ROBERT D.PUTNAM


Autor o coautor de una decena de libros y de más de 30 artículos académicos, Putnam logró su mayor éxito con la publicación en 2000 del libro Solo en la bolera, un estudio sobre los cambios experimentados por la sociedad norteamericana en los últimos 25 años. Hoy, a sus 63, acaba de presentar El declive del capital social, promovido por la fundación Bertelsmann, en el que se analizan las relaciones sociales en ocho democracias de Occidente, incluida España.

-¿Qué es para usted el capital social?
-Que los lazos entre las personas tengan un efecto real, que no sean un mero sentimiento. Un ejemplo: la mayor parte de la gente consigue trabajo más por las personas que conoce que por su propia formación. Y no hablo de nepotismo. Este capital se puede medir. Un economista norteamericano ha calculado el valor de su agenda. A más contactos, más ingresos. Muchas veces, una agenda, es decir, tener buenos contactos, vale más que todos los títulos académicos juntos. Pero el capital social influye también en la gente que no está dentro de la red de contactos, es un elemento esencial de cualquier democracia. La reciprocidad depende de las conexiones: si tú no vas al funeral de alguien, puede que sus familiares o amigos no vayan al tuyo.

-¿Cuáles son las ventajas de una red de contactos?
-Las redes sociales son indicadores poderosos de la gobernabilidad. Donde hay más relaciones funciona mejor el gobierno, como demostró un estudio en Italia. Y hay otra ventaja: las relaciones sociales tienen influencias medibles en nuestra salud. Si se controlan los factores que frenan la esperanza de vida, como el tabaco, las drogas o los accidentes de tráfico, la probabilidad de morir se reduce a la mitad, sólo por estar dentro de un grupo. El aislamiento social es un factor de riesgo tan grave como el tabaco. Además, está probado que las relaciones reducen la delincuencia. En los barrios donde los vecinos se conocen por el nombre de pila, hay menos robos.

-¿Ha encontrado muchas diferencias entre España y las otras siete democracias estudiadas en El declive del capital social?
-Del estudio de la parte española se ha ocupado el sociólogo Víctor Pérez-Díaz, que podría responder a esto mejor que yo, pero a grandes rasgos y por comparación puedo decir que en cuanto a confianza social y participación en asociaciones y clubes, EE UU tiene un nivel bastante más alto que Italia o España, donde la participación ciudadana es baja. En general, el gran aumento del nivel de vida y de la educación de los países democráticos ha producido una disminución del compromiso del ciudadano hacia sus vecinos. Cada vez somos más individualistas.

-¿Qué método han seguido para realizar el estudio?
-Hemos analizado cada país en dos etapas distintas para ver su evolución, y no la de un país respecto a otro durante la misma década. Por ejemplo, he comparado la situación de EE UU en 2000 respecto a 1960, y he constatado una bajada notable en el capital social. En España, entre 1950 y 2000 ha habido un declive mucho menor o incluso inexistente, como argumenta Pérez-Díaz. Algunos valores han descendido, como la participación en la Iglesia, partidos políticos y sindicatos, pero esto es un fenómeno mundial: la implicación en política está de capa caída. Sin embargo, hay datos que cambian según el país. El año 1945 significó cosas diferentes para Gran Bretaña, Alemania, Francia, EE UU o España. La generación de 1945 en EE UU, la de mis padres, era de un gran compromiso cívico comparable a la generación de la Transición en España. En Alemania en 1945 ocurrió todo lo contrario: la gente no quería participar. Psicológicamente era la generación de "yo no", porque implicarse era ponerse en peligro. Hubo que esperar a la generación de los años 60, ellos fueron los primeros alemanes, tras la guerra, que pensaron que tejer redes sociales era una estrategia positiva.

-¿El capital social en EE UU sigue disminuyendo, hoy en día, en la misma medida que lo hizo en las últimas décadas del siglo XX?
-En el libro Solo en la bolera explicaba que muchas formas del capital social aumentaron durante los dos primeros tercios del siglo XX, pero que, a partir de la segunda mitad de la década de los 60 y principios de los 70, la gente empezó a relacionarse menos. Votaba menos, participaba menos en las asociaciones y en los mítines... Cada vez hay menos capital social en EE UU. Muchos de los problemas a los que se enfrenta el país derivan de este declive. El americano medio se ha vuelto más desconectado socialmente y más alejado de la vida comunitaria.

