Los vikingos invaden España

Llegaron de las frías tierras del norte para saquear y asolar Hispania. Y tal fue su ferocidad que tanto en los reinos cristianos como en al-Ándalus las gentes creyeron que había llegado el fin de los tiempos.

En el año 793, aparecieron en el cielo de Northumbria –en el noreste de Gran Bretaña– terribles prodigios que sembraron el espanto entre la población. Eran pavorosas tormentas con rayos y dragones incandescentes que volaban por los aires. El 8 de junio, hombres infieles destruyeron despiadadamente, con robos y asesinatos, la iglesia de Dios en Lindisfarne”. Así describen las crónicas anglosajonas el ataque vikingo a este rico y desguarnecido monasterio. El asalto, el primero conocido de los hombres del norte lejos de sus tierras, causó un gran impacto en toda la cristiandad.

 

Según el monje inglés Alcuino (730-804), “jamás Britania había vivido nada igual”. Dos años después, los mismos bárbaros incendiaron la iglesia de Lambay, en Irlanda, y se asentaron en la zona. Las costas de lo que hoy es Gales, Inglaterra, Francia y España no tardaron en recibir su visita.

 

Los vikingos procedían de Escandinavia, un ente territorial que en aquel tiempo agrupaba a Noruega, Suecia y Dinamarca. Sus habitantes habían sobrevivido aislados y al margen del comercio europeo, a excepción de la venta ocasional de pieles y de cera de abeja, que se tenían por artículos de lujo. Sin embargo, las cosas cambiaron hacia el año 600. Según explica en su libro Colapso (Debate, 2012) el biólogo y fisiólogo evolucionista de la Universidad de California Jared Diamond, “una época de clima más cálido y la introducción de mejores arados estimularon la producción de alimentos, lo que ocasionó una explosión demográfica en la región”.

 

No obstante, la falta de terreno cultivable –solo el 3 % de Noruega era apta para tal fin– extendió el fantasma de la hambruna y, con ella, la necesidad de colonizar nuevas tierras. Para lograrlo, se diseñaron nuevos barcos, más veloces y estables que las embarcaciones de remos que se solían emplear en la zona, a los que se añadió una vela. Algunos escandinavos optaron por el intercambio de productos, pero otros descubrieron que podían apoderarse sin más de lo que necesitaban. “Propiamente hablando, los vikingos fueron los guerreros navegantes que, desde finales del siglo VIII hasta mediados del siglo XI, asolaron las costas atlánticas de Europa Occidental”, explica el historiador Eduardo Morales en su libro Historia de los vikingos en España (Miraguano, 2006).

 

De hecho, el término vikingo nunca fue utilizado en Escandinavia en sentido étnico. Se reservaba a los saqueadores. “Las bandas de piratas nórdicos constituyeron solo una minoría. La gran masa de población se dedicaba a otros menesteres, desde la ganadería y la pesca hasta diversos oficios manuales”, relata Morales. Que esa minoría lograra infligir tanto daño como recogen las fuentes se explica por la ferocidad de los atacantes y lo innovador de sus embarcaciones, los drakkars, que los llevaron hasta Sevilla y Bizancio. Estas naves largas, equipadas con cincuenta remos y una gran vela cuadrada, eran tan livianas que podían llevarse a hombros si era preciso, por ejemplo para transportarlas entre dos ríos.

 

“La combinación de remos y vela les otorgaba una gran maniobrabilidad, ya que podían ser empujadas en ambas direcciones aunque no hubiese viento. Además, les permitía navegar con gran precisión por los estrechos”, explica Morales. Gracias a su poco calado, podían alcanzar las playas e incluso remontar algunos ríos. Tal era su importancia que en ocasiones los caudillos eran enterrados o quemados con su drakkar.

 

La primera noticia escrita sobre un ataque vikingo en la península ibérica aparece en los Annales Bertiniani, una composición franca del siglo IX, aunque es la Crónica rotense, que algunos historiadores atribuyen al rey de Asturias Alfonso III (hacia 852-910), la que más datos ofrece: “Por aquel tiempo, los normandos, gente hasta entonces desconocida, pagana y muy cruel, llegaron hasta nosotros con un ejército naval.

 

Ramiro, ya hecho rey, congregó un gran ejército y, en faro Brecantino –la Torre de Hércules–, entabló combate con ellos. Allí mató gran número y dio fuego a sus naves. Los que no murieron se fueron mar adentro y llegaron a la provincia de la Bética. Y en la ciudad de Sevilla destruyeron gran multitud de caldeos, parte por la espada y parte por el fuego. Tras irrumpir un año en Sevilla y sus alrededores, regresaron a sus regiones”.

