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Si quiere saber si un médico es fiable a la hora de diagnosticar una enfermedad, pregúntele si alguna vez se fijó en que la Gioconda, de Leonardo da Vinci, no tiene cejas, o que si ha pensado en el motivo de que los asistentes al Entierro del Conde de Orgaz, pintado por El Greco, estén tan delgados. No, no es un desvarío, sino un estudio realizado en la Universidad de Yale (Connecticut, EE UU) con alumnos de primero de Medicina. Según los científicos que lo llevaron a cabo, los futuros médicos serán más certeros en sus diagnosis si aprenden a analizar a los personajes y los paisajes en las obras de arte, ya que la observación de los detalles de un cuadro les enseña a hallar lo inesperado y a identificar con precisión las enfermedades en personas reales. Los resultados de la investigación, que aparecieron en el Journal of the American Medical Association, indican que los estudiantes que participaron en el programa mejoraron su habilidad de detección de síntomas en un 10 por 100.
Elemental, querido enfermo
A la cabeza de este programa se encuentra el profesor de Dermatología Irwin Braverman, quien cree que “un médico debe ser como Sherlock Holmes: excelente en el razonamiento deductivo. Muchos estudiantes de Medicina no se fijan en los detalles que llevan a un diagnóstico correcto. Pero después de pasar unas cuantas horas mirando un cuadro y respondiendo preguntas sobre lo que han visto, su capacidad de análisis mejora notablemente. De hecho, hemos comprobado que cuando luego estudian fotografías de pacientes reales, su trabajo es mucho mejor que el de los estudiantes que, en lugar de ir al museo, se han quedado en clase de anatomía. Esto quiere decir que eventualmente podrán hacer diagnósticos sin tener que valerse constantemente de los rayos X o los análisis de sangre”.
Las clases de Medicina llenan de información el cerebro de los estudiantes, pero por lo general no les enseñan a “pensar de forma original”, dice Braverman, quien ilustra su punto de vista con el caso de un paciente que acudió a verle por un dolor en la pierna. En la consulta había un estudiante en prácticas que no supo detectar la causa porque sólo se fijó en las piernas, cuando la respuesta estaba en la cara: los ojos saltones indicaban un problema de tiroides.
Disección del personaje
El método de Braverman está inspirado en las ideas de Linda Friedlaender, encargada de educación del Centro de Arte Británico en Yale. Consiste en sentar durante 15 minutos a los alumnos frente a un cuadro determinado y, sin dejarles ver el título, debatir una serie de puntos buscando las soluciones. Asistimos a un ejemplo con La muerte de Chatterton, pintado por Henry Wallis en 1856, que suscitó estas cuestiones:
- ¿El personaje del cuadro está dormido, inconsciente o muerto?
- Por la postura, parece improbable que duerma. El tono cianótico de la piel descarta que esté inconsciente y apunta hacia la muerte.
- ¿En qué parte de la casa tiene lugar la escena?
- Por la penumbra reinante, podría tratarse de un sótano, pero varios datos lo desmienten: el hecho de que se vislumbre la ciudad a través de los cristales así como el techo inclinado y la construcción de la ventana revelan que estamos en el ático.
- ¿A qué hora del día?
- Tanto el humo que aún sale de la vela que se ha consumido tras haber estado encendida toda la noche como el tono amarillento rosáceo del cielo indican que es el amanecer, y no el atardecer. El ángulo de la luz que ilumina a la figura constituye una clave más.
- ¿Edad del personaje?
- Su piel suave y la estructura física sugieren que es un hombre joven, apenas un muchacho.
-¿Qué indican la posición y el puño cerrado de su mano izquierda?
Quizá se estaba agarrando el pecho y sufriendo dolores relacionados con su agonía.
- ¿Causa de la muerte?
- El frasco vacío caído en el suelo indica que no fue accidental. El papel arrugado en su mano derecha y el manuscrito roto en el suelo podrían explicar el motivo: Thomas Chatterton, poeta inglés de 18 años, se envenenó con arsénico en 1770 tras descubrirse que había plagiado poemas ingleses antiguos, pero esto no lo sabían los estudiantes.
Eliminar los datos superfluos
El programa funciona, dice Braverman, “porque los alumnos aprenden a pensar dentro del marco de referencia sin distracciones. Cuando trabaja, el cerebro deja pasar información inútil, un obstáculo que es necesario esquivar en estas situaciones médicas. En una obra de arte, cada objeto, cada detalle han sido colocados ahí por alguna razón, y si uno aprende a mirar bien, verá lo que realmente está sucediendo en esa escena. La pintura es como el paciente, un enfermo con señales y síntomas, que el médico debe ser capaz de encontrar y de explicar en su totalidad”.
Según el dermatólogo, la falta de familiaridad de los estudiantes con las obras de arte hace más eficaz el sistema, ya que les empuja a fijarse en todos los detalles de cada cuadro dado que desconocen cuáles son los elementos principales. Y este entrenamiento a base de observar sin ideas preconcebidas resulta muy útil a la hora de examinar a un paciente.
“Un médico suele necesitar entre cinco y 10 años de práctica hasta obtener verdadera agudeza clínica”, dice el experto de Yale. “Nosotros les enseñamos a nuestros estudiantes a ser detectives, para que reconozcan patrones que los lleven a identificar la enfermedad o el problema la próxima vez que lo vean en una placa de rayos X.” El investigador ha demostrado incluso que si se le coloca visualmente “un marco” a un paciente, al médico le resulta más fácil realizar el diagnóstico.
Actualmente, además de Yale, otras universidades norteamericanas como Brown, Duke y Cornell imparten a sus alumnos de Medicina un curso de arte y diagnóstico como el diseñado por Braverman y sus discípulos Jacqueline Dolev y Erin Mahoney.
La importancia del profesor
El próximo trabajo de este equipo de investigadores consistirá en evaluar la respuesta de los estudiantes de Medicina ante tres situaciones distintas: el alumno en el museo de arte acompañado por el profesor; el alumno solo en su casa, estudiando un manual con las obras de arte; y el alumno en un laboratorio de rayos X con un instructor. “Queremos conocer hasta qué punto es importante la interacción entre el estudiante y el profesor a la hora de aguzar sus poderes de observación”, dice Braverman.
Seguro que a partir de ahora tenemos algo nuevo en qué pensar la próxima vez que nos paremos frente a una obra de arte en nuestro museo favorito.
Ángela Posada-Swafford
05/01/2004
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