Laurie Marker: "Admiramos a los guepardos, pero a la vez los destruimos"


Nadie que haya visto de cerca un guepardo, que le haya sentido ronronear de placer como un fino coche de carreras o que haya tenido la oportunidad de tocar su pelaje a puntos negros, grueso como la grama sintética, olvidará jamás esa experiencia. Sus ojos ámbar parecen derramar lágrimas negras para contrarrestar el reflejo del sol sobre los pastizales rubios. Imposiblemente elegantes, aerodinámicos, espigados, se mueven como ninguna otra criatura del reino animal, extendiendo unas patas infinitas mientras su flexible espina dorsal cede como un resorte en la carrera. No es de extrañar que con semejante poder totémico los guepardos, también llamados gatopardos y en algunas zonas chitas -del inglés cheetah-, fueran mascotas o compañeros de cacería de faraones y príncipes, y que sus estatuas adornaran la tumba de Tutankamón.

En tierra firme nadie le gana en rapidez. Capaz de acelerar de 0 a 112 kilómetros por hora en 4 segundos y recorrer 7,5 metros con cada zancada, el guepardo, Acinonyx jubatus, es el velocista supremo de la naturaleza. Su cuerpo, que no pesa más de 50 kilos, constituye un chasis sin adornos para sostener el estupendo motor de las patas. Sus presas favoritas, gacelas y antílopes, saltan como si tuvieran alas, mientras el guepardo se desliza en silencio, camuflado entre la maleza gracias a sus manchas negras, que rompen cualquier simetría. Cuando la víctima se da cuenta, ya es demasiado tarde. Con el corazón gigante bombeando enormes cantidades de sangre, la cola actuando como un remo direccional y las patas haciendo giros abruptos sin perder el ritmo del perseguido, la chita lo tumba en el suelo y en segundos lo sofoca mortalmente con una dentellada en el cuello.

El don de la velocidad, no obstante, tiene un precio. Las persecuciones no duran más de medio minuto, cubren una distancia de unos 170 metros y el coste metabólico para el animal es grande: puesto que está condenado a cazar en plena tarde -para no competir con las leonas y las hienas-, está expuesto al calor extremo que los demás cazadores evitan a toda costa. Durante una carrera, su temperatura interna se eleva a 40,5 ºC, un nivel que le puede causar daños cerebrales si lo mantiene más de un minuto. La mitad de las carreras finaliza con éxito, y al terminar la cacería el felino queda tan exhausto y recalentado que espera al menos quince minutos antes de empezar a comer. Y si en este momento interviene otro animal para quitarle su alimento, la tímida chita simplemente se levanta y se va, evitando una confrontación para la cual no tiene energía. Cuando las cosas van aún peor, el agresor se lleva también sus cachorros.

Es difícil ser guepardo. Para ellos, la línea entre la vida y la muerte es muy delgada y su existencia está llena de retos que parecen no terminar nunca. Por un lado están los problemas relacionados con el deterioro de su hábitat y con la amenaza de la depredación humana, y por otro, son criaturas genéticamente pobres. Tienen una baja tasa de fertilidad, una alta incidencia de defectos congénitos y sistemas inmunológicos débiles. "Les hemos adorado desde hace miles de años y al mismo tiempo les hemos empujado al borde de la extinción", dice la doctora Laurie Marker, una atlética mujer de 54 años que probablemente sea la persona que más sabe de guepardos en el mundo. Su tesis doctoral por la Universidad de Oxford, Aspectos de la biología y ecología y estrategias de conservación de la chita, que presentó en 2002, está considerada como la última palabra sobre estos gatos.

Marker es directora del Cheetah Conservation Fund (CCF) -Fundación para la Conservación del Guepardo-, una organización que ella estableció en 1990 y que se ha convertido en un modelo para la gestión de la fauna silvestre, con un nuevo y visionario enfoque. "Hubo una época en que había chitas en el sureste asiático, Medio Oriente y África", se lamenta. "Pero ahora ya no existen en Asia, en Irán hay unas 100, y salvajes en África no quedan más de 10.000. En 230 zoológicos de 60 países hay 1.400 en cautividad, pero esa no es una población sostenible. Anualmente mueren más cachorros de los que nacen. Por eso es tan importante mantener las poblaciones salvajes, porque es la forma de salvar la especie". Y eso es literalmente lo que Marker y sus colaboradores están haciendo en Namibia. Uno de los problemas del guepardo es que su hábitat natural ha sido colonizado por la ganadería, y en África los rancheros no se andan con rodeos. Ponen trampas por todas partes y disparan a los felinos indiscriminadamente para alejarlos de sus reses. Antes de que Marker entrara en acción -vendió sus posesiones en Estados Unidos y se estableció en Namibia hace 17 años-, los granjeros exterminaban más de 600 guepardos anuales.

