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Estamos genéticamente programados para vivir un máximo de 120 años. Pero el biogerontólogo Aubrey de Grey desafía el límite: según él, podríamos cumplir 500 con salud. Para demostrarlo, necesita una inversión económica millonaria.
Ángela Posada-Swafford
El científico británico Aubrey de Grey tiene una propuesta para la sociedad del siglo XXI: invertir mil millones de dólares en tecnología e investigación genética, y vivir siglos gozando de una excelente salud física y mental. Según este controvertido estudioso del envejecimiento de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), con un mantenimiento adecuado no hay razón por la que el cuerpo humano no pueda durar muchos años. Digamos 500 o incluso un millar.
A sus 44 años, De Grey, que además de biogerontólogo es genetista autodidacta con formación en computación, afirma que envejecer no es una consecuencia inevitable de la condición humana. Según él, el envejecimiento es el resultado de daños acumulados a nivel celular o molecular, que los avances médicos podrían prevenir e incluso revertir. De ser así, la ciencia podría ofrecer a la gente una longevidad que se codease con la inmortalidad. “Estamos hablando de extender la vida sana, no de prolongar la fragilidad de la vejez”, aclara.
Nuestra máquina necesita un mantenimiento especial
Obviamente, moriremos si nos cae encima una caja de acero, nos despedaza un león o nos pegan un tiro. Pero, según este barbudo profeta de la ciencia con apariencia de hippie de los sesenta, la muerte asociada a la senescencia desaparecerá. “Mi idea es tratar al organismo como un coche antiguo, pero con una maquinaria más compleja. Algunos están tan bien mantenidos que han llegado a durar cien años. El único problema es que nosotros no fuimos los diseñadores del cuerpo humano, y tenemos que descubrir cómo funciona para hacerlo trabajar mejor y por más tiempo”.
El ambicioso plan para que un cuarentón de hoy celebre su milésimo cumpleaños depende de un enfoque llamado Strategies for Engineered Negligible Sensescence, SENS, –estrategias para la ingeniería de una vejez inapreciable–, que se apoya en sólidos estudios avalados por las ramas más vanguardistas de la biomedicina. Pero De Grey también busca estimular investigaciones específicas en técnicas que extiendan la vida. Por esto fundó en 2003 el Premio del Ratón Matusalén –Methuselah Mouse Prize–, dotado con tres millones de dólares para el científico que demuestre la viabilidad de alguna terapia regenerativa en ratones. Su razonamiento es que, una vez el objetivo se logre en roedores, se abrirán las arcas públicas y privadas para financiar estas investigaciones. Esto acelerará exponencialmente la consecución de resultados.
Por culpa de la edad nos pueden dar los siete males
De Grey está convencido de que existen siete retos científicos para alcanzar la vida cuasieterna. Siete tecnologías y terapias médicas aún por desarrollarse, incluyendo la cura contra el cáncer y la manipulación de las células a nivel molecular y genético que, de recibir ahora la financiación inicial, se podrían comenzar a prescribir dentro de tan sólo tres décadas. Los tratamientos no estarán dirigidos contra los sistemas orgánicos que se descomponen al final de la vida con las enfermedades degenerativas y la pérdida de facultades motrices, sino hacia sus precursores. Nos referimos a las sustancias indeseables que se van acumulando por efecto del metabolismo y que al alcanzar un nivel crítico interfieren con el funcionamiento del cuerpo.
“Sólo existen siete categorías de daños en el organismo relacionados con la edad: una es la pérdida de células que no se reemplazan. Otra es lo opuesto: la acumulación de células no deseadas. Después hay cosas que andan mal dentro de ellas, y así en el tercer puesto están las mutaciones en los cromosomas, en el cuarto, las mutaciones en el ADN de las mitocondrias –centrales energéticas celulares–, y en el quinto, la acumulación de moléculas no digeribles en los lisosomas –vesículas intracelulares para digerir los desechos–. Los problemas sexto y séptimo se dan en los espacios entre las células: los depósitos de moléculas indigeribles que bloquean el paso, y la proliferación de enlaces entre proteínas que endurecen los tejidos elásticos de las arterias. El objetivo de SENS es remediar todos estos desperfectos”.
