Yo no me llamo así

Yo no me llamo así Seudónimo, del griego pseudonimos, es el nombre que emplea un autor en lugar del suyo para firmar una obra, y ha sido un truco largamente utilizado en la historia de la literatura. De hecho, es raro el escritor que no ha echado mano de un nombre supuesto en algún momento de su vida: Julio Cortázar firmó artículos como Julio Denis; Antonio Machado, como Juan de Mairena; Ramón Gómez de la Serna, como Tristán, y Juan Carlos Onetti, como Alfredo Plumet o Pierre Boileau, entre muchos otros. Es curioso el caso de Bustos Domecq, seudónimo que ocultaba la identidad de dos reconocidos autores, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, en las obras que escribían conjuntamente.

Los seudónimos son a veces hallazgos tan afortunados que acaban eclipsando el nombre real del autor. Así, es difícil reconocer a Pablo Neruda como Ricardo Neftalí Reyes Basualdo, su verdadero nombre, o al poeta Gabriel Celaya como Rafael Múgica, su primer nombre y primer apellido. De Azorín -José Martínez Ruiz- se cuenta que acabó identificándose de tal manera con su alias que era éste el que figuraba en la guía de teléfonos y en el buzón de su casa.

Pero hay autores que van más lejos y que se inventan personajes a los que dotan de personalidad y estilo propios, unas características físicas y a veces hasta una biografía: se llaman heterónimos. El más prolífico creador de heterónimos fue el poeta portugués Fernando Pessoa, quien atribuyó buena parte de su obra a otros autores de su invención: Alberto Caeiro, muerto de tuberculosis a los 27 años; Ricardo Reis, médico y viajero; Álvaro de Campos, ingeniero y amigo de Pessoa... Fue tal el número de personalidades en las que se desdobló que, salvo algunos textos en inglés, en vida sólo publicó un libro, Mensaje, firmado con su propio nombre -su ortónimo-, de Fernando Pessoa.

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