Con la conservación como objetivo, Marker lleva años visitando a los rancheros puerta por puerta para entablar relaciones amistosas y enseñarles que es posible convivir con los guepardos silvestres. "Les digo que no son capaces de comerse una vaca adulta. Que lo vital es proteger los terneros, llevando a sus madres a un sitio seguro cuando estén listas para dar a luz. Aquí, en Namibia, tenemos vida salvaje, ganadería y un ecosistema único, y estos tres elementos no son incompatibles; simplemente hay que implementar un buen sistema agropecuario y aprender a vivir con los felinos. Explico a la gente que los guepardos no se acercan a los burros, y que los perros pastores de Anatolia, que aguantan el calor mejor que otras razas, son capaces de mantenerlos a raya", dice Marker.

La CCF, que es una fundación sin ánimo de lucro que recauda un millón de dólares al año en donaciones, cría perros, los entrena y los regala a los ganaderos. El resultado es que muchos namibios han dejado de disparar a los gatopardos e incluso llevan al rancho de Marker -a 48 kilómetros de Otjiwarongo, al noroeste de Namibia-, los ejemplares que caen en sus cepos y los cachorros desamparados. De hecho, en el rancho viven más de 40 huérfanos cuya alimentación es un trabajo a tiempo completo para el personal de la CCF. Desde hace tiempo, la población de guepardos salvajes en Namibia se mantiene estable en unos 3.000 individuos e incluso ha comenzado a crecer. Y esto se debe a Laurie Marker, que ha establecido lazos educativos y científicos con universidades e instituciones en varios países. Es la gran matriarca que une a los demás centros de investigación para la conservación de estos felinos.

"El mayor problema que afronta la protección de la vida salvaje es que hay que atender las necesidades de los humanos", explica Marker. Y añade: "Cuando vives en un país pobre, te das cuenta de que la conservación no causa ninguna impresión en la población, porque la prioridad es alimentarse. Lo que hemos visto en Namibia es que si se les da a los habitantes el poder para formar parte de las normas, ellos mismos son quienes las hacen entrar en vigor. Nuestro trabajo es cambiar la actitud de la gente, y nuestra estrategia es mantener el hábitat del animal y tratar de hallar nuevas tierras donde pueda vivir y ser tolerado". El rancho del CCF, que cuenta con el total apoyo del gobierno de Namibia, tiene ahora más de 50 guepardos de todas las edades, donde Marker, su personal y los voluntarios -que pagan por cooperar- las marcan, las liberan, las siguen, les extraen muestras de sangre, recogen sus heces para examinar su nivel hormonal, ayudan a su reproducción y guardan sus embriones en nitrógeno líquido.

Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, los expertos al frente de los zoológicos del país y los que trabajan en colaboración con Marker están dedicados desde hace casi tres décadas al segundo grupo de problemas que afectan al guepardo: sus genes y su reproducción. En 2003, el biólogo Stephen O?Brien escribió en su libro Lágrimas de guepardo: "Son complicados. En cautiverio se muestran nerviosos, desconfiados y neuróticos. No les gusta reproducirse, tienen baja fertilidad y la tasa de mortalidad de los recién nacidos es del 30%, mucho más alta que la de otros mamíferos nacidos en cautividad". En 1980, los investigadores del Zoológico Nacional en Washington DC comenzaron a examinar los patrones reproductivos del gatopardo y realizaron los primeros estudios de su ADN. David Wildt, un biólogo experto en reproducción, examinó el semen bajo el microscopio y descubrió que la concentración de esperma era apenas la décima parte que en los gatos domésticos, y que el 70% de los espermatozoides tenían malformaciones. Por ejemplo, los flagelos que los impulsan estaban doblados hacia los lados, y las cabezas eran demasiado grandes o muy pequeñas. En otras especies, estos defectos están asociados a la infertilidad.

