KIMOTHY SMITH PDF Imprimir E-mail

"El ántrax es un caníbal: mata a su huésped para reproducirse"

Especialista mundial en bacterias y agentes patógenos, Kimothy Smith ha formado parte del grupo de expertos enviado por la ONU a Irak para inspeccionar el posible arsenal bacteriológico del país árabe. Además, desde el Laboratorio Lawrence Livermore de California, libra una batalla diaria contra el ántrax y otros seres dañinos.

 

Mientras Estados Unidos se defiende de los ataques con ántrax e intenta prevenir atentados de bioterroristas armados con viruela, un grupo de científicos de UNMOVIC (Comisión de las Naciones Unidas para la Monitorización, Verificación e Inspección) se introdujo en los cuarteles de Sadam Hussein para tratar de descubrir si Irak escondía armas biológicas. Kimothy Smith figuraba entre ellos. Esta entrevista se realizó en los días previos a su viaje.

¿Está listo para partir?
–El año pasado estaba en la parrilla de los potenciales supervisores de armas biológicas, así que, claro, tengo la maleta preparada. Pero no hay que exagerar; la mayoría de los inspectores que trabajan para UNMOVIC son científicos ordinarios con entrenamiento y experiencia adicionales.

Como para muchos de los demás inspectores, ésta será su primera experiencia de este tipo. ¿Qué puede hacer un puñado de biólogos para desenmascarar las armas biológicas de Sadam si él no quiere que las encuentren?
–Quizá nada, quizá todo. La cosa funciona así: Irak declara que sus manufacturas e importaciones tienen un uso legítimo pero que también pueden emplearse en armas ilícitas. Luego, los inspectores cotejan la declaración junto a la restante información que recogen y visitan las instalaciones para ver si los datos concuerdan. A veces, la investigación exhaustiva, sistemática y cuidadosa –algo que los científicos hacen muy bien– consigue esclarecer la situación.

¿Piensa que alguien vaya a usar estas mortíferas armas biológicas en la próxima década?
–Sinceramente, espero que no, pero me temo que lo harán. Por desgracia, no apostaría por lo contrario. Sin embargo, estamos tan preparados como nos permite el actual progreso tecnológico y de conocimientos y cada día lo estaremos mejor.

No siempre se ha dedicado usted a estudiar estas letales armas biológicas. ¿Cómo surgió todo?
–Efectivamente. Empecé como veterinario en Oklahoma, la tierra donde me crié. También cultivaba trigo y algodón –400 hectáreas–, y tenía 200 cabezas de gana-do. Pero al cabo del tiempo empecé a sentir como si mi cerebro se fuera secan-do. La práctica veterinaria y el cultivo tienen sus desafíos, pero me faltaban retos intelectuales. El problema es que tenía demasiado lazos familiares. Estoy emparentado con medio mundo en un área de tres condados.

¿Así que se marchó a realizar un curso a Louisiana, pero no para investigar el ántrax?
–No, fui a estudiar una subespecie muy amenazada de pájaros carpinteros. Sólo quedaban unos miles de ejemplares y los biólogos que trataban de reintroducirlos en nuevas áreas no estaban teniendo mucho éxito. Intenté descubrir las causas y si había patógenos ocultos que pudieran estar arruinando su recuperación. Pero los responsables del trabajo no querían saber nada de patógenos y se hacía muy difícil la investigación con especies amenazadas –de hecho, me llevó un año llegar a tener un ejemplar de pájaro en mis manos–. Pasar a investigar el ántrax me permitió continuar trabajando en la epidemiología de las enfermedades infecciosas pero con más fondos.

Y viajar…
–¡Sí! Un día, el profesor Martin Hugh Jones anunció que estaba buscando a un estudiante graduado para recoger ántrax en el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica. Yo dije en seguida: “¿Dónde hay que firmar?”.

¿Por qué allí, en el Kruger?
–El parque Kruger es ideal para el estudio del ántrax en su estado natural; esta bacteria forma parte de su ecología. Según los análisis genéticos que hemos efectuado, es muy probable que el ántrax se desarrollara en esa zona meridional de África, porque es donde más diversidad genética existe, incluidas algunas variantes que no han sido encontradas en ningún otro lugar. Y posiblemente no haya ningún otro sitio en la Tierra donde se haya preservado un registro de brotes de ántrax tan importante durante tanto tiempo y abarcando un área tan extensa, con huéspedes naturales de la bacteria y epidemias regulares. Además, el parque Kruger tiene muchos alicientes. Un día, rastreando en busca de elementos donde suele haber esporas –en los excrementos de hiena son abundantes– junto a Valarius De Vos, el máximo experto en ántrax de Sudáfrica, vimos tres elefantes a menos de diez metros de nosotros. Los paquidermos nos escrutaron antes de proseguir despacio su camino. Fue una experiencia terrorífica.

