|
Multiculturalismo (y falacia de la tolerancia) |
|
|
|
|
|
|
Al igual que valoramos el concepto de biodiversidad en la naturaleza, también debe respetarse la variedad de culturas como una riqueza de la humanidad.
Desde que, en 1914, C. G. Seligman, de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, enviara a un joven Malinowski a estudiar “otros pueblos” –de allí salió la obra clave de la antropología, Los argonautas del Pacífico Occidental–, los antropólogos sociales no han dejado de llamar la atención sobre el valor de las otras culturas, que no son superiores ni inferiores sino diferentes a la nuestra. Así, igual que existe la idea de la conservación de la biodiversidad, deberíamos hacer lo propio con las culturas.
“La principal tarea es la del pluralismo cultural: alcanzar la unidad en la diversidad, organizada de forma que ayude a los pueblos a convivir mejor”. ¿Pero qué pasa cuando un pueblo, como el de las islas Andamán, no quiere relaciones con extranjeros? El pluralismo cultural que la ONU defiende palidece cuando, desde Occidente, decidimos exportar la democracia al mundo, por las armas o por los euros. Así definimos que nuestras nociones culturales son mejores que las del resto. Claro que, si negamos la mayor, nos vemos abocados al relativismo. Difícil equilibrio.
Peor aún resulta cuando este “respeto cultural” se invoca desde dentro de una de las sociedades que acoge esa pluralidad. Normalmente, se invoca para defender la tolerancia cultural religiosa. Ejemplo: en algunos colegios de Almería a los niños les recomiendan no llevar bocadillo de chorizo por si los niños musulmanes le dan un mordisco. Pero si no es “pecado” que un musulmán coma cerdo cuando no sabe que lo es, ¿de qué tolerancia hablamos? ¿Dónde queda el derecho del niño a comer lo que quiera, o lo que su madre le ponga? En algunos comedores de centros de investigación aragoneses no sirven platos que contengan cerdo, supongo que por tolerancia… científica. No basta con que el musulmán o el judío elijan otro plato o se traigan su propia comida, como hacen el vegetariano, el que sigue una dieta o el intolerante a la lactosa. ¿Dónde está la tolerancia con los amantes de las costillas de cerdo?
En un estado aconfesional la tolerancia consiste en dejar que cada grupo social disfrute de sus costumbres, pero en ningún caso que los gustos –propios o impuestos por una ideología– condicionen la vida del resto. ¿Y el caso del padre que no dejó volver al colegio a sus hijas si no le aseguraban que no iban a dar música y gimnasia? El centro accedió. ¿Y Zara, que pidió perdón por vender ropa con mezcla de lino y algodón a ultraortodoxos judíos que consideran pecado llevar ropa con mezcla de tejidos? ¿Cuándo lo ha hecho por errores a la hora de cobrar o por prendas que han salido defectuosas?
Del mismo modo, ¿por qué no vamos a dejar que las niñas musulmanas vayan con el velo a clase? No es distinto a los símbolos externos de quien pertenece a una tribu urbana. ¿No dejamos que los alumnos vayan a clase con piercings, con look de adolescente de serie americana, con chupas de cuero y cadenas colgando? Moraleja: quien tiene religión, tiene prebendas. El ateo, jamás.
|