Por su parte, O?Brien, que estaba estudiando el gato doméstico como un modelo experimental para los cánceres humanos de origen vírico, no dio crédito al resultado del análisis genético de las muestras sanguíneas de guepardo que le envió Wildt. En 1986, los dos investigadores escribieron en Scientific American lo siguiente: "Analizamos 40 muestras de semen y sangre de 18 machos. No encontramos diferencia alguna en los 52 genes que observamos. Eran iguales. Virtualmente mellizos". Para determinar si hubo algún incesto catastrófico entre los miembros de esta especie, analizaron más muestras con tres técnicas distintas. Y para despejar dudas, tomaron muestras de piel de ocho guepardos del parque animal Wildlife Safari de Oregón, donde entonces trabajaba Marker, y las injertaron en otros ejemplares. Normalmente, el receptor de un implante tiende a rechazarlo, salvo que sea muy parecido inmunológicamante al donante. Incluso en estos casos se necesita la ayuda de fármacos inmunosupresores.

Pero las chitas no rechazaron el injerto de piel, lo cual era alarmante. Esto significaba que sus sistemas inmunes eran tan idénticos que los animales estaban expuestos a las mismas enfermedades. "Como estipuló Darwin hace un siglo, la uniformidad genética reduce la habilidad de una especie para adaptarse a perturbaciones ecológicas, como cambios de temperatura, sequías, glaciaciones y la aparición de nuevos virus o bacterias -dice O?Brien-. La variedad genética es la materia prima de la evolución". De hecho, dos años después de los injertos, una epidemia de peritonitis viral acabó con el 60% de los guepardos de Wildlife Safari.

¿Por qué son tan pobres genéticamente si se comparan con otras especies? "Nuestras hipótesis se basaban en que hubo una época en que las chitas gozaban de la misma variedad genética que tienen otros felinos actuales", dice O?Brien. Pero hace unos 12.000 años, sucedió algo que acabó con casi todos los guepardos. Los pocos supervivientes se cruzaron entre sí, con consecuencias desastrosas para sus reservas genéticas. La catástrofe más evidente fue la última glaciación, ese período de frío extremo que acabó con los mastodontes, los tigres de dientes de sable y otros mamíferos prehistóricos. El guepardo apareció hace unos 200.000 años, pero ese cuello de botella de hace 12.000 años acabó con casi todos, incluso los que vivían en Norteamérica.

El enfoque para salvarlos de la extinción debe resultar de una combinación de estrategias. Una de ellas está en proteger y estudiar los especímenes salvajes. La otra es examinar su biología y refinar las técnicas de reproducción de aquellos en cautiverio. Y para eso existe una cooperación íntima entre todos los zoológicos, que llevan un diario exacto de cada uno de los animales en el país, con su historial reproductivo completo. De esa forma, los criadores planean anualmente quién va a ser cruzado con quién para garantizar una mayor diversidad genética. "Resulta que todo está ligado", dice Wildt. "El problema de los genes es el resultado de perder su precioso hábitat: los animales no se pueden dispersar y la consecuencia es la endogamia, que merma la salud reproductiva". Wildt y la doctora Adrienne Crosier trabajan en el Centro de Conservación e Investigaciones del Zoológico Nacional, que abrió hace poco un ala dedicada exclusivamente a los gatopardos. El centro está lejos del zoo, en Front Royal, Virginia, y se dedica a estudiar la reproducción y el comportamiento de un puñado de especies poco conocidas en peligro de extinción, incluyendo el leopardo de las nubes y varios ungulados raros.

"Hemos aprendido, por ejemplo, que es muy difícil congelar con éxito el esperma de este felino", dice Crosier, que trabajó en Namibia con Marker y espera poder importar algunos de los guepardos africanos en un futuro cercano para fortalecer los genes de los domésticos. "Como los óvulos también son extremadamente frágiles, lo más efectivo es congelar los embriones, como hicimos en Namibia. Luego los descongelamos y los depositamos en el útero de una hembra. Pero la mejor manera de engendrar un bebé es lograr que dos adultos se crucen naturalmente".

