El horno es uno de los elementos
más fascinantes de
la cocina. En esencia, su
función es atrapar el calor
en un espacio para transmitirlo a
los alimentos que se colocan en el
interior. Esta transmisión se realiza
en parte por radiación de las
paredes –en forma de ondas electromagnéticas–,
por convección,
llevado por las corrientes de aire
caliente, y también por conducción
de la solera en los antiguos
hornos de leña. Estos son calentados
previamente a la cocción,
aprovechando que las paredes de
piedra, de ladrillo o de barro conservan
el calor durante un largo
tiempo. En los modernos hornos
eléctricos o de gas se suministra
calor continuamente, se producen
mecánicamente corrientes de
aire y se alcanzan temperaturas
de 260 ºC.
La cocción al horno es el
medio ideal para las piezas grandes
de carne, o pescados que por
su tamaño requieran tiempos largos,
de modo que el calor de la
superficie pueda llegar a alcanzar
el centro de la pieza por conducción.
Cuando un alimento se somete
a las altas temperaturas de
un horno, la superficie es la primera
en calentarse, y comienza a
perder agua, que pasará al aire.
Paulatinamente va formándose
una costra superficial. A horno
fuerte esa costra se forma muy
pronto, y puede incluso llegar a
quemarse el exterior mientras el
interior permanece crudo. Por
ello es un arte el de los maestros
asadores.Tras el asado, la pieza
debe reposar, para que el jugo del
interior, que no ha tenido temperaturas
muy altas, se difunda hacia
la periferia.
Una de las funciones del
asado es incrementar el placer de
la comida. La costra dorada que
se forma en los alimentos –tanto
en el pan, en el bizcocho o en
las carnes, y que se ha formado
a temperaturas superiores a
130 ºC– contiene la riqueza de
sustancias producidas por las
complejas reacciones de Maillard.
Además, en el interior de
la carne, los tendones se convierten
en gelatina, la grasa se
hace líquida, fluye por los canales
que se forman y así se genera
la salsa. Por su parte, a 70 ºC la
mioglobina se oxida y se vuelve
rosa, y a 80 ºC las paredes celulares
se rompen y el color se torna
pardo grisáceo; las proteínas
se desnaturalizan y la capacidad
de retención de agua disminuye.
Por ello, el exceso de cocción a
baja temperatura nos lleva inevitablemente
a piezas secas.
Los primeros hornos se los
debemos a egipcios y babilonios,
que empezaron a usarlos hace
más de 5.000 años. En esencia
consistían en una especie de tapa
de adobe en forma de campana que, por primera vez, permitía
que los alimentos se cocinasen
tanto por arriba como por abajo.
En otras culturas de la antigüedad
se usaban hornos abiertos,
para lo que se hacía un hueco o
zanja que se forraba de piedras,
y luego se calentaban con fuego
antes de colocar los alimentos,
que se cubrían con vegetación.
En algunos países orientales
usan el horno tandoor, de forma
cilíndrica, con un fuego de
carbón vegetal en su parte inferior
y que llega a alcanzar temperaturas
superiores a 400 ºC.
Este horno permite ahumar los
alimentos al tiempo que se cocinan,
pero tiene el inconveniente
de que, al tener la puerta por la
parte superior, se experimentan
fuertes pérdidas de calor.
Hace más de 2.000 años, los
griegos decidieron acostar el horno
tandoor, pusieron la puerta en
la parte frontal y añadieron una
solera. Los hornos con la puerta
delantera eran más eficientes.
Se construían de piedra o de
ladrillo refractario, materiales
que acumulan el calor durante
un largo tiempo, con lo que era
posible retirar el fuego antes de
introducir los alimentos. Así se
han conservado los hornos de
leña hasta nuestros días. Estos
se calientan mediante la combustión
de madera en su interior.
Los humos, por su parte,
salen por la puerta, donde suele
haber una chimenea. Cuando el
horno está caliente, las brasas se
apartan hacia la periferia de la
estructura; a veces, se deja viva
una llama para así poder ver el
interior de la misma.
No hace muchos años el
horno de leña era un elemento
imprescindible en las casas
rurales. A veces, se encontraba
situado en la cocina, y otras,
en una esquina del corral. Se
hacían de piedra o adobe, y de
forma circular u oval, con una
bóveda curva que facilitaba la
circulación del aire caliente. Se
calentaban haciendo arder en su
interior ramas de llama viva y
combustión rápida, hasta que el
color de la piedra tornaba en un
blanco característico. La temperatura
del horno de leña disminuye
con el tiempo. Al principio,
recién apartadas las brasas, está
más caliente, y es el momento de
asar piezas planas que se harán
pronto. Luego, a menor temperatura,
se pueden poner los bollos
y las piezas de repostería. No en
vano, cuando una situación está
muy caliente se dice que “no está
el horno para bollos”.
El cabrito, el lechazo y el
cochinillo son los tres reyes del
horno. Los dos primeros pueden
prepararse de modo análogo. En
una versión casera del asado al
modo de Aranda o de Sepúlveda,
pongo en cazuela de barro,
con sal y un vaso de agua en el
fondo, una pieza del animal. Yo
prefiero siempre el cuarto delantero,
dejando la pierna para
un chilindrón o un cochifrito, o
bien, cortada en chuletas, para
asar a la brasa de sarmientos y
servir con ajoaceite. La coloco
con el interior hacia arriba, en
horno precalentado a 170 ºC. A
la hora y media se le da la vuelta
y, si es necesario, se añade más
agua al fondo. Vuelve al horno
hasta que esté en su punto. El
tiempo total estará entre 150 y
180 minutos.
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