Desde la Antártida: Entre pingüinos (II)

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Hasta ahora nadie había pensado que los pingüinos pudieran estar en problemas. Pero en realidad se están convirtiendo en el nuevo emblema de los devastadores efectos del cambio climático. Los adelia, en particular, son la especie mejor estudiada, gracias a la cercanía de la estación de investigaciones Palmer. Los expertos calculan que en todo el continente antártico existen 2 millones y medio de parejas de adelias, pero predicen que, si las temperaturas globales suben 2ºC, el impacto sobre los pingüinos polares (adelias y emperadores) que viven más al norte de los 70 grados latitud sur, es decir la mitad de todos los pingüinos antárticos, será absolutamente devastador.

Es muy probable que estos inofensivos centinelas de los hielos que me miran con sus ojos maquillados de blanco aquí en la Isla Torgersen desaparezcan por completo y para siempre en unos cuantos años. Es difícil acoger esta idea sin sentir una profunda tristeza.

Los pingüinos son los animales más antropomorfos. Todo el mundo se identifica con ellos. ¿Por qué respondemos con tanta emotividad a un pingüino? Quizás porque se sostienen sobre dos patas y caminan erguidos como la gente. Para nosotros son como pequeños humanoides: una convención de meseros, diez mil monjas, una guardería de bebés gorditos con abrigos para el invierno. Son una caricatura de la vida humana. Les gusta la compañía, pero pelean con sus vecinos. Les regalan a sus novias piedras bonitas para el nido, pero también tienen infidelidades, y se divorcian, y se vuelven a casar. Son padres afectivos y ambos ayudan a sacar adelante a los hijos. Viven en colonias que parecen ciudades, están plagados de pandillas de adolescentes, y siempre andan contoneándose a toda carrera, como si tuvieran cosas importantísimas qué hacer.

Los pingüinos adornan los envoltorios de helados, tarjetas de cumpleaños, calendarios, libros y muchos otros atractivos productos. Todo el mundo sabe cómo es un pingüino, pero a la vez hay muchos malentendidos. Son aves, no mamíferos ni peces. Tienen plumas, no pelo. Y no viven en el Polo Sur (que está a 800 kilómetros del mar más cercano y a casi 10.000 pies de altura). Tampoco viven con esquimales ni osos polares, que habitan en el Ártico. Sólo cuatro especies de pingüinos viven en la Península Antártida, el resto vive al sur de Áffrica, Argentina, las Galápagos y otras islas.

Son divertidamente torpes en tierra, pero vuelan en el agua, con una agilidad increíble. Y están entre los mejores buzos del reino animal. Sus plumas están dispuestas como las tejas de un tejado, y son tan espesas que impermeabilizan a su dueño. Y por inimaginable que parezca, padres e hijos se reconocen por su tono de voz en medio de la algarabía de una colonia.

Por lo general existe un limbo entre nosotros y los animales. Ellos nos temen y mantienen las distancias. Pero los pingüinos están entre los pocos animales que cruzan esa frontera. Es como si nos vieran como pingüinos también, tal vez de una especie rarísima. Después de todo, nos sostenemos sobre dos patas, nos movemos en grupos, hablamos todo el tiempo, y nuestros niños se contonean como ellos.

En pocos días me embarco nuevamente en el Laurence M Gould para regresar a Chile y al calor de mis playas en Miami. Trato de imaginar a Torgersen sin sus 3.000 pingüinos. Sería un trozo de roca volcánica silenciosa, excepto por el suave crujir cristalino del hielo contra las rocas, y el ocasional grito de un skúa.


Ángela Posada-Swafford

Para más información Sigue el periplo de Ángela en "Desde la Antártida"

Etiquetas: aves

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