¡Protesto, señoría! PDF Imprimir E-mail

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Nos encantan las series de abogados norteamericanas. Los datos de las audiencias reflejan que este género no morirá nunca y que los ímprobos esfuerzos de los guionistas para generar nuevos personajes y tramas consiguen atrapar el interés de los espectadores al otro lado del Atlántico.

Pero aquí, en España, las cosas no son como en la pantalla. Por ejemplo, usted nunca conseguirá que su abogado se marque en pleno juicio un sonoro “¡protesto!” o un teatral golpe de efecto durante el interrogatorio, so pena de que el magistrado le llame la atención, como poco, o le amoneste de forma más grave. Algunos presidentes de tribunales en juicios de repercusión mediática lo han dejado muy claro, y ha habido jueces que casi han puesto en ridículo a los abogados convertidos en imitadores de Perry Mason: “¡Señor letrado, lo de ‘protesto’ es de las películas americanas, aquí usted se calla y no interrumpe!”.

Tampoco es imaginable el chalaneo que se desprende de los tratos entre los policías, los ayudantes del fiscal y los detenidos confesos, del estilo: “Dinos quién te lo ordenó y te ofreceremos inmunidad”. En España existe la figura del arrepentimiento activo en los delitos de terrorismo, en cuya virtud el juez puede rebajar la pena uno o dos grados respecto a la señalada, cuando el afectado haya abandonado voluntariamente sus actividades, se presente ante las autoridades confesando los hechos y, además, o bien colabore para impedir otros delitos, o bien participe en la obtención de pruebas y en la identificación de otros terroristas. Pero de ahí a la inmunidad va un abismo.

Versión española
Las últimas series autóctonas de abogados no han tenido mucho éxito. Han sido maltratadas en la parrilla de la programación televisiva si no respondían rápidamente a las esperanzas de audiencia, o fulminadas sin mayor explicación al cuarto episodio. Sin embargo, aún nos queda el recuerdo de la precursora Turno de oficio (1985) que, pese a las carencias técnicas y presupuestarias, reflejaba un panorama bastante real del pequeño despacho de abogados de toda la vida.

Más allá de la ñoñería que podamos percibir al redescubrir la serie más de dos décadas después, las tramas eran realistas, y ciertos personajes, auténticos, de los que aún quedan: las resacas de Juan Echanove, los nervios del primer juicio, las decepciones con las derrotas, las dificultades para cobrar las minutas o la presencia impecable del jefe del despacho, Juan Luis Galiardo. En definitiva, no resulta fácil concebir a Ally McBeal ni a sus neuróticos socios haciendo carrera en España.

Por otro lado, es sorprendente la celeridad con que se tramitan los casos en las series televisivas; probablemente para que quepa la trama completa en el mismo capítulo. ¿Pero acaso no es irreal que el sospechoso sea detenido, acusado, juzgado y condenado en pocos días? ¿No se ríen ustedes cuando el abogado de un padre que pretende la custodia de su hijo consigue, tras presentar la demanda por la tarde, que ya se esté celebrando una vista a la mañana siguiente? ¿No les sorprende que un capítulo empiece con una reprimenda del fiscal a su hija en el desayuno, acabe con una feliz cena familiar y, entre tanto, se haya resuelto el caso en cuestión de horas? Eso no se consigue ni en los argumentos de la serie 24, que se supone que transcurren en tiempo real. La verdadera justicia es mucho más lenta, tanto que en nuestro país el Tribunal Supremo tuvo que crear un atenuante para censurar la dilación o el retraso indebidos en los procesos.

Las técnicas policiales empleadas en los interrogatorios cinematográficos hacen que aquello parezca un mercado persa. En la realidad, cuando un detenido está prestando declaración, su abogado no puede ni abrir la boca, ni sugerir “no contestes a esta pregunta”, al menos legalmente; otra cosa es que se intente. En teoría, sólo tras haber declarado el detenido en comisaría –o haber ejercido el derecho a hacerlo ante el juez–, el abogado puede mantener una entrevista reservada con su cliente. Mientras tanto, en la ficción, el abogado Bobby Donnell, de la serie estadounidense El Abogado, llega a la escena del crimen antes que la policía y la fiscal del distrito –que, para colmo, fue su novia–. Podemos estar convencidos de que en Estados Unidos las cosas tampoco son exactamente así, pero lo cierto es que las series de la televisión reflejan las profundas diferencias entre los sistemas jurídicos, los distintos roles de cada parte en el proceso y la importancia que se da a su intervención.

Hay una cosa que podemos asegurar: a los abogados nos interesa saber, a ser posible de boca de nuestros clientes, si fueron ellos o no quienes apretaron el gatillo. También a los estadounidenses; por eso, la candidez con la que siempre parecen eludir el tema, con la frase “te lo preguntaré solamente una vez, ¿fuiste tú?”, resulta tan ingenua...