En la mente del conspiranoico

¿Por qué tanta gente cree que misteriosos poderes mueven los hilos del mundo? Desentrañamos las claves de este fenómeno psicológico y social.

El avión de Germanwings estrellado en los Alpes por Andreas Lubitz el 24 de marzo de 2015 fue en realidad derribado por un láser del Gobierno estadounidense. El ensayo del secretísimo programa Sistema de Defensa Aérea de Láser Líquido de Alta Energía (HELLADS) pretendía destruir un misil intercontinental lanzado como blanco, pero falló y alcanzó a la aeronave comercial.

Tampoco cabe duda de que el MI6 –el servicio de inteligencia del Reino Unido– orquestó un complot para asesinar a la princesa Diana, que representaba una amenaza para el futuro de la casa real británica. En España hay gente que sigue creyendo que los atentados del 11-M fueron organizados por un contubernio de los servicios de inteligencia españoles y marroquíes, poderes de izquierdas, la ETA y yihadistas. Todo para echar al PP del poder. Habría sido una exhibición de diplomacia y presciencia que habría obligado a los conspiradores a poner de acuerdo a organizaciones diametralmente opuestas, y a prever con exactitud cómo reaccionaría el Gobierno y cómo iba a influir la matanza en las elecciones de tres días después.

¿Qué convierte a alguien en conspiranoico y lo lleva a admitir la veracidad de estas retorcidas teorías sin pruebas? Este sesgo cognitivo se adquiere con los años y conduce a quien lo posee a ver la vida a través de un cristal distorsionado que le hace pensar que siempre hay una mano escondida tras lo que sucede. Todo suele empezar con la creencia en una teoría de la conspiración cualquiera, como que los Illuminati, una sociedad secreta del siglo XVIII, fueron el cerebro en la sombra de la Revolución Francesa, para terminar en una visión de la historia que la hace depender de siniestras confabulaciones.

El conspiranoico es compulsivo y autodidacta, y memoriza los detalles más nimios de la teoría a la que se entrega; no cambia de opinión respecto a sus creencias más firmes y siempre encuentra pruebas de que su hipótesis tiene visos de realidad. En casos muy extremos, su obsesión le hace dejar de lado familia y trabajo. Y puede convertirse en un paranoico convencido de que lo persiguen, como le sucedió a Nesta Webster (1876-1960), historiadora británica responsable en buena medida de la popularización de los supuestos complots judeomasónicos y de los Illuminati. Estaba tan obsesionada que cuando llamaban a la puerta de su casa no abría sin empuñar un revólver cargado.

Tiranos paranoicos

A veces, los teóricos de la conspiración se hacen con el poder, lo que desencadena procesos muy destructivos. El historiador estadounidense Daniel Pipes cita a Lenin y Hitler como ejemplos palmarios. Stalin, gran asesino de masas, tenía pánico a los médicos, pues pensaba que intentarían matarlo. Y lo mismo le sucedía a Mao Zedong, el sangriento líder chino que en su vejez se negó a recibir tratamiento contra sus achaques debido a que sospechaba que sus enemigos usarían ese método para asesinarlo.

Este fenómeno psicológico y social ha sido objeto de pocos estudios. Destaca uno hecho hace dos años por investigadores italianos: siguieron páginas de Facebook dedicadas a este tipo de hipótesis y colgaron en ellas más de 4.700 falsas noticias, unas con tintes científicos y otras claramente conspiranoicas; algunas hasta parodiando las teorías más locas. Su intención era ver cómo reaccionaban los seguidores ante rumores sin fundamento. Conclusión: el 91 % de los defensores de las conjuraciones ocultas no distinguían una broma absurda de una postura excéntrica pero argumentada. Este trabajo confirma el resultado de otras investigaciones que demuestran que los conspiranoicos carecen de habilidad para el pensamiento crítico, tratan de evitar cualquier contacto fuera de su círculo de interés y son incapaces de advertir cuándo se burlan de ellos.

La complejidad del mundo actual, su acelerado ritmo y la sobreinformación que dificulta interpretarlo es el alimento de los creyentes en las maquinaciones a gran escala. Para ellos, la política global es manejada por misteriosas organizaciones que, paradójicamente, muchos conocen. Por ejemplo, Skull & Bones, una sociedad secreta fundada en 1832 en la Universidad de Yale; o el famoso grupo Bilderberg, que reúne anualmente desde 1954 a entre cien y doscientas de las personas más poderosas e influyentes (multimillonarios, políticos, grandes empresarios...), que formarían un gobierno oculto para manipular el mundo en beneficio propio. No olvidemos a la omnipresente Orden de los Iluminados, que llevarían 250 años dirigiendo Occidente. Y no perdamos de vista la teoría más pintoresca: la de los reptiloides o reptilianos, una especie extraterrestre que se habría infiltrado en la cúpula de las principales organizaciones políticas y económicas. Así lo cree uno de cada veinticinco estadounidenses. Una tal Cisco Wheeler, que dice ser “excontroladora mental de los Illuminati”, afirma que Juan Carlos I es un reptiliano, así que Felipe VI también lo sería.

