¿Qué alimentos prohíbe consumir el Corán? ¿Por qué los
árabes de las clases más altas apenas tomaban pescado?
¿Qué productos introdujeron en España? ¿Qué recetas
de al-Ándalus ha heredado nuestra cocina?
La aportación árabe a nuestra
cocina es extraordinariamente
rica. No en vano
proviene de una cultura que
integra tradiciones muy diversas,
que adquieren identidad por estar
impregnadas por los preceptos del
Corán. Para explicar esa riqueza ha
de sumarse el hecho de que existen
diferencias entre las tradiciones culinarias
de las ciudades y del campo,
de las clases altas, que recogen
los textos, y del pueblo llano, que las
ha conservado por tradición oral.
Su influencia puede rastrearse en
cualquier recetario tradicional. En
el precioso libro 3.000 años de cocina
española, Rosa Tovar y Monique
Fuller recogen dos docenas de recetas
de distintas regiones, testimonio
de la herencia cultural árabe, que
abarcan un amplio abanico de productos
y métodos de preparación.
Ramadán aparte, las prohibiciones
de alimentos nacidas del
Corán son menos que en el judaísmo.
Las principales se refieren al
cerdo y a las bebidas fermentadas,
lo que no siempre se respetaba en
la España musulmana. En los libros
de cocina había, además, pocas
recetas de pescado, pero ello no se debe a motivos religiosos, sino a
los consejos médicos basados en
Galeno y Rhazes. En el libro
mencionado sólo hay dos,
una de albóndigas y otra de escabeche. Ya tenemos
dos palabras que provienen
del árabe: al-bundiqa –bola– y assikbay,
sik-badj o sikbâg –guiso con
vinagre–. Podemos tomar una primera
receta de escabeche del médico
sevillano del siglo XII Ibn Zuhr
–Avenzoar–, quien recomienda
preparar así el pescado: “se escalda
en agua caliente, a continuación se
pone en una cazuela de arcilla o de
loza vidriada con un poco de aceite.
Cuando ya está cocido se deja a
fuego lento y se le añade un caldo
preparado con vinagre y jengibre”.
Las clases altas consumían
poco pescado y nada de marisco.
Son curiosos los testimonios
eruditos de la época, como los del
botánico malagueño Ibn al Baytar
(s. XIII). En su Compilación de
medicamentos y alimentos simples
incluye 1.400 sustancias, pero entre
ellas no llegan a cuarenta las de
pescados, que además no gozan de
buena reputación. Algunas de sus
afirmaciones pueden parecernos
certeras, como cuando dice: “Los
de olor fuerte y pestilente, de sabor
poco agradable, no es conveniente
comerlos. El mejor pescado es el
que tiene buen gusto y escaso olor”.
Pero otras pueden resultar sorprendentes
para un malagueño de hoy:
“El pescado enharinado y frito en
grasa es muy pesado, produce mucha
sed y baja lentamente”.
El pueblo llano consumía
pescado, abundante en las costas,
que se vendía crudo, salado o frito.
En el siglo XII ya había en alÁndalus
freidurías. Los pescados más populares eran el atún y la
sardina, que en árabe tienen nombres
procedentes del latín –tunn y
sardin, respectivamente–. Dicho
sea de paso, recordemos que almadraba
viene del árabe –madraba,
lugar donde se golpea–, así como
mojama –de mussamma, seco–.
El erudito murciano Ibn Razin (s.
XIII) nos da una receta de mojama
en la que, cortada en lonchas
finas, se coloca al fuego en cazuela
con agua para un hervor. Luego se
fríen en aceite y se hace un escabeche
con ajo y vinagre o zumo de
naranja.
Entre los alimentos que
los musulmanes introdujeron o
popularizaron en España están la
berenjena, la espinaca, la caña de
azúcar, el arroz, el albaricoque o
los cítricos. Apreciaban las naranjas
amargas, cuyo árbol cultivaban
para obtener miel de azahar. Los
frutos del naranjo dieron lugar a
toda una serie de ensaladas que
hoy son populares en el sur de
España. Recuerdo especialmente
algún remojón granadino, con su
naranja cortada en rodajas “vivas”,
aceitunas negras, aceite, cebolleta, zumo de limón y pimienta, junto a
unas hebras de bacalao remojado y
crudo, que se me antoja tan importante
como la Alhambra.
Aunque en nuestro país se
cultiva el olivo desde tiempos prehistóricos,
las plantaciones se vieron
notablemente incrementadas
por los árabes, especialmente en el
valle del Guadalquivir, donde introdujeron
sus variedades. Esta aportación
quedó materializada a su vez
en palabras como aceituna, aceite
y acebuche, que tienen origen árabe;
en particular “aceite” proviene
de az-zait –o al-zait– que significa
“jugo de aceituna.” El de oliva es el
aceite por antonomasia, que el propio
Corán menciona: “Se enciende
de un árbol bendito, un olivo, que
no es del Oriente ni del Occidente,
y cuyo aceite casi alumbra aun sin
haber sido tocado por el fuego”.
Los árabes enriquecieron
sus huertos mediante regadíos con
aljibes, acequias y alcantarillas e introdujeron
en España la berenjena,
la única solanácea que no vino de
América. Entre las muchas recetas
que se conservan destaca la alboronía.
La palabra viene de al-baraniyya
y en su origen era un guiso
de berenjenas que además llevaba
ajo, cebolla, calabaza y frutos secos
triturados. La alboronía árabe
es la madre de todos los pistos, entre
los que se incluye por supuesto
el cinematográfico ratatouille, que
con el tiempo incorporaron productos
ultramarinos y perdieron
los frutos secos.
Las carnes preferidas de
los árabes son las grasas y tiernas,
sobre todo de cordero y aves, que
se marinaban una noche con leche
agria o vinagre. Como ejemplo de
receta, valgan unos pichones con
aceitunas y acelgas que recoge el
libro de Tovar y Fuller: se asan en
cazuela al horno los pichones ya
salpimentados y dorados, con cebolla
picada y pochada, caldo de
ave, granos de cilantro e hinojo, canela
en rama y aceitunas, así como
las pencas de acelga atadas en un
haz. Habría que cuidarse de tomar
pichones de palomar, alimentados
con cereales y sacrificados adecuadamente,
limpios de su sangre.
El arroz cocido en leche,
con manteca y azúcar, era uno de
los dulces más apreciados de la alta
cocina musulmana y ha quedado
para siempre en la cocina española.
La lista de dulces árabes es amplia,
con profusión de azúcar, miel y frutos
secos, con lugar destacado para
los mazapanes y bollos o pasteles
maimones. Para rematar, nos han
dejado los sorbetes fríos, por ejemplo,
de limón, con miel especiada
con clavo y canela.
| Tres platos
de referencia |
Cuscús. En España se llamaba
antiguamente alcuzcuz. Es un plato
tradicional a base de sémola de
trigo en forma de gránulos de un
milímetro de diámetro. Se cuece
en ollas especiales al vapor que
se desprende al hacer en la parte
inferior de las mismas un estofado
de carne –cordero, pollo– y verduras.
Se sirve como guarnición.
Falálel. Son una especie de
albóndigas o croquetas redondas
hechas con pasta de garbanzos
crudos, ajo y huevos. Se aderezan
con sal, pimienta, perejil y comino
y se fríen en aceite de oliva.
Shawarma. Se trata de un bocadillo
cuyo principal ingrediente
es la carne de cordero o pollo,
adobada y asada muy lentamente
–incluso todo un día– en un asador
vertical giratorio. La carne se corta
en tiras y después se introduce
en el pan de pita acompañado de
verduras y salsas picantes.
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