| KATHARINE PARK |
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Una monja con experiencias místicas, una santa ciega, cuatro damas de la nobleza casadas y con hijos, una delincuente ejecutada… Estas mujeres tan distintas tuvieron algo en común: vivieron en la Baja Edad Media y sus cadáveres fueron diseccionados por los médicos de la época. Lo cuenta en su libro Secrets of Women (Secretos de Mujeres) la investigadora norteamericana y profesora de Historia de la Ciencia Katharine Park, que traza un apasionante estudio de la disección humana en los tiempos de la Italia tardomedieval y de la transi ción al Renacimiento. La autora, que ha dedicado al tema tres décadas de exhaustivas investigaciones, explica cómo descubrió que en aquel tiempo y lugar de Europa el poder del sexo femenino se prolongaba más allá de la muerte y que el interés por comprender los misterios del útero constituyó uno de los grandes proyectos científicos de la época.–¿Qué pasó durante la transición de la Edad Media al Renacimiento en Italia? ¿Por qué fue tan importante la disección de los cadáveres femeninos? –En la historia de la ciencia, tal como se enseña tradicionalmente, la práctica de la disección humana ocupa un lugar fundamental porque se considera el comienzo de la medicina científica, el fin de las supersticiones, el momento en que la gente empieza a entender cómo funciona el cuerpo. La disección es una piedra angular en la medicina occidental. Cuando me puse a investigar en este proyecto me percaté de que abundaban los casos de monjas y mujeres del estamento religioso cuyos cuerpos habían sido abiertos, y eso me pareció interesante porque chocaba con la visión del Renacimiento como un movimiento inte lectual que se alejó de la Iglesia. Luego descubrí que de hecho las primeras disecciones se habían llevado a cabo con mujeres, lo cual también negaba el tópico de que sólo se utilizaban cadáveres de criminales convictos, que eran en su mayoría hombres. Descubrí que la historia de la ciencia sólo consideraba lo que sucedía en las universidades, donde las autopsias eran una herramienta educativa. Pero la abundante información que yo había reunido demostraba que en realidad se abrían más cuerpos fuera del entorno universitario, porque los cadáve res de reos, que eran los que se usaban en las disec ciones académicas, no eran tantos. Otra cosa curiosa es que ciertas prácticas como las momifi caciones y embalsamamientos, las cesáreas y las autopsias, que hoy son cosas perfectamente diferen ciadas, eran vistas por la gente de entonces como lo mismo: se trataba de abrir un cuerpo humano. Y aún más, no sólo encontré que las disecciones femeninas eran tan frecuentes o más que las masculi nas, sino que muchas veces eran ellas quienes tomaban la decisión de realizarlas. Ahí se abrió una ventana para mi investigación: una historia sobre las mujeres como objetos de disec ción, lo cual fue un cambio cualitativo en la historia de la medicina, y como impulsoras de las autopsias. –¿Fue esa una contribución fundamental de las mujeres a la ciencia de la anatomía? –Sí. Pero el gran cambio no fue tanto abrir cadáveres, lo cual ya se venía haciendo desde el cristia nismo, que es una religión de cuerpos desmembrados –en eso consistía el culto a los santos: todo el mundo quería una reliquia, y por eso no sorprende hallar cadáveres abiertos antes de ese periodo–; la novedad es que en el Renacimiento italiano se diseccionan cuerpos femeninos y también masculinos por curiosidad científica, para saber lo que había en el organismo humano. –También influyó el contexto cultural de la época… –Sí, claro, las disecciones se realizaban en el contexto de la vida familiar, la medicina domésti ca, la atención médica a la muje r… Esos cuidados cambian drásticamente durante el Rena cimiento porque los médicos varones se involucraron mucho en ellos. –Para los científicos de los siglos XIII al XVI entender el funcionamiento del aparato reproductor femenino se convirtió en una especie de cruzada, casi como ir a Marte. –Sí, eso era así. Para ellos el útero simbolizaba todo lo que no podían entender. El proceso de concebir y dar a luz otra vida era un misterio incomprensible: cómo a partir de la recepción de una pequeña cantidad de esperma, un útero era capaz de crear un ser humano. Se hacían una idea, pero eran sólo hipótesis. Hoy disponemos de resonancias magnéticas, escaners, ultrasonidos… Sin embargo, en esa época, sin medios de exploración, era imposible conocer al detalle lo que sucedía allí dentro y para ellos era frustrante. –En su libro cita un pasaje del anatomista del siglo XV Jacobo Berengario de Carpi donde describe el útero como algo cambiante: a veces pequeño, según la edad y el tamaño del cuerpo, y a veces grande; a veces con un feto en su interior y otras vacío… –Justo al revés que el corazón, un órgano que sólo cambia de aspecto cuando está enfermo. En cambio un útero sano presenta muchas apariencias diferentes según la edad, el día del mes, el estado de la mujer… Es decir, no sólo es un órgano que está escondido, sino que es cambiante e incierto, algo cuyo entendimiento requiere mucha atención. –¿Cuándo empezaron los científicos a