El rompecabezas de la vida extraterreste PDF Imprimir E-mail

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La búsqueda de alguna forma de vida extraterrestre hace volar nuestra imaginación y genera grandes elucubraciones desde hace mucho tiempo. Uno de los programas más antiguos es el SETI, que escanea las ondas que recibimos procedentes de los remotos confines del universo para detectar entre ellas algún vestigio de inteligencia. Otra línea de investigación es buscar rastros fósiles en meteoritos que han llegado a la superficie de la Tierra, como aquel famoso ALH84001, con pretendidas bacterias fósiles procedentes de Marte, que se encontró en la Antártida en 1996. La noticia todavía no ha sido confirmada. La búsqueda de planetas similares a la Tierra podría constituir otro punto de partida para rastrear en ellos alguna forma de vida cuando dispongamos de los medios adecuados. Sin embargo, hoy es ilusorio pensar que podremos recorrer varios años-luz de distancia para ir a ver qué es lo que puede haber en ellos.

 

El problema de fondo no obstante puede ser otro: ¿en el caso de que haya vida en algún confín del universo, como puede parecer probable dada su inmensidad, estaremos en la misma onda de desarrollo biológico y tecnológico como para poder establecer alguna comunicación?

Todavía más difícil. Tenemos una cierta tendencia a pensar que hemos de buscar algún tipo de vida similar a las que conocemos. ¿Quién nos dice que no se pueden desarrollar otras vidas que no se fundamenten en nuestro decisivo ADN? ¿En este caso, cómo detectar y comprender algo que no sabemos leer, ni siquiera reconocer como sería un posible alfabeto de otra forma de vida? De hecho, la famosa misión Viking de los años 70 que se posó en Marte llevó a cabo experimentos para la búsqueda de signos de cambios químicos que pudieran estar asociados con una posible vida –investigación en la que participó nuestro astrofísico Juan Oró–, pero sin asumir que esta hipotética vida marciana tuviera que ser igual a la nuestra.  

Ahora algunos científicos defienden todo lo contrario: hay que ir directamente a testar la existencia de algún rastro de ADN ya que aventuran que la vida en la Tierra pudo llegar en forma de semilla a bordo de un meteorito desde algún otro lugar del universo en el transcurso del masivo bombardeo de objetos celestes en la fase de constitución de nuestro Sistema Solar. Por lo tanto, también podría tener idéntico origen –aunque con otro nivel evolutivo– si existiera en suelo marciano. Esta es la tesis que defiende Gary Ruvkun, genetista de la Harvard Medical School.

 

Como se ve, hay opiniones y conjeturas para todos los gustos. De momento, seguiremos buscando…