¿Hay alimentos que nos dan asco de nacimiento?

Hay ascos innatos que nos protegen de alimentos potencialmente peligrosos, pero la mayoría son aprendidos.

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El asco es una emoción de intenso desagrado hacia sustancias y objetos supuestamente perniciosos como ciertos alimentos, la orina, los excrementos, los materiales orgánicos podridos o sus olores. A diferencia de otras formas menores de rechazo, el asco, cuando es extremo, se expresa mediante violentas reacciones corporales como náuseas, vómitos, sudores, bajada de tensión e incluso desmayo. El asco se origina en la amígdala cerebral, integradas en el sistema límbico, donde se procesan también otras emociones. Hay cosas que producen asco en casi todos los lugares del mundo, como los cadáveres, las heridas abiertas, los deshechos –heces, orina, pus–, el olor de los alimentos podridos y determinados animales como gusanos, cucarachas, ratas, larvas y orugas. Sin embargo, algunas de ellas no son percibidas como asquerosas en algunas culturas. También, según los expertos, en épocas pasadas en Europa, cuando la higiene escaseaba, la gente sentía menos el asco que actualmente.

Nariz arrugada, ojos cerrados, ceño fruncido, labio superior elevado, lengua fuera... Así es la expresión de nuestro rostro ante algo que nos repugna. Una cara así coincide con la definición del asco según Paul Rozin, psicólogo estadounidense experto en la relación de los humanos con la comida: “repulsión ante la perspectiva de la incorporación oral de una sustancia perniciosa”. 
Los bebés ponen esta cara cuando se les da algo amargo –como el café o el cacao puro–, un sabor que nos causa aversión innata porque se vincula a alcaloides tóxicos que podrían envenenarnos. También nacemos con un rechazo instintivo hacia los picantes demasiado intensos, como el del chile, fruto vegetal que contiene capsaicina. Esta es una sustancia natural destinada a disuadir a los mamíferos hambrientos. Así que hay alimentos que nos repugnan de nacimiento por razones de supervivencia.
Sin embargo, los adultos beben cantidades ingentes de café y condimentan la comida con chile, y muchos disfrutan cuando les arde la boca con un potente picante. ¿Por qué? Por la exposición repetida a estos sabores y por lo que Rozin denomina masoquismo benigno: aprendemos a disfrutar de la sensación que nos producen.

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