¿Qué es lo que hace interesante al ántrax?
–Uno de sus aspectos más fascinantes es que se parece un poco a Hannibal Lecter, es una especie medio caníbal, ya que es uno de los escasos organismos que necesitan matar a su huésped para reproducirse. La víctima ha de morir y sangrar para que la bacteria pueda escapar y regresar al suelo. De hecho, si se cubre un elefante que ha muerto de ántrax con arbustos de espino para alejar a los buitres, al ser menor la hemorragia, el ántrax no creará tantas esporas en el suelo. Es una forma de vida arriesgada para un patógeno: abundancia o escasez. Pero el ántrax ha resuelto el problema permaneciendo dormido durante décadas, a la espera de una nueva víctima. Los seres humanos tenemos una larga historia con el ántrax pero aún no conocemos todos los datos, como se pudo ver tras los acontecimientos del pasado año.

Cuando murió en Florida la primera víctima del correo contaminado de ántrax, el laboratorio donde usted trabajaba en la Universidad de Northern Arizona tuvo muestras de la bacteria casi al instante...
–Disponíamos de una técnica muy buena para distinguir con toda precisión y seguridad entre diferentes variantes genéticas de esta bacteria. La habíamos estado utilizan-do para estudiar la biodiversidad y la evolución del ántrax alrededor del mundo. Pero algunos nos dimos cuenta de cómo podría emplearse también para la investigación forense, para seguir la pista del foco o fuente de un patógeno. Usamos repeticiones en tándem de número variable –VNTRs–, que son pequeñas secuencias repetitivas de ADN. Algunas mutan despacio y otras mutan muy deprisa, más rápidamente que los polimorfismos de un solo nucleótido, o SNPs, empleados con frecuencia para registrar la variación genética. Cuanto más difieran las cepas bacterianas, más tiempo habrán estado sin entrar en contacto. Las VNTRs de transformación rápida son ideales para distinguir elementos aislados poco diferenciados, por ejemplo en investigación forense, al poder discriminar bacterias que han estado separadas relativamente pocas generaciones.

¿Qué encontraron?
–Hallamos una cadena de adeninas de rapidísima mutación que podía distinguir entre diferentes fuentes posibles del ántrax usado en los ataques. No puedo explicar más, porque tengo un pacto de silencio con el FBI.

¿Qué otros usos pueden tener esas VNTRs?
–Las VNTRs más lentas pueden rastrear relaciones filogenéticas entre especies, a veces dentro del género completo, a través de una región o incluso a escala mundial. Hace ya tiempo que se utilizan las VNTRs para analizar diversas especies eucariotas, como los huma-nos, tal como pudimos ver en el juicio a O. J. Simpson. También se han usado para diferenciar muestras de VIH de distintos pacientes a mediados de los 90, aunque su uso en microorganismos es bastante nuevo, posiblemente porque tanto los genetistas de los microbios como los de los eucariotas raramente cruzan sus caminos. Puede que esto cambie ahora. Las VNTRs pueden ayudar a desvelar cuestiones pendientes de respuesta tanto de la epidemiología como de la ecología de los patógenos. Por ejemplo, hay gente que especula con que las cañadas de ganado ayudan a dispersar el ántrax a través de los Estados Unidos. Y nosotros estamos empleando VNTRs para intentar encontrar la evidencia genética para ello.

¿Cuando empezó a estudiar el ántrax, era consciente de su interés como arma biológica?
–Sí y no. Sabía de su historia durante la Segunda Guerra Mundial y que tanto soviéticos como estadounidenses habían investigado el asunto. Luego, cuando estaba estudiando en Louisiana, tuve conocimiento de que Irak había considerado su uso. Pero desconocía la profundidad y amplitud de su potencial como arma biológica con fines bélicos y terroristas. No fue hace mucho, sin embargo, cuando aprendí que algunas de las personas que te encuentras en las conferencias de ántrax no son realmente científicos. En una ocasión estaba tomando una copa con dos mujeres sudafricanas en una conferencia científica sobre el tema, cuando un tipo extraño apareció de repente y puso fin a nuestra conversación. No quiero hablar sobre ello pero no fue una casualidad ni un accidente.

