Hallan un lince enterrado hace dos milenios como un ser humano

Hace 2.000 años, un grupo de nativos americanos decidió sepultar un pequeño lince rojo en uno de los túmulos que erigieron para inhumar a sus muertos, en lo que hoy es el oeste de Illinois.

Entre sus restos, que ahora han sido analizados por un equipo de investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Alemania, y del Museo Estatal de Illinois, en EE. UU., apareció un collar decorado con conchas y colmillos de oso. Según indican estos expertos en la revista Midcontinental Journal of Archaeology, se trata del único enterramiento ritual de un animal descubierto hasta la fecha en uno de estos enclaves y el único conocido en el que el protagonista es uno de estos felinos.      

 

Los huesos del lince salieron a la luz en la década de 1980, cuando se excavó el mayor de los catorce montecillos funerarios que un pueblo integrado en la cultura Hopewell alzó en un risco sobre el río Illinois. Este contenía los cuerpos de veintidós personas dispuestas en círculo alrededor de la tumba de un niño y el de un cánido, igualmente situado en el interior del anillo. Al menos eso se pensó en un primer momento. Después de todo, los Hopewell, que pervivieron entre los siglos II a. C. y V, tenían por costumbre enterrar a sus perros en sus asentamientos.  

 

Los restos quedaron almacenados en el Museo Estatal de Illinois hasta que Angela R. Perri, una zoóloga y antropóloga del Instituto Max Planck, detectó que el cráneo se correspondía con el de un félido. Los análisis revelaron que se trataba de un lince rojo, Lynx rufus, de entre cuatro y siete meses de edad. La ausencia de marcas sugería que no había sido sacrificado, sino que, más bien, podría haber sido una mascota muy querida. Esta habría sido intencionadamente enterrada en esa estructura, que los nativos utilizaban para destacar una zona sagrada perteneciente a sus ancestros.  

 

“Parece que el lince fue sepultado de un modo muy respetuoso; incluso se dispusieron sus garras de tal modo que estuvieran juntas”, indica Perri. “Su cuerpo no fue arrojado a un agujero sin más”, destaca por su parte el antropólogo Ken Farnsworth, del Museo Estatal de Illinois, que también ha participado en el estudio. “Alguien importante debió convencer al resto del grupo para que fuera así”, recalca.

 

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