¿Por qué los bebés no tienen miedo a las alturas?

Durante los primeros meses de vida, no tememos desafiar las leyes de la gravedad y ningún obstáculo nos impide escalar alturas nada despreciables. Con los años, nos volvemos más cautos, e incluso podemos llegar a manifestar acrofobia o miedo a las alturas. Esta evolución se debe al cambio en la propiocepción, es decir, la percepción visual que posee el individuo de su propio movimiento. Por ejemplo, cuando aprendemos a andar sentimos de manera diferente la posición de nuestras extremidades.

 

Así lo ha determinado un equipo de psicólogos internacionales en un experimento con bebés que gateaban y bebés que aún no habían aprendido a hacerlo. Este consistía en introducir a los segundos en vehículos de cuatro ruedas y habituarles al movimiento. Semanas después, al situar a todos los bebés sobre una plataforma elevada,  los que no sabían gatear presentaban más ansiedad que los que sí sabían. Del mismo modo, en un segundo experimento, los bebés que gateaban mostraban una mayor seguridad en sus movimientos.

 

“Estas pruebas sugieren que el acto de impulsarse le enseña al cerebro a estar atento a lo que hay en su campo de visión periférica para ajustar su equilibrio", afirmaba Joseph Campos a la revista New Scientist, uno de los psicólogos que participó en el estudio. Esta teoría explicaría la causa por la que nos mareamos con más facilidad en un helicóptero que en un avión. La visión periférica durante el trayecto de avión es igual casi todo el tiempo, mientras que en el de helicóptero es más inestable.

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