comprender la cavidad uterina de forma más racional? –Ya diseccionaban úteros en el siglo XIII, pero digamos que fue en el Renaci miento, especial mente a inicios del siglo XVI, en tiempos de Miguel Ángel y Leonardo, cuando los anatomistas y médicos empezaron a descri birlo de forma más precisa. Pero una cosa es observar el interior del cuerpo femenino mediante una disección y otra muy distinta conocer con exactitud el funcionamiento del aparato reproductor y el proceso de gestación y desarrollo de un feto. Llegar a ese conocimiento llevó mucho más tiempo. –Entender el cuerpo femenino era acceder a los secretos de las mujeres. O sea, que se convirtió en algo simbóli co y a la vez en un gran reto científico. –Hay que tener en cuenta que la reproducción era un secreto en dos sentidos. Primero, porque como hemos dicho antes era un proceso oculto que tenía lugar en el interior del organismo, un lugar inaccesible para los me dios de la época. Y segundo, porque se trataba de un acontecimiento femenino privado que sólo las mujeres conocían y dominaban. Sólo ellas estaban en el secreto de lo que significaba dar a luz. –¿Es como si la sociedad viera a las mujeres como poseedoras de una información que no querían compartir a propósito? –Sí, algunos autores han escrito que esa era la forma que tenían las mujeres para conservar su auto nomía sexual: reteniendo informa ción. Eso les daba el escaso poder que tenían sobre los hombres. Si la mujer tenía el control sobre el aborto y los medios anticonceptivos, si era capaz de controlar su fertilidad significaba que podía acostarse con quien quisiera sin mayores consecuencias, así que era un tema con implicaciones de todo tipo, incluso emocionales. ![]() –¿Cree usted que es un mito eso de que Miguel Ángel y Leonardo tenían que acudir a todo tipo de contactos ilegales para conseguir cadáveres para la disección? –Sí, creo que no era para tanto. No digo que les fuera fácil obtenerlos, pero en esa época no estaba prohibido hacer disecciones, como han afirmado algunos. Era complicado conseguir un cuerpo porque nadie iba directamente a Leonardo a decirle: “se murió mi abuelo, ¿quiere usted abrirlo?”. Era un artista sin ningún cargo institucional, ni titulación médica. No tenía mujer ni hijos a quienes hacer la autop sia, suponiendo que se murieran antes que él. Hasta donde sabemos, el único cuerpo completo que pudo diseccionar fue el de un anciano con quien había trabado amistad en el hospital de Florencia que murió sin parentela, así que como nadie lo reclamaba, él se hizo cargo. Tampoco tenía acceso a cadáveres de mujeres porque los hombres no podían entrar en el ala femenina de los hospitales. –También hay que tener en cuenta el pudor femenino. ¿Era eso un obstáculo para las disecciones? –El pudor era un factor fundamental en todo esto, ya que la consideración de los miembros de la familia hacia la mujer dependía en gran medida de lo pudorosa que fuera. Así que la idea de que el cuerpo femenino se mostrara desnudo frente a un varón extraño para que este indagara en su aparato reproductor era impensable. No obstante, los médicos sí tenían esta licencia. –Curiosamente no parecía haber objeciones a la desnudez cuando se trataba de mujeres que la Iglesia consideraba santas... –Siempre había existido la tradición de mostrar a las santas con los pechos desnudos, como la mártir Santa Inés, así que es como si ellas estuvieran en otra categoría, sin connotaciones eróti cas. Pero esa era la excepción. La prueba es que he leído des cripciones de algunas autopsias donde se enfatizaba que la mujer debía estar boca abajo para mostrar lo menos posible, y hacer una disección así es realmente difícil, porque para acceder bien a las vísceras hay que abrir el cuerpo por delante. –¿Qué casos de los que cita en su libro le han parecido más interesantes? –Hay dos en particular. Uno es el de Elena Duglioli, una mujer nacida en una respetada familia de Bolonia que se dedicaba a hacer profecías. Cuando murió, en 1520, sus pechos estuvieron durante tres días seguidos produciendo leche –tal como al parecer había anunciado–, de la que dieron cuenta sus devotos seguidores. Cuando abrieron el cuerpo se descubrió que tenía la regla. La inspección de las vísceras arrojó resultados sorprendentes, según la descripción de los médicos que la examinaron. Al parecer no tenía corazón, sino una masa fláccida, como una especie de híga do, según el autor del infor me, quien aseguraba que ningu no de los doctores había visto nunca nada parecido. Hablo sólo como historiadora, porque desde el punto de vista médico, a saber qué era lo que le había ocurrido a esa mujer, así que es imposible hacer un diagnóstico, porque sólo contamos con los escritos de la época y el testimonio de sus devotos. El otro caso es el de la abadesa Chiara de Montefalco, que murió en un monasterio en 1308. Poco después de su muerte, las monjas, que la consideraban una santa, decidieron embalsamar su cuerpo para conservarlo como reliquia. Cuando estaban examinando el interior del corazón descubrieron que aparentemente una zona del tejido tenía forma de cruz, que ellas interpretaron como un estig ma o marca física de santidad. Esa era