| Incógnitas del pasado |
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La dificultad de dilucidar la realidad de la ficción es la verdadera esencia de las leyendas El de los césares fue un mundo abierto, con un solo idioma –el latÃn–, con un solo derecho –el romano–, con buenas comunicaciones y, lo más importante, con maestros griegos y embajadores culturales dispuestos a viajar a cualquier parte. Más que el proceso de su ruina, la cuestión más enigmática quizá sea por qué el Imperio Romano duró tanto tiempo. Después de todo, dioses y civilizaciones pasan, mueren, y es más fácil ascender o hundirse que mantenerse en la cumbre. La ruina de Roma fue la ruina de Europa, condenada a la oscuridad, cabizbaja bajo el cielo nocturno de la barbarie. Un cielo cada vez más estrellado, pues la Edad Media no estuvo totalmente inmóvil. Para el islam hispano, por ejemplo, fue un largo periodo de esplendor. En cualquier caso, en la primera mitad del siglo XV, cuando el enigmático Enrique el Navegante soñó con superar la barrera del océano Atlántico, ya estaba renaciendo en toda Europa el sentido de la aventura y de la inventiva. En 1460, el infante legó a Portugal los mejores barcos, los más adelantados de la época, y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano. Llegaba el tiempo de los exploradores, que situarÃa a la monarquÃa de los Reyes Católicos al frente de las potencias marÃtimas. El enigma de ColónEra la hora de los descubrimientos. Ninguno tan significativo como el Descubrimiento de América. Ninguna expedición tan literaria como el viaje de las tres carabelas al otro lado del Atlántico. Tampoco hay otro explorador más rodeado de interrogantes que Cristóbal Colón. Los vacÃos de su biografÃa han dado pie a infinitas preguntas, y a pesar de que, por muy sorprendente que pueda parecer, tanto Colón como la empresa del Descubrimiento se explican perfectamente a partir de las coordenadas de su tiempo, las incógnitas que persiguen al gran aventurero, siguen suscitando el interés de ensayistas y escritores de todo tipo. Entre todos esos interrogantes, destacan dos: sus orÃgenes geográficos y familiares, que han motivado numerosos debates y, por supuesto, el llamado secreto que presumiblemente guió sus pasos hacia el Nuevo Mundo. Como el de Cleopatra, el enigma de Colón es capaz de inspirar grandes relatos. Léase, por ejemplo, la excelente novela de Roa Bastos, Vigilia del almirante, donde el novelista paraguayo se inventa la historia de un misterioso piloto, buen navegante y mal cartógrafo, que habrÃa propiciado la magna aventura de Colón. Pero el del descubridor de América no es el único enigma que puebla la larga historia de España. El mÃtico reino de Tartessos y el arrianismo de los godos, el secreto de las órdenes militares y la Leyenda Negra de los Austrias, la impostura del Pastelero de Madrigal en la corte portuguesa de Felipe II, la expulsión de los jesuitas después del motÃn de Esquilache, las negociaciones de Franco con la Alemania en guerra de Hitler o el 23 F son un pequeño ejemplo de los interrogantes, dudas, repliegues o penumbras que aún pueblan nuestra historia. Lejano o cercano, nuestro pasado es un mundo agujereado de enigmas, un inmenso paÃs extranjero lleno de lagunas, un territorio poblado de personajes inalcanzables, algunos tan inasibles como la Dafne del mito griego, aquella ninfa que al ser alcanzada por Apolo se convertÃa en otra cosa, en laurel. Fernando GarcÃa de Cortázar
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El enigma de Colón