Las teorías de la conspiración han encontrado un aliado poderosísimo para su difusión: internet, un interminable depósito de información que se acumula y difunde a toda velocidad por todas partes sin que nadie compruebe su veracidad. Por ejemplo, la Red es el principal vehículo de transmisión para los convencidos de la realidad del fenómeno de los chemtrails o rastros químicos: según ellos, las estelas que dejan los aviones en el cielo no se formarían a partir de vapor inofensivo, sino con sustancias destinadas a causar todo tipo de fenómenos adversos: cambiar el clima y provocar sequías, alterar el ADN de las personas y las esterilizan para impedir la superpoblación... Sus webs y foros se nutren de medias verdades, y cualquier campaña para desacreditarlas consigue justo lo contrario: reforzar su creencia en una maquinación supuestamente dirigida por Gobiernos entregados a ambiguos poderes.

Esta negación de la realidad para crear una paralela ajustada a los prejuicios resulta difícil de desactivar, como demostraron en 2006 Brendan Nyhan, investigador de la Universidad de Míchigan, y Jason Reifler, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Georgia. Estos investigadores identificaron un fenómeno al que llamaron efecto del tiro por la culata: en cuatro experimentos con personas de diferentes ideologías, descubrieron que la corrección de informaciones falsas o imprecisas favorables a las creencias de esos individuos no solo no cambiaba su postura, sino que incluso la reforzaba. Parece que la identificación emocional con una forma determinada de pensar desvirtúa la realidad: en 2014, un estudio acerca del movimiento antivacunación en el Reino Unido desveló que una persona a la que se le proporciona información a favor de esa corriente muestra una mayor reticencia a inmunizar a sus hijos que si recibe datos científicamente contrastados a favor de las vacunas.

"El Gobierno ha creado el sida"

No es pues de extrañar que hayan sido los psicólogos anglosajones –sobre todo estadounidenses– los que más han estudiado este fenómeno. Muchos norteamericanos creen que el hombre no ha pisado la Luna, y que los movimientos de Neil Armstrong se filmaron en un estudio. Que John Fitzgerald Kennedy fue víctima de una conjura de los sectores más conservadores del país es un tópico de la mitología siniestra de Estados Unidos. Y a finales de los 80, la elevada incidencia del consumo de drogas y del sida entre la población afroamericana hizo que muchas personas, incluidas celebridades como el actor Bill Cosby o el director de cine Spike Lee, afirmaran en público que el Estado era responsable de semejante desastre: “El Gobierno ha creado el sida”, declaró Lee.

En España no llegamos a ese nivel de suspicacia, pero hemos tenido nuestros casos. El Bio-Bac fue un fármaco ilegal que comenzó a comercializarse en 1997 como un remedio al que sus fabricantes atribuían propiedades contra el cáncer, la artrosis, el VIH o la hepatitis, pero no pasaba de ser un complemento alimenticio. Cuando el Ministerio de Sanidad paralizó su venta en 2002, sus defensores reaccionaron afirmando que tras la prohibición se escondían pérfidos intereses económicos que no querían que se curara el cáncer, para seguir comercializando sus propios medicamentos y terapias.

Hasta mediados del siglo XX, la mayoría de las teorías de la conspiración involucraban a las sociedades secretas, una denominación que tenía un significado diferente al actual cuando surgieron estas asociaciones hace casi trescientos años. En aquella época, el término aludía a grupos privados no ligados al Estado, pero no poseía ningún matiz de clandestino o encubierto. Fue el escritor y farmacéutico francés Charles Louis Cadet de Gassicourt (1769-1821) quien cambió el sentido del término al crear con éxito la historia de una cadena de contubernios relacionados con la Revolución Francesa que empezaba con la secta musulmana medieval de los Asesinos y continuaba con templarios, jesuitas, francmasones e Illuminati para terminar con los jacobinos. Estos poderes en la sombra dirigían la historia, pero eran humanos. Casi doscientos años después, los extraterrestres entraron en escena.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, las historias sobre objetos volantes no identificados y visitantes del espacio surgidas en Norteamérica comenzaron a difundirse por todo el mundo. Por supuesto, los hombrecillos verdes se metían en nuestros asuntos y se enredaban con los servicios secretos y los Gobiernos para manejar la humanidad. El punto culminante de estas fantasías eran los accidentes de ovnis, la joya de la corona del hoy casi desaparecido mundo de la ufología.