precisamente una de las causas de las disecciones en aquella época entre los miembros de las comunidades religiosas: buscar señales internas que permitieran abrir un proceso de canonización. Yo he visto el cuerpo de Chiara en Italia y un fragmento de su corazón gris, seco y apergaminado, y puedo entender cruz porque lo parece. –¿Qué ocurría con las mujeres casadas? ¿También las abrían? –Los casos de madres de familia que fueron diseccionadas por sus médicos de cabecera son interesantes porque a través de ellos he podido estudiar la evolución de la atención médica a la mujer. Las autopsias a las damas de sociedad son importantes porque muestran varias cosas: por un lado, que los médicos y las familias de esa época empezaron a interesar se por las enfermedades here di tarias; les preocupaba saber si la madre podía transmi tírselas a sus hijos y en qué condi ciones. Por otra parte son la prueba de que algunos médicos comenzaron a especializarse en la salud femenina. Y por último, mujeres, las matriarcas del clan, las que tomaban la decisión de hacer la autopsia a las fallecidas. Ellas estaban en la cabe cera de la cama tanto en el nacimiento como en la muerte, y también tomaban las decisiones de practicar las cesáreas. Hoy nos parece como si manejaran el poder en la sombra, pero yo creo que las cosas eran más abiertas, lo que sucede es que las mujeres no dejaban documentos escritos y hay que entresacar la información de los diarios de sus maridos. –El trabajo de documentación ha debido ser monumental. ¿De dónde sacó tanta información? –Gran parte de la labor de documentación la hice en Florencia y Bolonia, en los archivos del estado. Es divertido trabajar en ellos porque la gente que está haciendo sus propias investigaciones sobre otros temas a veces te pasa información sobre tal o cual material que creen que te podría servir. Por ejemplo, en 1978 una persona me comentó que había encontrado dos diarios donde se describían las autopsias de dos madres, y durante meses no pude dejar de pensar en ello, hasta que me embarqué en el proyecto. También tuve que ir a un montón de sitios a ver las reliquias y otros restos. –¿Cree que es tan atractivo el periodo final de la Edad Media y el Renacimiento en Italia porque fue entonces cuando empezamos a descubrir el mundo? –Eso era lo que yo pensaba cuando me puse a estudiar esa época, pero ahora voy más allá. Creo que fue un periodo de cambio gigantesco impulsado por un deseo ardiente de ver el mundo a través de la experimentación y del análi sis meticuloso de los fenómenos. Fue un tiempo extraordi nario, aún más fascinante de lo que imaginaba, especialmente la Baja Edad Media. Creo que lo que los científicos de entonces estaban haciendo era algo muy diferente de la ciencia moderna, pero igual de inteligente, igual de complicado e impresionante. –¿Quizá había más ingenuidad y entusiasmo que ahora respecto al conociemiento del mundo y su funcionamiento? ¿No cree que hemos perdido algunas cosas por el camino? –No creo que hayamos perdido la capacidad de deslumbramiento por los descubrimientos y el conoci miento, pero me dan un poco de pena los científicos moder nos porque siento que no les está permitido expresar su fascinación. Los estudios científicos se escriben con un estilo áspero y seco, y no creo que los investigadores perciban así su trabajo. Al revés, probablemente les entusiasma, pero de alguna manera parece que admitirlo es algo que hoy no se considera aceptable. –Como el explorador espacial que dijo “debieron enviar a un poeta y no a un ingeniero”. –Eso es maravilloso. Me encanta esa frase porque creo que una de las cosas que pasaron a finales del periodo renacentista es que las humanidades, la cultura literaria y artística, comenzaron a alejarse del trabajo científico, como si no ambas sensibilidades fueran incompatibles. –¿Cuál es el equivalente al estudio del útero y el cuerpo femenino en la medicina moderna, el próximo gran reto que aún queda por investigar? –Creo que es el cerebro. Sabemos más o menos cómo funciona, pero conocemos poco sobre los procesos del pensamiento, de nuestra conciencia. El cerebro es aún un gran misterio. –¿Así que el cerebro es el útero moderno? –(Risas) Exactamente. Ángela Posada-Swafford
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Una monja con experiencias místicas, una santa ciega, cuatro damas de la nobleza casadas y con hijos, una delincuente ejecutada… Estas mujeres tan distintas tuvieron algo en común: vivieron en la Baja Edad Media y sus cadáveres fueron diseccionados por los médicos de la época. Lo cuenta en su libro Secrets of Women (Secretos de Mujeres) la investigadora norteamericana y profesora de Historia de la Ciencia Katharine Park, que traza un apasionante estudio de la disección humana en los tiempos de la Italia tardomedieval y de la transi ción al Renacimiento. La autora, que ha dedicado al tema tres décadas de exhaustivas investigaciones, explica cómo descubrió que en aquel tiempo y lugar de Europa el poder del sexo femenino se prolongaba más allá de la muerte y que el interés por comprender los misterios del útero constituyó uno de los grandes proyectos científicos de la época.













