GORDON BELL PDF Imprimir E-mail

Valora esta noticia    / 3  MaloBueno 
Gordon Bell nunca olvidará mi aspecto. Tampoco olvidará el sonido de mi voz. La verdad es que nunca olvidará un solo detalle sobre mí. Esto es porque, cuando conocí a este afable científico de 72 años en las oficinas del Laboratorio de Investigación de Microsoft en Redmond, Washington, estaba grabando minuciosamente cada uno de mis movimientos.

Tenía una pequeña cámara en miniatura alrededor del cuello y una diminuta grabadora de audio en el codo. Mientras charlábamos sobre diversos temas, el equipo de Bell registraba todos mis gestos y palabras, tomando una fotografía cada 60 segundos. En su despacho, su ordenador había archivado cuidadosamente todos los documentos relacionados conmigo: todos los correos electrónicos que le había enviado, copias de artículos míos que él había leído, y páginas de mi blog por las que había navegado.

“Lo tengo todo”, dijo Bell alegremente. Y cuando le vi al día siguiente, en su atestado despacho en San Francisco, se ofreció a enseñarme una muestra de los recuerdos que había recopilado. Se dejó caer frente a su ordenador, abrió un buscador, tecleó “Clive Fast Company”, y allí estaban: cientos de fotografías de la reunión se desplegaron en la pantalla, y el sonido de nuestra conversación del día anterior llenó la habitación. Fue una sensación muy extraña. ¿Se ha conservado mi charla intrascendente? ¿Para toda la eternidad? Asintió, señalando a un ordenador Dell común y corriente situado bajo su mesa. Su gran almacén de datos. Su “cerebro sustituto”.

Porque yo no soy la única cosa que Gordon Bell no olvidará jamás. Su objetivo es no olvidar nada, nunca. Durante los últimos siete años, Bell ha estado desarrollando un audaz experimento de lifelogging: crear un registro digital casi completo de su experiencia vital.

Puede encontrar en segundos una nota que escribió hace 30 años

GORDON BELLSu software diseñado a medida, MyLifeBits –“fragmentos de mi vida”– guarda cualquier cosa a la que Bell pueda echar mano. De cada correo electrónico que envía o recibe, cada documento que teclea, cada sesión de chat en la que se mete, cada página web por la que navega, se recoge una copia y se almacena. MyLifeBits graba sus llamadas telefónicas y archiva cada fotografía –hasta mil diarias– que toma su SenseCam, el aparato que lleva alrededor del cuello. Incluso ha almacenado todo su pasado: las enormes pilas de documentos de su carrera de 47 años en informática, primero como ejecutivo millonario y después como funcionario gubernamental de Internet, han sido recopiladas y escaneadas. La última vez que hizo la cuenta, MyLifeBits tenía más de 101.000 correos electrónicos, casi 15.000 documentos en Word y PDF, 99.000 páginas web y 44.000 fotografías.
“Y eso”, ríe, “representa un j… cargamento de material”.

Este cargamento ha dotado a Bell de la habilidad para llevar a cabo hazañas de memoria casi sobrenaturales. Puede rastrear los contenidos precisos de una nota que estuvo sobre su escritorio hace 30 años. Sabe con quién se cruzó por la calle cuando iba a trabajar hace cuatro semanas. Y cuando alguien pone en duda sus recuerdos sobre una llamada que hizo el día anterior, puede terminar la discusión poniendo en marcha el audio y escuchándola de nuevo. Al instante.

“Te da una cierta sensación de limpieza”, me cuenta Bell. “Ahora me siento mucho más libre a la hora de recordar algo. Tengo esta máquina, este esclavo, que se encarga de ello”.

También le da a su mente, declara, la oportunidad de tener más energía para el pensamiento creativo. Pero esto es un arma de doble filo. Bell sospecha que MyLifeBits podría estar degradando lentamente la habilidad de su cerebro para recordar con claridad. Cuando tienes una mente externa haciendo ese trabajo, tiendes a perder práctica. “Es como la aritmética”, dice. “¿Quién la practica hoy? Hay calculadoras para eso. Sé que puedo hacer divisiones complejas, pero hace mucho que no las hago”.

Nuestros ordenadores evolucionan hacia una memoria sin límites

Es un experimento de locos. Pero quizá la parte más loca del mismo sea que pronto todos seremos parte de él; tanto si queremos como si no. Tal y como Bell lo ve, los ordenadores e internet se están haciendo capaces muy rápidamente de registrar todo lo que hacemos y vemos. La capacidad de los discos duros se ha multiplicado, y cada día la gente registra más cosas de su vida: tenemos blogs con nuestros pensamientos, cargamos fotos personales en Flickr, guardamos todos los correos electrónicos en nuestras cuentas de Gmail cuya capacidad no cesa de crecer, filmamos vídeo con nuestros teléfonos móviles, y grabamos las llamadas de teléfono directamente a nuestro disco duro cuando usamos Skype.

“La gente dice, ‘¡Lo que usted está haciendo es revolucionario!’”, declara Bell. “Y yo les digo: ‘no, no: es evolucionario. Porque le está ocurriendo a usted. Le está ocurriendo mientras hablamos’”.

¿Cómo será la vida cuando no se olvide nada? Aunque esta pregunta pueda sonar provocativa, no es nada teórica. El pensamiento que yace tras MyLife- Bits y otras investigaciones en lifelogging ya se está filtrando en nuestra vida. Está cambiando la manera en que trabajan nuestros motores de búsqueda. Está afectando a la estrategia empresarial. Y el potencial de las máquinas para crear una memoria sin límites –y para aumentar e incluso transformar el pensamiento humano– se va a ir haciendo cada vez más pronunciado.

Pronto una vida entera cabrá en la memoria de un móvil

MyLifeBits nació de una idea mucho más humilde: Bell estaba harto de acarrear papeles de un sitio a otro. Era un veterano de la revolución informática; de hecho, había contribuido a crearla en los años 60 y 70 cuando construyó las primeras “minicomputadoras” –del tamaño de una nevera–, para DEC, una firma pionera de computación. En los 80, ayudó al gobierno en el lanzamiento de internet y luego trabajó en Silicon Valley, haciéndose cada vez más rico a medida que sus inversiones producían fruto. Cuando Microsoft Research Labs, una rama de la compañía dedicada a diseñar los ordenadores del futuro, le contrató en 1995, le dieron carta blanca. Decidió convertirse en la primera persona de la historia en vivir “completamente sin papel”.

GORDON BELLAsí que se compró un escáner, y su sufrida ayudante Vicky comenzó la ardua tarea de pasar a PDF el contenido de cuatro enormes archivadores llenos de material. El registro comienza con fotografías del nacimiento de la madre de Bell en 1900 y no termina nunca, absorbiendo todo, desde lo sublime a lo ridículo: los informes médicos de Bell, sus cuadernos de notas japoneses llenos con sus elegantes bocetos de circuitos informáticos, facturas de teléfono, notas adhesivas y una copia de un “carné de conductor de robots” que se sacó hace un par de años.

Con su apetito estimulado, Bell decidió almacenar incluso más datos. Así que recurrió a dos investigadores de Microsoft, Jim Gemmell y Roger Lueder, para que desarrollaran un software que guardara copias digitales de todo lo que Bell generase: transcripciones de chats, páginas web, incluso registros de sus pulsaciones en el teclado. Entonces Lyndsay Williams, un inventor de Microsoft en Cambridge, apareció con una idea incluso más radical: la SenseCam, que crea un registro visual de su jornada, como una cámara de seguridad personal. Un aparato GPS incorporado etiquetaba cada fotografía con su localización geográfica.

Al principio, a Bell le preocupaba llenar demasiado rápido el espacio de su disco duro. Cada mes acumula un gigabyte de información, y a ese ritmo la media de MyLifeBits necesaria para un usuario de 72 años requeriría entre uno y tres terabytes. Pero para el año 2000, gracias al insaciable deseo de los adolescentes de almacenar MP3 y videoclips, el precio de los discos duros había bajado radicalmente al tiempo que había crecido su capacidad. Bell opina que en unos pocos años incluso un teléfono móvil barato tendrá suficiente memoria como para guardar toda una vida.

Para Bell, lo que no puede almacenar simplemente no existe

Poco a poco, de manera a menudo sutil, MyLifeBits comenzó a afectar la vida de Bell. Durante una llamada telefónica que hizo el año pasado para hablar de un problema cardíaco, fue incapaz de seguir la afluencia de términos específicos de su médico… pero pudo volver a escuchar la conversación y descifrarla a su gusto. Un amigo falleció: Bell pudo localizar una carta de hace veinte años entre todos sus documentos, y usarla en su panegírico. Mientras tanto, la presencia constante de la SenseCam y el grabador de audio comenzó a molestar a su pareja. “Estábamos hablando, y de repente decía'¿No habrás grabado eso, verdad?'" rie Bell “Y yo admitía: ‘sí, lo he grabado’. ‘¡Pues bórralo!’”.
 
Bell también descubrió que le molestaban las cosas que no podía almacenar en el disco duro. Los libros, especialmente, le vuelven loco. “Me niego por completo a poseer ningún libro en este momento”, se quejó en una ocasión. “Los consigo, los miro, a veces los leo. Pero luego los abandono porque no están en mi memoria. Para mí, casi han desaparecido”.