¿Sin ciencia hay cultura? ¡No! PDF Imprimir E-mail

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cebit6Nada más cansino estos últimos meses que el famoso canon digital, impuesto dirigido a enriquecer a parte de la industria audiovisual y a las sociedades de autores y empresas interpuestas. Lo más fatigoso es ese eslogan de “protege la cultura”, completamente falaz. Y no sólo porque los principales beneficiarios sean los cantantes –cuya voz heredan de sus padres– o los actores, de quienes, según el clásico dicho británico, “sólo se espera que suban sobrios al escenario, sepan saludar y reciten sus líneas en el orden correcto”. Ante esta situación no queda más remedio que preguntarse de qué estamos hablando.

Si fuéramos puristas, acudiríamos al diccionario de la Real Academia: “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su espíritu crítico”, reza la primera acepción de cultura. A duras penas entrarían aquí las canciones de Paulina Rubio o las películas de Santiago Segura. Sólo cuadrarían algunas expresiones artísticas y, paradójicamente, toda la ciencia. Pero el significado habitual de la palabra se ajusta más a la segunda definición, que comienza: “Conjunto de modos de vida y costumbres...”. Quizá habría que cambiar el término; o añadirle el adjetivo “social” para diferenciarlo del “espíritu crítico”.

¿Quién necesita la cultura (social)?

No te convierte en mejor persona a no ser que ya lo seas. Salvando los intereses personales –leer poesía medieval, conocer la vida y milagros de los Beatles, coleccionar palillos...–, podemos aceptar que esta “cultura” sirva para darnos una pátina de inteligencia y nos ayude a prosperar socialmente. En lo cotidiano resulta vital para charlar con los amigos (o de quienes te gustaría serlo). Si quieres “triunfar”, aparenta saber de pintura y acude a los palcos de la ópera... pero no preguntes por los nanotubos de carbono o la hipótesis de la reina roja. La ciencia nunca podrá considerarse parte de la cultura porque no es un buen tema de conversación, debido a su naturaleza intrínseca: es acumulativa (nadie se puede poner al día de golpe ni aparentar saber del tema); construye modelos de la realidad, que comprueba experimentalmente (lo que deja las opiniones insustanciales fuera de lugar); y siempre queda la duda (impensable de defender en cualquier sarao).

Por lo demás, quiero creer que la cultura que defiende el canon digital no es la de esos concursantes de Operación Triunfo, que aprendían a hacer gorgoritos pero a duras penas sabían sentarse a la mesa o expresarses con propiedad. Tanto hablar del Informe Pisa, ya me gustaría que se realizara esa misma prueba a los autotitulados “intelectuales” que brillan con luz propia en manifiestos de todo tipo. ¿Cuándo dejarán de abrir bares y fundarán editoriales, escuelas o museos? Tienen todo el derecho a hacerlo, por supuesto, pero que no nos vendan entonces la cultura como ese ideal que es preciso defender a cualquier precio. Su cultura es, primero y ante todo, un negocio. Y un buen negocio.

 

Miguel Ángel Sabadell

 

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