Esto suena más fácil de lo que es. Si hay parajes donde criar animales au naturel con éxito, esos son las hermosas extensiones de pasto del Centro de Conservación de White Oak, al norte de Florida, un santuario conservacionista único en su género que invita al amor. Los 23 guepardos de este lujoso zoo privado viven plácidamente en corrales ubicados en medio de un bosque, donde se ejercitan corriendo tras un señuelo similar al de las carreras de galgos. El sistema de recintos interconectados hace fácil llevarles hasta el callejón de los enamorados, equivalente al bar de la esquina, para estimular el romance.

Con la información del diario de todos los guepardos destinados a la reproducción en Norteamérica, Karen Meeks, la supervisora de los carnívoros de White Oak, tiene la difícil misión de identificar las parejas idóneas y lograr que se consume el matrimonio. "Suena bonito, pero con los guepardos nada es sencillo", dice Meeks, quien también pasó una temporada en Namibia con Marker. "Puesto que las hembras sólo entran en calor cuando reciben algún estímulo, yo tengo que llevar al macho elegido a que se pasee cerca de las dependencias de la gata y observar cuidadosamente su reacción. Ellos deben emitir una vocalización específica, pero cada macho reacciona de un modo diferente. Hay unos que llaman tímidamente y otros que se ponen a correr como locos. Y a veces sucede que el guepardo que enloquece de amor no es el que necesito para esa hembra en particular, y entonces me las tengo que ingeniar para realizar el encuentro de la pareja perfecta".

"Mantenemos un diario minucioso de la vida cotidiana de cada animal -dice Fran Lyon, coordinadora de conservación-. Quién es vecino de quién, quién se ha peleado con quién... Hay guepardos que no se soportan, y los hay que no pueden vivir un segundo sin el otro. Esto pasa mucho con los machos hermanos, aunque algunas hembras también sufren verdaderamente si las separas. Y todo esto afecta a su interés en reproducirse. Por eso es tan difícil que en un zoo típico, donde hay tanta gente y tanto bullicio, se apareen dos guepardos. Cualquier cosa les distrae, les cohibe, les pone nerviosos".

Después de la cópula, viene lo complicado, que es determinar si la gata está preñada, una tarea nada placentera que consiste en buscar y recoger las heces de las hembras apareadas para hacerles un análisis de sus niveles de estrógenos. Y si por desdicha la hembra sólo da a luz un cachorro, Meeks y Lyon tienen que meterse en el papel de mamás, porque la progenitora, condicionada por la evolución a cuidar de al menos dos crías, le abandonará en el acto. "Eso significa que tenemos que enseñar al pequeño todo lo que significa ser un guepardo. Y no es fácil", dice Meeks.

Pero algo están haciendo bien en White Oak, porque todos los felinos que han traído del rancho de Laurie Marks en Namibia se han reproducido primero entre ellos y después con los del parque, que es la receta para obtener variación genética. Los últimos cuatro cachorros nacieron mientras se escribía este artículo. "Los padres son gatos namibios, así que tenemos genes muy valiosos", anuncia Meeks en un correo electrónico. Este intercambio de genes, recursos y conocimientos entre las poblaciones de guepardos salvajes y los manipulados en cautiverio representa su seguro de vida. En ausencia de persecuciones humanas y a pesar de su pobreza genética, las malformaciones de su esperma y la susceptibilidad a los virus, lo cierto es que estos gatos se las han arreglado para sobrevivir. Ahora, no obstante, necesitan un buen empujón que les devuelva su hábitat perdido.

King George, el guepardo embajador del zoológico de Miami, se enreda entre mis piernas ronroneando y exigiendo caricias. Pronto quedo cubierta de ese pelaje hirsuto y grueso que, afortunadamente para él, no tiene valor en la industria de la peletería. Sus raras manchas son alargadas, no redondas, porque es un guepardo real, Acinonyx rex, algo así como un tigre albino. King George ha educado más a los niños que cualquier profesor de biología. Es fácil, ahora que pongo los brazos alrededor de su cuello, entender la pasión de Laurie Marker. Es un animal honesto, elegante, misterioso. El galgo de los felinos. ¿Podrá huir de su propia extinción?
"Amo cada parte de los guepardos", concluye Marker. "Su suavidad, su arrogancia, su velocidad. Y se están extinguiendo ante nuestros ojos. Cuanto más aprendo sobre ellos, más quiero que el mundo entero los conozca".

Ángela Posada-Swafford

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