-¿Ha influido la guerra de Irak en este distanciamiento?
-Conozco bien el efecto del 11-S porque entrevistamos a mucha gente e hicimos un estudio sobre ello. Los atentados hicieron aflorar de forma espontánea un inmenso sentido de la solidaridad. Subió la confianza interracial y todo el mundo se fiaba más de sus vecinos. Pero esta actitud ha ido decayendo. Yo soy de izquierdas, pero tras el 11-S empecé a trabajar con Bush para tratar de mantener ese nivel de conexión social. Sin embargo, la solución no está en la retórica. Por ejemplo, la razón por la que los americanos se volcaron en actividades sociales en 1945 no fue sólo porque estábamos en guerra, sino porque, en la vida diaria, los ciudadanos de a pie tenían que plantar tomates y lechugas en su jardín y los niños iban por la calle recogiendo piezas de metal para reciclar. No fue la retórica, sino lo que cada uno tenía que hacer a diario. Los hábitos sociales, el tiempo que pasas o no con tus vecinos, si te vas de picnic, son usos muy poderosos que no se acaban por una guerra. Cambian muy despacio y no creo que lo hagan por lo de Irak.

-¿Tampoco por la crisis económica?
-Esta crisis no tiene nada que ver con la de los años 70 y menos aún con la de 1930. Es exagerado hablar hoy de crisis.
-¿Qué aspectos sociales están mejorando?
-Cuando se publicó Solo en la bolera, donde decía que el capital social estaba bajando, hubo un debate público diciendo que, en parte, estaba equivocado, que realmente habían aumentado algunas actividades. Hasta el año 2000 estuve comprobándolo y me convertí en un experto en el juego de damas o en el backgamon, por ejemplo. Las boleras estaban bajando, pero otras cosas no. Ahora están subiendo algunos grupos sociales como los de autoayuda, alcohólicos anónimos o drogadictos, pero esto no tiene que ser necesariamente positivo. El fútbol está aumentando en EEUU, pero es un fenómeno muy pequeño, no tiene nada que ver con lo de España. Y el béisbol está disminuyendo. Lo más significativo es que está aumentando el voluntariado entre los menores de 25 años. Ahora están cooperando más que en el pasado. No pertenecen a la generación del baby boom, la de los 70 y 80, que sí que está perdida. Todavía no está claro por qué están haciendo más labores de voluntariado, aunque lo hacen de forma muy ocasional. Lo positivo es que supone un aumento genuino del 20 por 100, no es anecdótico. Es una buena noticia, a pesar de ser un fenómeno episódico y superficial.

-¿Cuáles han sido las causas del declive?
-La televisión, el cambio de generación, los niños del babyboom, la incorporación de la mujer al mercado laboral... Y también el aumento de las áreas metropolitanas. Ahora la gente cuenta con menos tiempo y el que tiene lo dedica a ir en transporte a su trabajo. Lo de la televisión ha sido sorprendente: muchos norteamericanos, en lugar de tener amigos, ¡ven Friends!

-¿Esto ha influido de igual forma en otros países?
-En todos los países está disminuyendo la participación en política o la asistencia a la Iglesia. Y en casi todos ha disminuido la participación en los sindicatos. Pero en ningún otro país el cambio ha sido tan grande como en EE UU. También puede que las causas llegasen primero aquí, y que nuestros problemas de hoy reflejen los problemas que podrán ocurrir en otros países. Y esto es precisamente lo que temen la mayoría de los líderes europeos: que nosotros representemos el futuro de Europa.

-¿Hay aspectos comunes?
-Sí, por ejemplo, el efecto de la televisión es malo para el capital social de todos los países. Y eso que no todas las sociedades marchan al mismo ritmo. La televisión llega más tarde a España que a EE UU, pero produce el mismo mal efecto para las conexiones sociales. Así que tienes que combinar los factores únicos de España, como la Transición, y los que no son únicos, pero que llegaron más tarde. Hay que hacer presunciones sobre el futuro. Yo supongo que Europa no será idéntica a EE UU, pero le afectarán más tarde o más temprano los mismos factores. De todas formas, mi impresión es que Europa no se comportará igual que Estados Unidos.

-¿La incorporación de la mujer al trabajo también ha llevado a que disminuyan las relaciones sociales?
-En efecto. Para la gente de mi edad, nuestras madres eran grandes capitalistas sociales. Se encargaban de los colegios, de la comunidad, y educaban a los hijos. Ahora, nuestras mujeres e hijas están haciendo otras cosas en su lugar. Por ejemplo, mi hija es profesora de Universidad y gana más que su marido. Yo me enfadaría si mi hija dejara de ser una profesional. Pero ella sólo tiene 24 horas, y los hombres no hemos cogido el testigo de educar a los hijos. No creo que fuese mejor que las mujeres volviesen a las cocinas, pero lo que está claro es que, esta transición hacia el trabajo fuera de casa ha supuesto un gran cambio social. Entre 1870 y 1900, alrededor de un tercio de los trabajadores de EE UU se fueron del campo a las fábricas, era la revolución industrial. Sin duda fue un gran cambio, pero ha sido superado. Entre 1960 y 2000 más de un tercio de las mujeres han cambiado las cocinas por las oficinas. Esto es aún más fuerte que la revolución industrial. Y por lo tanto ha tenido un gran efecto en las vidas, porque hemos tenido que cambiar todas nuestras leyes laborales.

