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Los azarosos cauces del tiempo |
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Página 1 de 2 ¿Están los historiadores, gracias a su conocimiento del pasado, mejor facultados para prever los acontecimientos futuros? ¿Hay algún destino en el devenir histórico? La respuesta es no. El factor humano y el azar se reparten el juego.
Mientras el presidente Woodrow Wilson embarcaba rumbo a Europa el 4 de diciembre de 1918, muchos analistas políticos pensaron que con ese viaje comenzaba una nueva época de paz. Se equivocaron, porque no tuvieron en cuenta que la previsión es imposible en la Historia. El fin de la Gran Guerra se afrontó con un espíritu prometedor”, escribió Stefan Zweig, uno de los principales testigos de ese mundo de ayer, que señaló también la diferencia con los conflictos precedentes, incluida la guerra franco-prusiana que puso fin al Segundo Imperio francés. La razón de tal excepcionalidad residía en sus motivos: el asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando por un patriota serbio. A medida que avanzaba la guerra, se tomaba conciencia de que en la Historia rige lo accidental, lo aleatorio, que el conflicto significaba el fin de un mundo y que el futuro era poco halagüeño. Los activistas de la paz sugirieron, con Erich Marie Remarque a la cabeza, que el problema era la propia guerra, mientras otros apuntaban a la ambición del capitalismo y, los más, al nacionalismo destructor de la solidaridad obrera. Pero, ¿a qué obedeció una guerra tan destructiva? ¿Fue un cisne negro de los que habla Nassim Taleb? El debate sobre el origen de la Primera Guerra Mundial ha continuado hasta hoy, involucrando a figuras ilustres como Barbara Tuchman.
Después del fracaso que supuso no advertir tan catastrófico suceso, el oficio de historiador recibió duras críticas. Se planteó entonces que el análisis de la cultura y de la política no era suficiente para predecir los acontecimientos futuros y, con las ideas de Henri Pirenne como guía, se reclamó el recurso a la economía para encontrar una explicación científica de los procesos históricos. A esto se unió además el interés por la lucha de clases, idea que Marx introdujo en los debates de la Internacional obrera. Siempre que era posible, los historiadores realizaban dos operaciones simultáneas: el estudio de la economía como el armazón del conocimiento histórico y la conversión del azar en un concepto perspectivista.
El descrédito social de esa metodología llegó sin embargo de la propia Historia mundial en los años que siguieron a 1919. En Alemania –cuya República con capital en Weimar no era capaz de salir de la crisis económica– comenzó el asalto al poder del partido nazi, que duró más de una década y tuvo incalculables consecuencias cuando la mayoría de intelectuales –incluido el eminente Max Weber– pensaron que se trataba de un asunto meramente episódico. El tardío arbitraje en Munich con un Chamberlain convencido de que el ritmo de la Historia lo imponían las condiciones del trabajo, presagió una guerra generalizada y cruel, como así fue la Segunda Guerra Mundial (entre 1939 y 1945). Los Estados Unidos, la gran potencia emergente, no aceptó que fueran otros quienes fijaran el ritmo de la Historia, pero sólo movió pieza –vale decir, divisiones de tierra y la marina– cuando lo juzgó necesario para sus intereses estratégicos. Quienes se movilizaron antes, pensando forzar el curso de los acontecimientos –caso de España, Grecia o Finlandia–, fueron abandonados a su destino y su democracia fue masacrada.
En cambio Francia, que había padecido lo peor de la Gran Guerra, en cuanto fue advertida del peligro que se cernía en su frontera oriental, firmó un pacto de ayuda mutua con Inglaterra, a pesar de la convicción de sus generales de que la línea Maginot detendría el avance del ejército alemán. La caída del frente en 1940 fue, sin embargo, un hecho tan altamente inesperado, que fomentó la tesis del absurdo en la vida humana entre los franceses de cultura. Todo estaba perdido, con el ejército expedicionario inglés atrapado en Dunkerque, salvo que los americanos intervinieran, lo que no dejaba de ser una terrible ironía para la gente de izquierdas.
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