BIRUTÉ GALDIKAS

Lleva tantos años conviviendo con orangutanes que se le ha pegado la parsimonia con la que marchan por las ramas de los árboles. Biruté Galdikas irradia entusiasmo por unos animales sobre los que dice saber muy poco, a pesar de sus tres décadas de estudios de campo.

Esta primatóloga canadiense de origen lituano, nacida en 1946, dos veces casada y madre de tres hijos, no dudó en aceptar operarse de apendicitis cuando su mentor, el antropólogo Louis Leakey, le obligó a ello antes de partir a la selva de Borneo. Sólo la estaba poniendo a prueba, pero la determinación que mostró le permitió dedicar su vida al conocimiento del único gran primate del continente asiático, cuyo estudio le ha producido una lesión cervical de tanto mirar a las copas de los árboles.

En marzo visitó España, y no perdió la ocasión para denunciar la preocupante situación de unos animales que, de no cambiar las circunstancias, podrían desaparecer en 10 ó 15 años. Proporcionarles el mayor bienestar posible ha sido el principal objetivo de su vida. Para lograrlo ha estado a punto de morir varias veces en manos de los madereros, los furtivos y los buscadores de oro.

-¿Por qué eligió a los orangutanes?
-No lo sé. Fui hacia ellos directamente. Creo que nací para esto. Nunca estuve interesada por otros animales en la medida en que me atrajeron ellos.

-Después de pasar más de 30 años perdida en la selva, es lógico pensar que los conoce mejor que a nosotros mismos...
-Es cierto que llevo 31 años en las junglas de Borneo (Indonesia), pero también he convivido con los seres humanos. De hecho, allí he formado mi propia familia y gran parte de mi tiempo lo dedico a trabajar con las comunidades indígenas. He hecho más de 150.000 horas de observaciones sobre los orangutanes, pero apenas conocemos algo sobre ellos. Aún no sabemos, por ejemplo, qué es lo que hacen y a dónde van los machos durante los ocho años que dura el decisivo periodo de su dispersión.

-¿Es tan importante este asunto?
-En todas las especies los detalles resultan trascendentales. En este caso también, pues mientras que sí conocemos todos los pasos de las hembras, de ellos sólo sabemos que desaparecen. Antes volvían después de vagar por la selva y ahora no lo hacen. Y esto es así porque ya no tienen suficiente espacio para moverse. Si se conociesen sus necesidades con precisión, podrían emprenderse las medidas precisas para satisfacerlas.

-También se ocupa de reintroducir a muchos de los que han pasado parte de su vida convertidos en mascotas.
-Sí. Y es algo muy difícil. Recuperar para la vida libre a un orangután que ha pasado toda la vida entre rejas y que llega enfermo y desnutrido, es un asunto de años. Pero sobre todo es muy duro. Primero porque algunos se mueren, pero también porque llega un momento en que a los que consigues sacar adelante debes abrirles las puertas de la selva y decirles adiós para siempre.

-¿Qué le han dicho los orangutanes?
-Que le prestemos más interés a la naturaleza y a la diversidad biológica. También me han hecho comprender que no somos como ellos, seres solitarios que pueden sobrevivir en su mundo sin compañía de nadie. Nosotros nos empeñamos en vivir solos y esto nos causa toda clase de enfermedades mentales y tantos problemas sociales como existen ahora en Estados Unidos y Europa.

-Ellos parecen libres de estos problemas...
-Tienen otros peores, pues van a exterminarlos. Hace no mucho sus principales problemas eran las compañías madereras que hacían desaparecer la selva en la que viven y los incendios de los agricultores. Ahora es distinto. Les pasa lo mismo que a todos los demás grandes primates, desde los gorilas de montaña hasta los gibones: las comunidades humanas locales los cazan para comer su carne.

-Es lógico, a veces los indígenas no tienen otra cosa para comer...
-No son precisamente los que viven en el mismo lugar de los orangutanes quienes los cazan. Para los malayos y otras etnias que comparten su hábitat, comer su carne es tabú. Los cazan para venderla en las grandes ciudades y para exportarla a otros países, entre los que están algunos de la Unión Europea, como Inglaterra.

-Parece que el desarrollo de nuestra especie exige la desaparición de otras.
-Espero que no sea así. Sólo entiendo la naturaleza como un todo relacionado de la forma más armónica posible y no como pretende imponer el hombre en estos tiempos terribles.

-¿Saben los orangutanes quiénes somos?
-Los que viven en la selva no. Los que han estado en algún centro de recuperación sí que lo saben y, aunque cueste creerlo, se esfuerzan en agradecernos nuestros cuidados.

-¿No cree que las personas de la calle pueden hacer muy poco por su conservación?
-Pueden hacer mucho. Quiero despertar la conciencia de la gente y que escriban a sus gobiernos, al Gobierno de Indonesia, al Banco Mundial... Deben exigirles que hagan algo para proteger a los orangutanes y el entorno en donde viven. Y aquí es cuando yo les digo que piensen qué pueden hacer para que el Gobierno español, que ahora preside la Unión Europea, tome conciencie de ello y haga algo para evitar su extinción.

-¿Cómo los protege usted mejor: en la selva o dando conferencias por el mundo?
-De las dos maneras. Trabajamos duro en la selva, cuidándolos y estudiándolos en libertad, poniendo bloqueos en los ríos para que no entren los furtivos, luchando contra los madereros y los buscadores de oro, pero también hablando con los gobiernos para que se responsabilicen de su dramática situación.

-Parece que organizaciones como su Orangutan Foundation International reciben ahora más donativos que antes.
-Sí. La gente cada vez está más concienciada de la necesidad de enviar dinero al Tercer Mundo para la conservación de la naturaleza. Pero yo les diría que no vale hacerlo de cualquier modo. Deben ser ayudas inteligentes, dirigidas a Organizaciones No Gubernamentales asentadas en aquellos territorios. De no ser así, la práctica totalidad de las aportaciones se diluyen en el camino y nunca alcanzan su objetivo.

-Diane Fossey, Jane Goodall, Biruté Galdikas..., tres mujeres en favor de los monos. ¿No teme que la opinión pública vea su esfuerzo sólo como algo folclórico?
-Existe este peligro. Puede que nuestra popularidad oculte nuestros verdaderos objetivos, pero no existe otro camino. Nosotras tres, igual que otras personas que se han consagrado a la protección de las especies salvajes, lo supimos desde el principio y a ello nos entregamos. Hasta el punto de que una de nosotras, Diane, perdió la vida en el empeño.

-¿Tiene miedo a morir?
-He estado en situaciones muy difíciles. Dése cuenta: vivo en Indonesia y protejo a los orangutanes. Con mi fundación he organizado patrullas para bloquear los ríos al paso de los furtivos y de los buscadores de oro. Y esto es muy duro. Aunque no tengo miedo. Negar que me juego la vida y que puedo perderla en algún momento sería falso. Pero es algo con lo que te acostumbras a convivir.

-¿Seguirá alguien su senda?
-Creo que mi lucha terminará el día en que yo muera. Por eso lo que más me preocupa es lo que tengo que hacer mañana, no pasado. He aprendido que mi lucha empieza cada día que comienza.

Alfredo Merino

 

Esta entrevista fue publicada en julio de 2002, en el número 254 de MUY Interesante.

 

Etiquetas: animales

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