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Definido por The Times
como el mayor filósofo
español, el catedrático
de Fundamentos de Filosofía
e Historia de los Sistemas
Filosóficos de la Universidad de
Oviedo de 1960 a 1998, Gustavo
Bueno (1924, Santo Domingo de
la Calzada) es un intelectual polémico,
ajeno a la tiranía del pensamiento
único. Se define como
ateo de cultura católica, marxista
heterodoxo y partidario de una
España ilustrada, heredera de las
Cortes de Cádiz.
–¿Cuál fue la clave de la feroz
resistencia española ante el invasor
francés?
–Cuando invadió España, Napoleón
se enfrentó a un imperio
que todavía era una potencia poderosísima.
La reacción estaba
justificada porque nuestra historia
tenía una trayectoria muy
distinta de la historia de Francia.
No comparto esa idea de que España
era un país atrasado, casi
del tercer mundo, frente a una
Francia que había entrado en la
modernidad y el progreso gracias
a la Revolución de 1789. Ese razonamiento
me parece erróneo y
muy simplista.
–¿Cómo percibieron los españoles
la figura de Napoleón?
–El integrismo español lo vio
como una especie de anticristo
que iba a destruir las iglesias y las
custodias del Corpus Christi. Luego
todo el pueblo reaccionó contra
Napoleón y su ejército invasor.
Pero el levantamiento también fue
para defender a una monarquía
encarnada por un personaje tan
vergonzoso como Carlos IV y posteriormente
por su hijo Fernando
VII, que representó la culminación
de esa gran vergüenza.
–¿Cuál es su opinión sobre el
emperador de Francia?
–Napoleón fue un personaje
realmente admirable. No secuestró
ni traicionó la Revolución
Francesa, tal y como sostienen el
anarquismo y otras corrientes de
pensamiento en Francia. Por el
contrario, yo creo que Bonaparte
trató de extender los valores de
la Revolución Francesa por toda
Europa porque quería implantar
el código francés y ejercer una
hegemonía continental al estilo de
Carlomagno, algo que todavía pretenden
hacer los franceses.
–¿Podría decirse que la Constitución
de 1812 fue el primer paso
de España hacia la modernidad?
–Siempre se ha dicho que con
las Cortes de Cádiz entró la Revolución
Francesa en España. Hasta
cierto punto eso fue verdad y hasta
cierto punto no. En cualquier caso,
la Constitución de 1812 fue un
avance histórico necesario. Pero su
inspiración poco tuvo que ver con
la que aprobaron nuestros vecinos.
Así como la Asamblea francesa fue
totalmente utópica, con la Declaración
de los Derechos Humanos,
la libertad, igualdad y fraternidad,
e iba dirigida a aquellos que hablaran
francés, la Constitución de
1812 constituyó una peculiar revolución contra el Antiguo Régimen,
al situar la soberanía de la nación
no en el rey, sino en el pueblo. Y el
pueblo estaba constituido por todos
los españoles del imperio, tanto los
peninsulares como los de ultramar.
Por eso la Constitución de Cádiz es
más universal que la francesa.
–Algunos historiadores afirman
que España emergió como nación
en 1808. ¿Cuál es su opinión?
–El concepto de nación política
apareció con la Revolución Francesa
y en España ese concepto se
fraguó con la Constitución de Cádiz.
Sin embargo, debo decir que
la idea de nación cultural surgió
en España mucho antes. Podemos
rastrear ese concepto en el Reino
de Asturias y en 1469 con el matrimonio
de Fernando e Isabel.
–En sus libros y artículos usted
habla de un imperio español católico
que se convirtió en universal
con la conquista de América.
–La visión de España que tenían
los franceses, como un país analfabeto
y con escasa preparación
científica, era totalmente sesgada.
A esa visión contribuyeron los
que urdieron la leyenda negra y
también algunos españoles, como
Antonio Pérez y Fray Bartolomé de
Las Casas. Pero en el siglo XIX, España
seguía siendo un imperio católico
poderoso, cuyo objetivo era
organizar el mundo sin limitación
alguna desde la ley de Dios. Un
Dios que conoce a todos los hombres,
cualquiera que sea su raza o
condición, y que se preocupa por la
libertad de todos ellos. Algo
muy distinto del derecho
natural que los más fuertes
pudieran tener para expropiar
y subyugar a los más
débiles, como sostuvieron
los tratadistas de la Inglaterra
de Hobbes.
–Sin embargo, en diversos estudios
se sostiene que la filosofía y
la ciencia españolas de finales del
XVIII y principios del XIX estaban
en pañales frente a la ciencia
y la filosofía francesas.
–No puedo admitir que se diga
que la filosofía francesa de hace
200 años era superior a la española.
Descartes fue un matemático
de primer orden, pero como filósofo
era totalmente arcaico. Todo
el automatismo de las bestias lo
tomó de Gómez Pereira, que era
un médico de Medina del Campo.
Los españoles hemos sido tan
paletos que hemos despreciado
a un precartesiano como Gómez
Pereira.
–¿Y esto ocurre con otros aspectos
de nuestra cultura?
–Pasa con todo. Es un complejo
de inferioridad que nos ha permitido
tragarnos hasta el fondo la
leyenda negra. Y el problema persiste.
Por otro lado, esta leyenda
negra ha sido el pasto principal
para todos los nacionalismos, sobre
todo el catalán y el vasco, que
la aprovecharon para ir contra
España con objeto de presentarse
ellos como los verdaderos campeones
del progreso, la ciencia y
la civilización.
–¿Qué legado nos queda de
aquel imperio español donde
nunca se ponía el sol?
–Muchas cosas. Un efecto de
aquel imperio es la constitución
de la nación española, que es parte
de la historia universal. Otro
efecto es la lengua española, que
ya hablan como propia alrededor
de 400 millones de personas. Y esto
implica una visión del mundo
universal, porque es un producto
de muchos siglos de incorporación
y asimilación de innumerables
culturas.
El Leonardo de las ciencias de la vida
Fernando Cohnen
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