Sobre la viabilidad de intervenir en estos desaguisados, De Grey contesta que tres de las soluciones ya están en fase de ensayos clínicos. Una es el trasplante de células madre –o stem cells– en zonas cerebrales que necesitan que se produzca la mermada dopamina, para combatir los síntomas del Parkinson. También se inyectan ya células madre con el fin de regenerar el músculo cardíaco. Y contra el endurecimiento de las arterias, es posible “diseñar medicinas que rompan esos enlaces químicos sin efectos secundarios”.
Los problemas tumorales son los más difícil de atajar
De todos los problemas, el más complicado de resolver atañe a las mutaciones en los cromosomas, las estructuras con forma de lazo en que se organiza el ADN. Dicho de otro modo, la curación del cáncer. “La evolución ha tenido un problema con el mantenimiento del ADN especialmente difícil de atajar. Me refiero a que los organismos mueran debido a procesos tumorales”, dice el biogerontólogo. “El cáncer –añade– puede matarnos si una célula sufre las mutaciones equivocadas. La técnica que estamos desarrollando en SENS para combatirlo se llama Whole-body Interdiction of Lengthening of Telomeres (WILT) –impedir el alargamiento de los telómeros–. La idea central de nuestra estrategia parte de que las células cancerosas poseen el don de la inmortalidad. Si pudiéramos arrebatárselo, sin importarnos las mutaciones que les confiere tal virtud, no moriríamos de cáncer. Y la forma de lograrlo es evitar que amplíen los telómeros”.
¿Pero qué son los telómeros? ¿Por qué son tan importantes para conservar la juventud? De Grey se enfrenta a un doble reto. Por un lado, debe evitar que las células malignas conserven intactos sus telómeros, y por el otro, ha de estimular su reparación en las células sanas de órganos y tejidos, como la sangre, la piel y el estómago. Estos y otros lugares albergan stem cells que proliferan para reponer las bajas que ocurren.
El quid de la cuestión está en la punta del cromosoma
Los telómeros consisten en repeticiones en tándem de pequeñas secuencias de letras genéticas implicadas en numerosas funciones. Recordemos que el abecedario de nuestro ADN se compone de cuatro letras: A, T, C y G. Se sabe que participan en la división de las células y en la estabilidad cromosómica, y que fijan el tiempo de vida de las estirpes celulares. Descubiertos por Hermann Joseph Muller en los años 30, los telómeros se pueden comparar con los protectores de plástico que tienen los cordones de zapatos en sus extremos, para evitar que los cromosomas –nosotros tenemos 23 pares en cada célula– se deshilachen y se peguen entre sí.
El problema de estos guardianes cromosómicos es que en cada división celular sufren un desgaste que se traduce en un ligero acortamiento. Y con el paso del tiempo, el recorte telomérico puede comprometer el funcionamiento de los genes. Cuando alcanza un recorte crítico, la célula entra en un proceso de senescencia que acaba con su muerte. Por ejemplo, los telómeros de las células sanguíneas de un recién nacido miden 8.000 pares de letras genéticas y se reducen a 1.500 pares en un anciano. Cada vez que una de estas células se divide, sus telómeros pierden de 30 a 200 letras, un peaje que a la larga se paga con la vida.
Lo más deseable sería que nuestras células contaran con telómeros kilométricos, que nos alargarían la vida y alejarían el fantasma de los achaques seniles, incluyendo los problemas cardiovasculares. Con esto quedaría resuelta una parte de la ecuación. Pero queda la otra: acortar los telómeros de las células cancerosas para que mueran antes de que constituyan un tumor. En el centro de este laberinto está la telomerasa, la enzima responsable de añadir letras a los telómeros erosionados.
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