Delitos de verano

No sólo los cacos hacen su agosto. En vacaciones, el ciudadano olvida en casa el respeto por las normas.


muylegal327.jpgEl cabeza de familia repasó los últimos detalles: persianas entreabiertas, el programador de la televisión preparado para que se encendiera cada día durante diez minutos a las 12 del mediodía y a las 9 de la noche y unas llaves del buzón en manos del vecino para que no se amontonase el correo. Se disponían a emprender su quincena de vacaciones y seguían los consejos estivales del Ministerio del Interior para proteger su hogar y evitar sorpresas desagradables al regreso. Tras una primera parada junto a una gasolinera, pronto notaron que el coche iba más ligero. Y es que Tobby, el perrito que tanta ilusión hizo al chiquitín de la familia en las últimas Navidades, era un estorbo y a alguien se le olvidó en la carretera. Para evitar que Tobby les siguiera -?nuestro perro es muy listo?- había que huir rápidamente del lugar, y a 210 kilómetros por hora por la autopista ya nadie podría relacionarles con el abandono. Así, en el particular balance de nuestro protagonista se acumulaban los dos primeros delitos veraniegos: maltrato y abandono de animales y conducta temeraria al volante.

La primera excursión resultó también emocionante. En su visita a una iglesia románica, aprovecharon para recoger un souvenir: arrancaron un bloque de piedra de un edificio histórico y dejaron un recuerdo marcado en la madera policromada con la firma y la fecha de la hazaña. Para celebrarlo, qué menos que organizar una barbacoa junto a la arboleda, pese a que estaba no sólo desaconsejado, sino prohibido por el riesgo extremo de incendio. Aunque creyeron que habían apagado los rescoldos, lo cierto es que el fuego se desató y provocó que ardiesen no menos de 2.000 hectáreas. Lástima, a partir de entonces deberán ir a otro bosque para disfrutar de la caza de jabalíes, prohibida por la veda en esa época.

Por la noche, tras dejar a los chicos en el apartamento, los mayores se fueron a la discoteca -en su vehículo, naturalmente- y tras cinco güisquis retomaron los escasos dos kilómetros de distancia con un nivel de 1,4 gramos de alcohol por litro de sangre. "¡Qué diantres, son sólo cinco minutos!". Pudieron esquivar un control de alcoholemia pero el conductor no se percató de que el golpe seco que escuchó era el resultado de haber arrancado los retrovisores de dos coches aparcados en el margen. Hubo suerte, porque de haberse tratado de un peatón tampoco se habría parado a atenderle, lo que habría añadido a su historial nuevos reproches penales -delito de omisión de socorro y quién sabe si algo más grave-, pero el nivel de conciencia de tan ejemplar turista no daba para más.

Tras más de media docena de delitos consumados o frustrados, y tras otras tantas infracciones administrativas de tráfico o caza, si sumásemos las penas de prisión y de multa a las que se ha hecho acreedor nuestro veraneante, nos saldrían ya probablemente varios años de cárcel y una sanción económica de muchos miles de euros, aunque probablemente él no sería ni siquiera consciente de que estábamos hablando de él. A fin de cuentas, el Código Penal es para los demás.

Próximas a finalizar las vacaciones, el cabeza de familia recibió una llamada de la policía. No, no era para indagar sobre su conducta veraniega, sino para darle una mala noticia. Unos cacos, aprovechando su ausencia, habían entrado en su casa y desvalijado cuanto había de valor. Ni el sonido de la tele ni el buzón aparentemente chequeado les había disuadido. Una banda de expertos ladrones de pisos que operaban en el centro de la ciudad estaba haciendo, literalmente, su agosto. Y, cuando ya en comisaría terminaban de formalizar la denuncia, se oía gritar al ciudadano algo parecido a "¡Los delincuentes campan a sus anchas por este país sin que las autoridades hagan nada por evitarlo!".


¡Es que no lo sabía!Uno de los más antiguos aforismos jurídicos dice que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, así que mal sistema es lanzarse a la aventura sin tener una mínima noción de las posibles consecuencias, también las legales, de nuestros actos. No podemos, por el mero hecho de estar de vacaciones, dejar que nuestro umbral de sentido común y de ciudadanía responsable se relaje. Curiosamente las estadísticas reflejan que incluso en los viajes al extranjero el turista cree saber mucho de sus derechos -los que entiende que le son inherentes por el hecho de ser español-, pero no tiene una mínima curiosidad por sus obligaciones en otro país. ¿Es legal el consumo, siquiera personal, de hachís en Marruecos? No. ¿Es legal el sexo con menores en Tailandia o en el Caribe? Tampoco. Pues hay gente que, tras ser detenida, aún se excusa en su ignorancia.

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar