Grandes tesoros perdidos

De los dorados sarcófagos egipcios a los galeones naufragados o las obras de arte de la realeza, el mundo guarda muchas riquezas que en su día fueron escondidas o robadas y nunca han sido halladas.

La súbita felicidad de toparse con una fortuna seguramente ha sido más habitual de lo que cabe imaginar: tras tantos siglos de guerras y naufragios, debe haber incontables riquezas escondidas por el planeta. En España se sabe de los tesoros iberos, romanos o visigodos que ocupan vitrinas en los museos. Pero ¿cuántos más había y todavía están por encontrar?



¡Cuántas elucubraciones sobre supuestos botines legendarios!: el santo grial, las minas del rey Salomón, El Dorado, la laguna de Guatavita… No obstante, sí se puede calcular con cierta base histórica en torno a fortunas reales que un día se desvanecieron. Solo en el fondo de los mares se calcula que está depositada una cuarta parte de todo el oro y la plata extraídos del planeta, lo que supondría un valor de unos 160.000 millones de euros. Todo un acicate para que no cese la búsqueda de los cazatesoros, aun a pesar de tratarse de una actividad condenada por muchas naciones e incluso por la Unesco. 

 

Lo que los faraones no se llevaron al otro mundo

Pocas son las tumbas reales del Egipcio que no fueron expoliadas. Y ahí sí que cabe darle rienda suelta a la imaginación: si lo encontrado en la tumba de Tutankamón, un monarca menor, fue del calibre que hoy se puede apreciar en el Museo Egipcio de El Cairo, ¿qué no habría en los pomposos mausoleos de los grandes faraones? El valle del Nilo ha sido la gran meca de los cazatesoros y una fuente inagotable de piezas valiosas. Muchas de ellas siguen expuestas en museos de todo el mundo a pesar de la labor realizada desde 2002 por el Departamento de Repatriación del ministerio egipcio de Antigüedades, que poco consigue cuando se enfrenta al Museo Británico o a compañías de subastas como Sotheby’s.

 

A las mastabas, hipogeos y pirámides de los principales faraones no les quedaba nada, pero la búsqueda siguió y sigue, y el control oficial no impide que los cazatesoros sigan yendo por su cuenta a la zaga de tumbas aún no descubiertas. Muy buscados por unos y por otros son el mausoleo de Nefertiti y el de Cleopatra, de los que casi nada se sabe y se presuponen rebosantes de joyas. Difícil siquiera resulta situar el área de la tumba de Nefertiti, ya que el final de la vida de la bella esposa de Akenatón es un misterio. Para alivio de los buscadores, el famoso Zahi Hawass, exministro egipcio de Antigüedades, confirmó en 2005 que no era suya la momia que apareció apilada junto a otras en un pobre nicho del Valle de los Reyes.

 

La estancia eterna de Cleopatra VII junto a su amado Marco Antonio no deja de buscarse en Alejandría, más o menos por los mismos lares donde se indaga el paradero de los restos del fundador de la ciudad, Alejandro Magno, que también se imagina repleto de valiosísimas piezas.

 

Una estela con inscripciones aparecida en febrero de 2015 en las excavaciones del templo de Taposiris Magna, a 45 km de Alejandría, es la pista más fiable sobre la tumba de Marco Antonio y Cleopatra. Fue hallada, tras diez años de búsqueda, por la arqueóloga dominicana Kathleen Martínez. Y no se deja de escudriñar con interés y avaricia todo lo que sale del fondo del mar en el puerto alejandrino, sobre todo al margen de las exploraciones legales, como la efectuada por el especialista francés Franck Goddio desde 2004. Se trata de todo un estímulo para arqueólogos y buscadores de tesoros, como lo son otras tumbas perdidas de personajes históricos tan célebres como Gengis Khan, Alarico, Atila o Almanzor.

 

¿Se tragó el lodo la‘colección’ de Juan sin Tierra?

De su hermano Ricardo Corazón de León heredó Juan I la Corona inglesa, y se ganaría el apodo a costa de ver menguadas sus posesiones. El enemigo del legendario Robin Hood fue, al parecer, una persona cobarde, taimada, mal humorada y muy avarienta. Lo que él llamaba su colección no eran más que las monedas y las joyas afanadas a su pueblo. Así llegó a reunir un cuantioso tesoro que, por paranoica desconfianza, hacía viajar con él en sus frecuentes desplazamientos.

 

Corría el año 1216 y la comitiva real se había trasladado a Norfolk, cuando el monarca comenzó a sentirse enfermo a causa de la disentería, por lo que decidió regresar al castillo de Newark. Por aquel entonces, toda esta zona, situada bajo el nivel del mar, estaba cubierta por pantanos, lo que dificultaba su tránsito. Le fue recomendado bordear el camino directo debido a la marea alta, y él lo hizo.

 

Sin embargo, Juan quiso que su adorado cargamento siguiese la ruta más corta porque pensaba que las condiciones no eran tan malas. Y sí, él arribó a Newark, pero los 3.000 soldados y los carros con el tesoro no aparecieron, aparentemente engullidos por los pantanos.

 

¿O acaso su guardia se la había jugado? Nunca se sabrá, pero la colección real no ha dejado de ser buscada, sobre todo en el momento en que la comarca fue desecada y convertida en un fértil terreno de cultivo, con pueblos y granjas que antes no existían. Tras varias prospecciones, allí no apareció nada, como tampoco en decenas de búsquedas anteriores y posteriores que usaron todo tipo de métodos. En los últimos intentos, la tecnología láser ha ayudado ha establecer cómo se disponía exactamente la zona en el siglo XIII. Por algo se empieza.

 

 

Recuerdos de la Noche Triste

Amarga fue efectivamente la batalla así llamada para quienes seguían a Hernán Cortés en su conquista mexicana, pero dichosa para los mexicas (aztecas) que se pudieron vengar de los invasores españoles. Era la noche del 30 de junio de 1520, y diversos acontecimientos sangrientos habían conducido a que los hombres de Cortés, cargados hasta arriba de las piezas del tesoro que habían robado al recién fallecido Moctezuma II, se hallasen, junto a sus aliados tlaxcaltecas, encerrados en la ciudad-laguna de Tenochtitlán (actual Ciudad de México).

 

La venganza de los mexicas iba a empezar en cualquier momento y había que salir de ahí como fuera. Separado el quinto del botín que se debía al rey, Cortés cedió el resto a los soldados que se atreviesen a cargar con ello, lo que hicieron muchos transformándolo en piezas más manejables llamadas tejos.

 

Con sigilo emprendieron la huida, pero fueron descubiertos y empezó la feroz batalla, que acabó con la mitad de los españoles y casi todos los tlaxcaltecas. Al fondo de la laguna fueron a parar las joyas de los soldados hispanos que morían y de los que se deshacían de ellas para avanzar más rápido.

 

¿Qué pasó con tanta riqueza caída al fondo de la laguna? A día de hoy sigue sin saberse. Quizá fue recogida al momento por los propios mexicas. O por cualquiera cuando la laguna fue desecada para erigir la actual capital mexicana. El caso es que, con ocasión de alguna obra, ha aparecido alguno de esos tejos de oro, por lo que la búsqueda no cesa.

 

Fortunas que duermen en el fondo del mar

Las riquezas de los miles de barcos tragados por el océano son para los cazatesoros un argumento esencial, con claro protagonismo de los hundimientos que tuvieron lugar en el tránsito marino entre España y sus colonias americanas. De las riquezas que por ahí se movían da idea el hecho de que, solo entre 1530 y 1560, al puerto de Sevilla llegaran por mar 101 toneladas de oro y 567 de plata.

 

En 1985 se hallaron en Key West (Florida) los restos del galeón Nuestra Señora de Atocha, que, víctima de una tormenta, se hundió en 1622. Tan solo ha sido recuperada una parte de la enorme cantidad de oro, plata y piedras preciosas que transportaba. El cargamento era similar en el caso del San José, abatido por un barco inglés cuando zarpaba de Cartagena de Indias en 1708.

 

En este caso, aún no se ha encontrado nada, como así sucede con los restos de los catorce galeones destruidos por una enorme tempestad frente a Veracruz en 1601; o los de Nuestra Señora del Juncal, que naufragó frente a Yucatán en 1631; los de Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción, que chocó con un arrecife cerca de la costa dominicana en 1641; o los de Santísima Trinidad, que naufragó cerca de La Habana en 1711. Todos ellos repletos de oro, plata y joyas.

 

Pero no solo la flota española ha sido expoliada por el mar. Un gran tesoro llevaba en el siglo XVI el galeón portugués Florencia cuando fue hundido por piratas en la costa oeste de Escocia a poca profundidad, por lo que los intentos de rescate han sido varios, sin que se haya logrado dar con el grueso del cargamento. También fue enseguida localizado el barco inglés Grosvenor, que se estrelló cerca del cabo de Buena Esperanza en 1783, con objetos por un valor de tres millones de libras esterlinas. Sin embargo, apenas nada valioso se ha rescatado.

 

Las dos guerras mundiales dejaron también una destacable estela de tesoros hundidos, como fue el caso del crucero británico Laurentic, cargado con cuarenta toneladas de oro y plata, que fue hundido en 1917 por un submarino alemán al norte de Irlanda. Y, claro, ahí siguen sumergidas, protegidas por la atención y la fama, las cajas fuertes del Titanic, rebosantes de las joyas de los pasajeros de primera.

 

 

 

Etiquetas: curiosidadeshistoria

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