de que nos hace falta esa naturaleza, tal y como es ahora.

-¿Cuándo desaparecerá el lince ibérico?
-Confío en que no desaparezca nunca, pero desde luego, si siguen las cosas como hasta ahora, yo no le daría más de 20 años.

-¿Puede supeditarse el crecimiento de una región, como el -sudoeste de Madrid, a la supervivencia de una decena de linces?
-Supongo que sólo por los linces no. Los linces son un emblema de todo lo que se quiere conservar allí. Madrid será más rico, aunque crezca menos, si conserva toda la riqueza de sus hábitats y sus especies. Con sus dehesas, sus ríos, sus bosques, sus águilas imperiales, sus buitres negros y también con sus linces que, si se pierden, será para siempre.

-¿Es tan imprescindible el Plan Hidrológico Nacional como quieren hacérnoslo ver?
-Desde un punto de vista económico y puramente desarrollista así parece. Pero esto no tiene nada que ver con la vida. Desde ese ángulo lo desconozco y, por tanto, no puedo juzgarlo. En cualquier caso, sí me llama la atención que sea auspiciado por el Ministerio de Medio Ambiente que, entiendo, tendría que luchar por hacer un plan Hidrológico lo menos agresivo posible. Su papel es el mismo que tendría el Ministerio de Obras Públicas.

-¿Podremos fabricar las especies salvajes a nuestra medida, es decir, resistentes a las dioxinas, insecticidas y otros productos similares?
-Falta mucho para que esto pueda ocurrir. Mi miedo es que desaparezcan esas especies porque no hayamos sido capaces de controlar lo que ahora les amenaza.

-¿Qué tienen que ver esos emigrantes a los que cerramos nuestra puerta con la conservación de la naturaleza?
-El 80 por 100 de la biodiversidad del mundo está en los países más pobres. Jamás podremos imponer a sus habitantes la obligación de conservar esa riqueza si no les damos salidas para que vivan de otra manera a como lo hacen ahora, que es precisamente a costa de los recursos que queremos que conserven. Les exigimos que paguen su deuda externa, pero que no corten el bosque, que es lo único que tienen, para pagárnosla.

-¿Hay emigrantes en la naturaleza?
-No se le pueden poner puertas al campo, ya lo dice el refrán. Hay muchísimas especies que aprovechan los recursos disponibles en lugares muy distantes entre sí. Por eso realizan desplazamientos muy largos todos los años.

-¿Y las especies invasoras?
-Ha sido la principal causa de extinción en los últimos siglos. Pueden ser especies a las que les resulte sencillo vivir con nosotros, como las ratas. Pero en la actualidad muchas otras se convierten en invasoras por nuestra culpa. Llevamos virus y bacterias en menos de un día desde un lado al otro del planeta, gracias a los modernos aviones.

-¿Qué le parece el rumbo que ha tomado el caso Doñana?
-Lo mínimo que puedo decir es que es sorprendente. Cuesta creer que en un caso donde ha habido imprudencias, con graves consecuencias, ni tan siquiera llegue a juzgarse. No estoy seguro, porque es una cuestión técnica, de que haya culpables penales, pero sí de que al menos debería dirimirse en un juicio público, con argumentos, luz y taquígrafos. Es lo mínimo exigible.

-¿Se muere Doñana?
-Hay alguna posibilidad de que algún desastre como el de Boliden acabase con Doñana, pero también es cierto que la sensibilidad hacia este lugar no hace sino aumentar con el paso de los años. Se han gastado más de 30.000 millones de pesetas en mitigar los daños producidos por aquel terrible suceso. Es probable que tenga muchos achaques y que a veces renquee, pero yo creo que no se va a morir jamás.

-Caza en parques nacionales, construcción de teleféricos y ferrocarriles... estos episodios hacen pensar que casi es mejor no proteger la naturaleza.
-Es cierto que existe una contradicción. Hay una cierta complacencia por parte de las autoridades en declarar espacios naturales protegidos, pero al tiempo continúa la permisión para seguir construyendo y desarrollando en aquellos lugares.

-¿No acabarán convirtiéndose esos espacios en islas naturales esparcidas por mitad de la nada ecológica?
-Algunos, como Doñana, son muy grandes. Y es difícil que 30.000 hectáreas protegidas de marismas dejen de conservarse como tales. Pero reconozco que esto es una excepción. La mayoría de los espacios naturales protegidos de España son mucho más pequeños, algo que supone que seguirán perdiendo su diversidad biológica.

-¿Protegemos efectivamente la naturaleza en España?
-Hacemos lo mismo que si tuviéramos un comercio con un escaparate precioso, pero sin nada en la trastienda. Es cierto que existe un deseo sincero de proteger la naturaleza, pero al mismo tiempo se da la contradicción de querer usarla sin ningún tipo de cortapisa. Creo que falla el convencimiento de que conservar la naturaleza exige reprimir ciertas actividades.

-¿Cómo está la ciencia en España?
-Por lo que se dice, parece que regular. Creo que pasa por un bache más administrativo que real. Tiene problemas concretos, como el de los becarios o el de la incorporación de los nuevos científicos al mundo laboral, algo que arrastramos desde la década de los 80, y otros más globales, como la imprevisión. Ésta es la misma con la que se creó el Ministerio de Medio Ambiente o con la que se ha convertido el antiguo Ministerio de Educación en el de Ciencia y Tecnología

Alfredo Merino

 

Esta entrevista fue publicada en junio de 2001, en el número241 de MUY Interesante.

 

Etiquetas: biodiversidadbiología

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