-¿En qué sentido?
-Para que haya una mayor flexibilidad. La vida social en EE UU ha decaído radicalmente, hemos arrancado muchas horas de la vida social y las hemos pasado al trabajo. Hay menos tiempo dedicado a los niños, a la comunidad, a socializar... Esta transición tiene un coste y al final pagan el pato la mujer y el hombre. En EE UU es habitual salir de casa a trabajar de ocho a nueve de la mañana y no volver hasta las cinco o seis de la tarde.

-Pero en España, eso es una minucia. Hay mucha gente que llega a casa a las nueve o diez de la noche.
-Es cierto, es mucho peor. Antes no podías ser flexible porque el trabajo se desarrollaba en líneas de montaje, pero ya casi nadie trabaja en esto. El trabajo puede ser más flexible, se puede compatibilizar el horario laboral con la vida social. Esto no es culpa de las mujeres, sino del cambio estructural. En EE UU hay una flexibilidad algo mayor que antes, pero necesitamos que cambien las leyes laborales si queremos que aumente aún más. Países europeos como Suecia, Finlandia y Gran Bretaña están por delante de EE UU en este aspecto. Por ejemplo, en Gran Bretaña, el Gobierno Blair está tomando medidas para apoyar la flexibilidad laboral. Yo quiero que la gente pueda tener la opción de trabajar más a tiempo parcial.

-¿Qué tienen que cambiar los gobiernos?
-En EE UU ha habido un debate entre los que piensan que las soluciones deben ir de los ciudadanos a los gobiernos, y los que dicen que al revés. Pero este debate es falso. No hay que elegir, hay que hacerlo en ambas direcciones. La flexibilidad laboral es una estrategia importante, pero también lo es la educación cívica: educar a los niños en valores y habilidades sociales, enseñarles cómo participar en comunidades, en trabajos sociales. Este año estuve en Inglaterra asesorando al gobierno de Blair. Ha montado un nuevo programa de civismo en todo el país dirigido a niños de 8 a 10 años y también proyectos para que la gente se asocie en sus vecindarios. Alguna zona lo hará mejor que otra, pero los ciudadanos normales serán más responsables. Por eso, las cosas pueden venir desde los ciudadanos o desde los gobiernos. En septiembre publiqué el libro Mejor juntos (Better together), en el que analizo 12 casos de mejora del capital social; por ejemplo, un sindicato en Boston que está teniendo éxito, cuando a todos les está yendo mal, o una biblioteca pública en Chicago que no es sólo un almacén de libros, sino que la gente va a hablar sobre ellos. También una nueva web en San Francisco, www.craigslist.com, que en realidad es una bolsa de trabajo pero la gente queda. En los mensajes ponen:"voy a estar a las 5 en la lavandería, ¿alguien quiere venir a jugar a las damas?". Es una manera de relacionarse.

-¿Internet no mejora las relaciones sociales?
-Depende de cómo se utilice. Internet, si es una comunidad virtual en la que la gente no se ve, entonces es como la televisión. Pero si la utilizamos como una tecnología para reforzar las relaciones personales estupendo. Mi hija ha vivido en Costa Rica, hablábamos por correo electrónico todos los días y teníamos una relación más estrecha que la que tendríamos sin Internet, pero ya teníamos una conexión real, es la diferencia. La red tiene dos posibilidades: convertirse en televisión o en teléfono. Y el teléfono es para estrechar conexiones con los que conoces.

-¿Cómo afectará a la sociedad el aumento de la inmigración?
-Dentro de veinte años, todas nuestras sociedades serán étnicamente más diversas. Creo que el aumento de la inmigración internacional es algo muy importante, pero a corto plazo hay mucha gente que piensa que este proceso no es bueno para el capital social del inmigrante y de la persona del país receptor. Estas tendencias son reversibles. Para evitar la xenofobia habrá que impulsar la creación de vínculos entre las comunidades e inventar nuevas formas de relaciones sociales.

-Sus ensayos y libros se han utilizado para fomentar la exclusión civil y la desigualdad socioeconómica. De hecho, en Italia, algunos miembros de la xenófoba Liga Norte, de Humberto Bossi, los han usado como propaganda contra el sur. También se dice que los funcionarios de Clinton han adoptado su idea sobre el capital social para justificar recortes en el gasto social.
-Mis ideas las pueden utilizar políticos de izquier-das y de derechas, pero como Bossi, los de derechas las utilizan mal. Yo no soy muy religioso, pero la religión puede ser una fuerza positiva en la sociedad.Y no estoy de acuerdo en que la Administración Clinton utilizase mis ideas para recortar gastos sociales. Eso no es cierto.

Pilar Pérez

 

Esta entrevista fue publicada en diciembre de 2003, en el número 271 de MUY Interesante.

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