 

Aquel primer encuentro armado en Galicia tuvo lugar el 1 de agosto de 844. Antes, se había avistado a los vikingos cerca de Gijón. Era habitual que bordearan las costas, una técnica que les permitía aprovisionarse y mandar pequeñas partidas de reconocimiento. En este caso, puede, sin embargo, que delatase su presencia. De un modo u otro, para entonces los nórdicos probablemente ya conocían las riquezas de Hispania y sus rutas, pues, tras ser expulsados por Ramiro I, se dirigieron hacia Lisboa. Según parece, la ciudad resistió trece días de ataques, hasta que, hastiados por su enconada defensa, la abandonaron sin saquearla. A continuación, pusieron rumbo al sur.

 

Un vikingo no podía regresar de vacío a su tierra. Muchos empeñaban sus bienes en la empresa, lo que les obligaba a buscar objetivos sin cesar. El emir Abderramán II había sido alertado de su llegada por el gobernador de Lisboa, pero subestimó al nuevo enemigo. Así, no pudo evitar que este conquistara Cádiz y penetrara hasta Medina-Sidonia. Tras remontar el Guadalquivir, asoló Sevilla y sus alrededores durante al menos una semana.

 

Abderramán II formó un ejército para plantar cara a los invasores, que pretendían adentrarse aún más en su territorio. En noviembre de 844 tuvo lugar la batalla de Tablada, en Aljarafe, donde, según las crónicas andalusíes y la posterior Estoria de España, escrita a iniciativa de Alfonso X, los nórdicos fueron derrotados decisivamente. Los supervivientes de la incursión aún tuvieron la oportunidad de arrasar Niebla, tras lo cual se dirigieron a la costa africana.

 

Tras aquellos episodios, Abderramán II ordenó construir defensas y una flota que vigilara el litoral. En el norte, se fortificaron las entradas de los ríos y las poblaciones costeras. Como se temía, los vikingos no tardaron en regresar. En julio de 858 los drakkars volvieron a ser avistados en Galicia. Se trataba de un gran contingente, liderado por los caudillos Hasting y Björn Costado de Hierro. Probablemente formaba parte de una expedición mayor que venía saqueando los territorios francos, y su objetivo era Santiago de Compostela.

 

Después de poner en fuga a la población de Iria Flavia, sitiaron la urbe, hasta que una hueste comandada por el conde Pedro logró liberarla. Al igual que en su primera incursión, tras retirarse, los vikingos asolaron la región y se dirigieron a Lisboa y el sur de la península ibérica. En su periplo, largo y cruento, incendiaron parte de Algeciras, arrasaron la costa murciana y tomaron Orihuela, que usaron como base para atacar las tierras del interior.

 

Igual suerte corrieron las islas Baleares, el Rosellón y la Provenza franceses. Incluso lograron alcanzar Pamplona, donde capturaron a su soberano García Íñiguez. ¿Cómo lo lograron? Algunos historiadores aseguran que lo hicieron remontando los ríos Ebro, Aragón y Arga. Otros sostienen que avanzaron desde el golfo de Vizcaya. En todo caso, el botín obtenido asentó los cimientos para la siguiente incursión.

 

Por ello, se tomaron nuevas medidas defensivas, como relata la monumental obra del siglo XVIII España sagrada: “Habiéndose experimentado en los dos reinados anteriores que los normandos –los hombres del norte– andaban muy solícitos de robar por estas marinas, como lo hicieran por otras de Francia y España, tuvo el rey –Alfonso III– por conveniente edificar algunas fortalezas para defensa de los pueblos y de las santas reliquias”. Y es que su férrea disciplina y su sentido de la estrategia convertían a los vikingos en enemigos formidables, aunque fuesen menores en número que sus adversarios.

 

“En contra de lo que podría parecer, sus contingentes no estaban compuestos por indisciplinadas bandas de salvajes que destruían al albur todo lo que encontraban a su paso”, afirma Morales. Al contrario, disponían de una bien organizada red de espías que les informaba de las defensas de las ciudades. Nunca atacaban fuerzas que no estaban seguros de poder vencer y preferían recurrir al soborno o negociar un rescate antes que lanzarse al asalto. Los reinos peninsulares, sin embargo, solían decantarse por las armas.

Etiquetas: Españahistoriavikingos

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