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¿Qué tendrán las elecciones en los Estados Unidos que todos las miramos desde fuera, como un censo electoral que muestra sus filias y sus fobias, pese a que la media de participación de los estadounidenses no supera el 50%? Tienen los ingredientes de cualquier rito de tirón que se precie.
¿Qué tendrán las elecciones en los Estados Unidos que todos las miramos desde fuera, como un censo electoral que muestra sus filias y sus fobias, pese a que la media de participación de los estadounidenses no supera el 50%? Tienen los ingredientes de cualquier rito de tirón que se precie. En ellas se glorifica al ganador y se condena a las tinieblas al perdedor tras una larga carrera que empieza un año y medio antes y que termina, en la práctica, el primer martes de noviembre de cada año olímpico, aunque la ceremonia de entrega de la medalla de oro, en forma de toma de posesión y traspaso del maletín nuclear, se pospone al mes de enero del año siguiente.
Como tal rito, arrastra un rosario de anécdotas, récords y tradiciones que forman parte del acervo cultural más profundo del pueblo americano –según su propia ecuación, por la que EE UU es América– y del que es un magnífico exponente la última temporada de la serie El ala oeste de la Casa Blanca, en la que se ponen de manifiesto en la ficción circunstancias muy parecidas a las que se han dado en la carrera presidencial de 2008. Por primera vez hay una posibilidad real de que el presidente pertenezca a una minoría racial, personificada en el senador afroamericano por Illinois Barack Obama, que se enfrenta al candidato republicano de más edad que jamás haya concurrido a las presidenciales de noviembre: el senador por Arizona y antiguo héroe de la guerra de Vietnam John McCain. Además, es la primera vez en 80 años en la que ni el presidente ni el vicepresidente en activo se presentan a las elecciones.
Seguramente, y dado que los sondeos pronostican una reñida noche de recuento electoral, miles de abogados de ambos partidos estarán preparados para una orden de impugnación de los resultados, que podría postergar la resolución de la encuesta ciudadana hasta una decisión del Tribunal Supremo. Ya ocurrió en 2000, cuando el actual presidente, George W. Bush, tuvo que esperar al final de un estrambótico escrutinio en decenas de condados del Estado de Florida. Allí fue donde ganó Bush al entonces vicepresidente saliente Al Gore, hoy más conocido por su protagonismo en la denuncia de la acción humana sobre el cambio climático. Muchos piensan que la historia del mundo no hubiera sido la misma si las papeletas de votación en aquel estado atlántico hubieran tenido menos trampas, si el censo no hubiese sido depurado y si el final del recuento no hubiera sido innecesariamente adelantado por una decisión poco imparcial tomada por el gobernador del estado de Florida, hermano del candidato vencedor.
| ¿Primarias exportables? |
| Hay quien dice que la selección del candidato en un proceso de primarias da la palabra a las bases del partido. Lo cierto es que las maquinarias de los elefantes republicanos y los asnos demócratas –símbolos creados en el siglo XIX por el caricaturista Thomas Nast– intentan a través de complejos estatutos matizar un voto equivocado de las bases. En España, en 1999, las bases del PSOE quisieron que el candidato para enfrentarse a José María Aznar en 2000 fuese Josep Borrell, aunque el preferido por el aparato del partido era Joaquín Almunia. Tras la publicación en la prensa de un escándalo político, Borrell dimitió. Quien aspire a ser elegido debe tener claro que su pasado puede arruinar su carrera. |
¿Son un modelo las elecciones de EE UU? Desde una perspectiva europea, no. No toleraríamos tener que preinscribirnos en el censo para votar –y menos manifestar unas preferencias políticas para participar en las primarias–, porque aquí el derecho al voto se tiene por el mero hecho de estar empadronado.
Tampoco el sistema winner takes all –el ganador se lo lleva todo– se concilia con la posibilidad de que los partidos minoritarios puedan acceder al poder, y nos parece más democrático el sistema proporcional –que sólo tienen los estados de Maine y Nebraska– que el mayoritario puro. Además, ni siquiera así se garantiza que gane quien más votos tenga, pues es una elección indirecta de miembros de un colegio electoral estatal que a su vez elegirán al presidente, con lo que en la práctica son poco más de una docena de estados los que realmente importan. Un ejemplo: California otorga 55 votos electorales, frente a los tres de hasta siete pequeños estados como Montana.
Pero en un país tan dado a los eslóganes, los tópicos de los play offs de la NFL o la NBA –Win or go home, There can be only one– cumplen a la perfección su papel, también en las elecciones presidenciales.
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