10 frases célebres de Góngora

Góngora se convirtió en el máximo exponente de la corriente literaria conocida como Culteranismo o Gongorismo.

Luis de Góngora y Argote (1561 – 1627) fue un poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro, cuya obra sería aplaudida, imitada y bautizada como culteranismo o gongorismo.

 

Estudió en la Universidad de Salamanca, donde ya destacó como poeta. Francisco de Quevedo fue su eterno rival. Su enemistad nació durante una estancia en la Corte de Valladolid cuando Góngora le acusó de imitar su poesía satírica bajo un pseudónimo. De esta hostilidad nacerían muchos de sus versos más conocidos que ambos se dedicaban con suma convicción, ingenio y sorna.

 

Góngora se caracterizaba por expresar sus ideas, pensamientos o sentimientos, utilizando un lenguaje complejo, bastante oscuro y muy intelectual. Entre sus obras pueden destacarse "Soledades" y "Fábula de Polifemo y Galatea".

 

Por desgracia, como jamás publicó sus obras (se extendieron de mano en mano mediante copias de manuscritos), acabó pasando graves dificultades económicas llegando a la extrema pobreza. Finalmente, tras volver a su ciudad natal, Córdoba, murió de una apoplejía a los 66 años.

 

Os dejamos con sus mejores versos:

 

“El mayor fiscal de mis obras soy yo”.

 

“Las horas que limando están los días que royendo están los años”.

 

“Las palabras, cera; las obras acero”.

 

“Las flores a las personas ciertos ejemplos les den; que puede ser yermo hoy el que fue jardín ayer”.

 

“La vida es ciervo herido que las flechas le dan alas”.

 

“Si el cielo ya no es menos poderoso, porque no den los tuyos más enojos, rayos, como a tu hijo, te den muerte”.

 

“La dulce boca que a gustar convida un humor entre perlas distilado, y a no invidiar aquel licor sagrado que a Júpiter ministra el garzón de Ida”.

 

“La más bella niña de nuestro lugar, hoy viuda y sola, ayer por casar, viendo que sus ojos a la guerra van, a su madre dice, que escucha su mal”.

 

“Cuando cubra las montañas de blanca nieve el enero, tenga yo lleno el brasero de bellotas y castañas, y quien las dulces patrañas del rey que rabió me cuente, y ríase la gente”.

 

“Desnudo el joven, cuanto ya el vestido Océano ha bebido, restituir le hace a las arenas; y al Sol lo extiende luego, que, lamiéndolo apenas su dulce lengua de templado fuego, lento lo embiste, y con süave estilo la menor onda chupa al menor hilo”.

 

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