| La ciencia en el Quijote. Astros desde La Mancha |
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De qué temes cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abun¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla como un archiduque por el sesgo curso deste agradable río de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? (...) Si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera lo que hemos caminado: aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado o pasaremos presto la línea equinoccial que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia.” Marinero experto
¿Era Don Quijote conocedor de la ciencia de la astronomía? ¿Qué sabía Cervantes de astros y constelaciones? ¿Hasta qué punto estos conocimientos cobraron importancia en la España de los siglos XVI y XVII? La lectura detenida de El Quijote nos arroja algunas pistas. El afamado prólogo de la obra, escrito en 1604, cuando Cervantes acaba de revisar el libro, expone con paródica intención una supuesta discusión entre el autor y un amigo imaginario que le sirve al primero para lanzar una sátira punzante, probablemente, contra Lope de Vega. Las palabras del amigo recogen una serie de graciosos adornos que han de acompañar a toda obra y poeta que se precien. Uno de ellos es el siguiente: “Para mostraros hombre erudito en letras y cosmógrafo, haced de modo que en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra forma de anotación poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas, tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano”. Para Cervantes, pareciera que el recurso a la cosmografía supone una crítica a cierta petulancia sabihonda de los que gustan de citar fuentes y abarrotar sus textos de referencias cultas. Ciencia de moda Ciertamente esta ciencia podría encontrarse entre las ramas del saber “de moda” en los albores del XVII. La cosmografía –descripción del universo, tanto de la Tierra como de los planetas y estrellas– se estudiaba en la Facultad de Artes dentro del currículo de los stutia humanitatis o estudios de humanidades. Es decir de lo que hoy llamaríamos “letras”. En el mismo prólogo, Cervantes advierte que su obra no necesitaría adorno erudito alguno, ya que no es más que una invectiva contra los libros de caballería de los que “nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón, ni caen debajo (...) de las observaciones de la astrología”. En este caso, astrología ha de entenderse como astronomía y vuelve a exponerse como saber elevado opuesto con la naturalidad espontánea de las obras populares. Sin embargo, en la vida real, la astronomía se hallaba en trance de alcanzar una de sus primeras edades doradas. El estudio de los astros, es evidente, resulta una de las ciencias más antiguas. Aún así, durante miles de años, los que la practicaban hubieron de hacerlo a ojo desnudo, sin ayuda de más instrumentos que su ingenio y paciencia. Galileo en marcha
En 1609, sólo cuatro años después de la publicación del Quijote, Galileo escribía a su cuñado, Benedetto Landucci: “sabrás que hace casi dos meses corrió por aquí el rumor de que habían enseñado un anteojo al Conde Mauricio, en Flandes. El artilugio está construido de tal forma que hace aparecer muy cercanos los objetos distantes, de manera que se puede ver claramente a un hombre a una distancia de dos millas”. Aquel anteojo fue la fuente de inspiración para que Galileo diseñara su primer telescopio: una lente de 5 centímetros de diámetro que daba sólo 30 aumentos pero que le sirvió al astrónomo italiano para descubrir, entre otras cosas, las montañas de la Luna, las fases de Venus, cuatro satélites de Júpiter, los anillos de Saturno, las manchas solares y la estructura de la Vía Láctea. A menudo se ha calificado este avance como “el descubrimiento de América en la astronomía”. No en vano, Galileo ensanchó el mundo de la observación cosmográfica de modo similar a cómo Colón amplió las fronteras geográficas. A Cervantes le toco vivir la época gloriosa que devino entre ambos hitos y, por lo tanto, no es extraño que pudiera quedar impresionado por los descubrimientos que el saber astronómico, confundido todavía con el astrológico, iba desgranando. Números y cálculos Pero no es ésta la única ciencia básica que menciona el autor en su celebrada obra. En un reciente trabajo titulado Cervantes, Don Quijote y las matemáticas, Luis Balbuena, profesor de Matemáticas en La Laguna, recoge varias citas en las que el autor menciona esta ciencia de los números. En el capítulo XXXIII de la primera parte, donde se prosigue el relato de la novela El curioso impenitente se cuenta que “a los moros no se les puede dar a entender el error de su secta con acotaciones de la Santa Escritura, (...) sino que se les ha de traer ejemplos palpables, fáciles, inteligibles, demostrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar”. Aparte de reconocer una cierta virtud instructiva en el método científico sobre el pensamiento religioso, el autor confiere en este párrafo a la matemática un innegable valor de contener verdades irrefutables. Más adelante, ya en la segunda parte (capítulo XVIII) Don Quijote hace un pormenorizado relato de los conocimientos que han de atesorar quienes se dediquen a la “ciencia de la caballería andante”. El que la profesa ha de ser jurisperito, teólogo, médico y herbolario, astrólogo (una vez más, la confusión con la astronomía) “para conocer por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en qué parte y en qué clima del mundo se halla”, y “ha de saber de matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas...”
Dos ciencias en una Este párrafo no deja de tener un fascinante regusto a ciencia moderna. Obsérvese que el caballero nos ilustra sobre las virtudes de la geometría para componer espacios a partir de porciones pequeñas, por ejemplo, para determinar la altura de un gigante a partir del tamaño de un resto de pierna. Pero lo que más puede agradar a los ojos de un amante actual de la divulgación científica es el juego de poner en relación este dato con un episodio científico del que estamos acostumbrados a tener noticias en este siglo XXI. La imagen de una expedición que encuentra los restos óseos de un gigante, un trozo de “canilla”, un fragmento de columna vertebral... y extrae de tan escasa información el historial completo del ser que los portó hace, quizás, miles de años. Primer Parque Jurásico ¿No es la historia de los gigantes de Sicilia deliciosamente parecida a la labor que hoy realizan los paleontólogos? ¿No sería divertido sustituir los monstruos de apariencia humana altos como torres por ejemplares de tiranosuario e imaginarnos en la mente del ingenioso hidalgo una escena precursora de todo un Parque Jurásico? Cervantes no debió gozar de una amplia formación matemática, si tenemos en cuenta sus datos biográficos y las características propias de la educación para un hombre de su estatus y de su época. Sin embargo, parece sentir una cierta fascinación por algunos números, sobre todo en cuanto los utiliza, a menudo, como medida de la belleza y la virtud. A Dulcinea la adornan “mil millones de gracias”, el ejército al que venció Felixmarte de Hircania contaba con “un millones y seiscientos mil” soldados, y el hidalgo, imitando a Amadís de Gaula, se encierra a rezar nada más y nada menos que “un millón de veces”. Parece que el autor tenía cierta tendencia a dejarse fascinar por los grandes números, en una época en que las distancias y los volúmenes no eran lo que hoy son. ¡Cómo habría disfrutado de vasta cosmología moderna! Jorge Alcalde y Enrique M. Coperías Abraham Alonso 04/01/2005
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