¿El pasado año, cómo se las arreglaban para investigar en medio de tanta publicidad?
–Con muchas complicaciones. En menos de una semana había varios equipos de televisión aparcados fuera del edificio. Íbamos a tener una reunión de laboratorio cuando la puerta de la oficina se abrió y la lente de una cámara se introdujo por la puerta. El jefe del laboratorio cerró dando un portazo y tuvimos a toda la seguridad del edificio trabajando para mantenerlos fuera.
–Si tuviera que volver a pasar por ello, ¿qué es lo que cambiaría? ¿Y qué es lo que explicaría a un científico en una circunstancia similar?
–Primero, dormir más. Y haría que mi equipo también durmiera más. Aconsejaría a cualquiera que afrontara esto que se hiciera amigo de la persona de la institución encargada de la información al público: puede servir de ayuda para que le proteja.

¿Cómo ha cambiado la investigación del ántrax y los patógenos desde el 11 de septiembre y los ataques con ántrax?
–El coste de hacer negocios con agentes patógenos potencialmente utilizables como armas biológicas es mayor. Ahora se han reforzado la burocracia y la seguridad. Las regulaciones están cambiando, así como los que trabajan con ellas. Entiendo que es necesario, pero resta eficacia y quita tiempo a la investigación científica e incrementa el presupuesto. Están surgiendo una gran cantidad de problemas a la hora de distribuir todo este nuevo dinero. Hay infinidad de propuestas que examinar, pero no se pueden llevar a cabo con la rapidez necesaria. La otra cara es que hay mucha más inversión para investigación de enfermedades infec-ciosas y para el sistema sanitario público. El beneficio a la sociedad es una mejor base de conocimientos y un sistema de prevención para las enfermedades infecciosas, incluyendo aquéllas que puedan ser agentes de terrorismo.

¿El Laboratorio Nacional Lawrence Livermore de California, en el que ahora trabaja, se está beneficiando ya del incremento de fondos y presupuestos?
–Sí, estamos proyectando muchas investigaciones nuevas. Una de las áreas particularmente interesante es la secuenciación de los patógenos víricos humanos y agrícolas de los que hay poca o ninguna información secuencial disponible. Pero prefiero no decir cuáles son por el momento.

Existe cierta controversia acerca de los científicos que publican las secuencias genéticas de virus peligrosos, especialmente desde que un laboratorio trató de reconstruir el contagioso virus de la polio a partir del conocimiento de su secuencia genética.
–Hasta que no nos digan lo contrario, tenemos pensado publicar nuestros resultados al completo. Porque poner nuestros resultados a disposición de otros investigadores significa que los científicos pueden conseguir avances en la protección contra el bioterrorismo. Nosotros lo único que tenemos que hacer es practicar una ciencia responsable. ¡Ahí es nada! Pero los buenos científicos son también seres humanos, pueden hacer buenos juicios de valor. Los científicos no son amorales sólo porque sigan el método científico. Pueden decidir cuál es la ciencia correcta que debe hacerse y cuál quizá no.

¿Cuál es la investigación que necesitamos llevar a cabo para protegernos de ataques futuros?
–Todo, desde ecología patógena a historia de la vida, virulencia, patogénesis e interacción patógeno-huésped, hasta nuevas terapias, profilaxis y tecnologías de detección. Lo que necesitamos especialmente son mapas globales de los antecedentes y fondo de la variación genética en patógenos. Esto alimenta la ciencia básica así como la investigación forense. Para ello necesitamos buen trabajo de campo a la vez que la colaboración internacional. Y podemos aprender mucho de las colecciones privadas que aún no han sido destruidas. Algunas personas lo están haciendo porque no quieren tener estos agentes alrededor con toda la atención que los patógenos han recibido últimamente.

Mientras usted averigua lo de Irak, el personal militar está a punto de ponerse la controvertida vacuna contra el ántrax. ¿Usted ya se ha vacunado?

–Pues sí. Hace ya unos cuantos años que lo hice. Para las personas que realmente vayan a verse expuestas al ántrax, los efectos secundarios son preferibles a la enfermedad. El único efecto secundario que he sufrido hasta la fecha ha sido la necesidad de dejarme el pelo largo y hacerme un piercing en la oreja.
Debora Mackenzi

Esta entrevista fue publicada en enero de 2003, en el número 260 de MUY Interesante.