El más famoso fue el incidente de Rosswell; una nave se habría estrellado en julio de 1947 en el desierto de Nuevo México, y el Gobierno estadounidense la habría ocultado junto al cadáver de su tripulante en el Área 51, una base secreta. Se dijo que la Casa Blanca había llegado a un pacto con los propietarios del platillo: alta tecnología alienígena a cambio del permiso para secuestrar ciudadanos. Llegamos así a otro de los pilares del fenómeno ovni: las abducciones destinadas a estudiar nuestros cuerpos, crear una especie mestiza...

Desde que este caso saltó a los medios, proliferaron las noticias de supuestas naves extraterrestres estrelladas. Los conspiranoicos ufólogos añadieron a la ecuación a los hombres de negro, unos tipos con el objetivo de acallar a los testigos de los avistamientos de ovnis.

Las teorías de la conspiración, globales o locales, se van construyendo con el tiempo, añadiendo nuevos datos y desarrollos, a la par que se improvisan explicaciones a los hechos que no encajan. La hipótesis ufológica reúne los tres elementos distintivos de estas historias: un grupo poderoso, maligno y secreto (alienígenas y Gobiernos en coalición); agentes con influencia en todos los niveles (los hombres de negro) y un grupo de valientes incomprendidos que intentan desenmascararlos (los ufólogos).

 

Pero ¿por qué triunfan?

Está claro que las conspiranoias venden, pero ¿por qué? Según Michael Barkun, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Siracusa, en EE. UU., su atractivo se basa en tres puntos: explican lo que un análisis convencional no revela; dan sentido a un mundo confuso, dividiéndolo en fuerzas de la luz y de la oscuridad; y se presentan como un conocimiento secreto, ignorado o no apreciado del todo por los demás.

El reverso del conspiranoico es el escéptico militante, que emplea tiempo y trabajo en desmontar fantasías. ¿Qué los diferencia? Según un estudio publicado por Michael Wood y Karen Douglas, psicólogos de la Universidad de Kent, en el Reino Unido, los anticonspiracionistas argumentan a favor de su interpretación de un hecho, mientras que los conspiracionistas se centran en criticar la explicación de sus detractores, lo que apunta a una diferencia en la mentalidad de unos y otros.

Estos investigadores recalcan la importancia del sistema de valores personal a la hora de aceptar o rechazar la existencia de conjuras ocultas. Y explican que los conspiranoicos prefieren contradecir las versiones oficiales a defender las suyas, lo que indica que, para ellos, los detalles de sus hipótesis resultan menos importantes que encontrar errores o incongruencias en las explicaciones convencionales.

Como dice el historiador estadounidense Daniel Pipes, “el conspiracionismo suele emplear hechos ciertos, pero se equivoca totalmente al establecer las conexiones causales”. Para triunfar, estas teorías deben cumplir con dos requisitos: contener algo de verdad y ser lo suficientemente razonables. Por supuesto, presentarlas convenientemente les gana adeptos. Es lo que otro historiador, Richard Hofstadter, llamó erudición paranoide: utilizar el estilo y la estructura de la investigación seria. Hasta el título de los libros y artículos con esa intención suele tener un sabor universitario.

 

SEGURO QUE TE INTERESA...

A veces, ni siquiera a los especialistas les resulta fácil discernir entre la verdadera erudición y la falsa. Y más difícil puede ser distinguir entre una historia real y otra inventada. Diferenciar una conspiración de carne y hueso de otra ficticia es un proceso en gran parte subjetivo, pero disponemos de recursos para que no nos den gato por liebre. El primero es un principio filosófico muy conocido, la llamada navaja de Ockham, que nos dice que la explicación más simple, la que requiere de menos hipótesis auxiliares, es la que tiene más probabilidades de ser cierta. Normalmente, las fabulosas narraciones de maquinaciones ocultas son muy complicadas y precisan de una cadena de engaños tan compleja, una inteligencia maliciosa tan formidable y un pacto de silencio entre los conspiradores tan profundo que de por sí resultan increíbles. Cuanto más complejo sea el complot, más probable es que sea inventado.

Después del sentido común, lo que debemos tener es un conocimiento suficiente de la historia. Esta siempre nos enseña dos cosas: las casualidades existen –algo que niega todo conspiranoico que se precie–, y la mayoría de las verdaderas tramas secretas han acabado fracasando. Ya decía Maquiavelo que confabularse conlleva muchas dificultades y riesgos, a lo que el filósofo de la ciencia Karl Popper añadía esto: “Las conspiraciones rara vez triunfan, y si lo hacen, el resultado es distinto al buscado”.

 

Etiquetas: culturacuriosidadesfalsos mitospsicología

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS

También te puede interesar