Somme: la batalla más mortal de la I Guerra Mundial

Se han cumplido cien años de la encarnizada batalla del Somme, al norte de Francia: más de 4 meses y 1 millón de bajas.

También te puede interesar: Una innovación militar que salió mal en la I Guerra Mundial

Cuando se situó frente al pelotón de fusilamiento, el soldado Albert Ingham, perteneciente al 18.º Batallón del Regimiento de Mánchester, seguramente recordaría con pesar aquel día en que, junto con su amigo Alfred Longshaw, se alistó en el ejército británico. En unos instantes, las balas acabarían con la vida de ambos, por desertores. Un final que nunca hubieran imaginado cuando, envueltos en el fervor patriótico del momento, dejaron atrás sus vidas como trabajadores del ferrocarril. ¿Y qué sabía este soldado inglés de la Gran Guerra? Lo que los demás: que había que defender el país contra los odiosos alemanes y que era una oportunidad de salir de su rutina, conocer mundo y vivir aventuras. Esta ingenuidad poco informada, característica de principios del siglo XX, fue vital para que las potencias occidentales engrosasen sus ejércitos y arrastrasen a la masacre a generaciones enteras.

Uno de dos los bloques en liza era la Triple Alianza, formada por Italia y los imperios alemán y austrohúngaro, ansiosos por resarcirse de haber perdido el tren del colonialismo. Así que tras coaligarse Inglaterra, Francia y el Imperio ruso en la Triple Entente, solo faltaba la chispa: el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, perpetrado el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, desencadenó una de las guerras más sangrientas de la historia, en la que murieron unos diez millones de soldados y, por lo menos, veinte millones de civiles.

Ni por lo más remoto imaginaría Albert el desastre en que se disponía a participar cuando, con Alfred y un montón de colegas de trabajo, entonaba canciones patrióticas y hacía chistes sobre los boches en los felices días de entrenamiento. Y sí, felices porque se trataba de uno más de los llamados pals battalions –batallones de camaradas–, voluntarios reclutados por la intensa campaña puesta en marcha por Horatio Kitchener, secretario de Estado de Guerra británico, que mantenía unidos en las formaciones a amigos, vecinos, parientes o colegas con el fin de ensalzar el ardor patriótico.

SEGURO QUE TE INTERESA...

Esos muchachos formaban todavía un ejército inexperto, con mandos improvisados en medio de la prisa por sustituir a los muchos caídos en el frente. Cuando cruzaban el canal de la Mancha y llegaban a los embarrados campos de batalla del norte de Francia se encontraban con la verdad: ni épica ni gloria, solo horror y muerte. Así se vieron los soldaditos del decimoctavo batallón, pero había que sobreponerse, como insistían las reglas y los veteranos. Amedrentados, llegaron a finales de junio de 1916 al frente que se había establecido en torno al río Somme, cerca de la frontera francesa con Bélgica. Ni Albert ni su amigo ni ninguno de ellos sabían que lo peor estaba por llegar. ¿Explicaciones? Pocas. Solamente que ahí estaban los alemanes. Al oír la voz de ataque, debían salir campo a través a por ellos para entretener a la tropa enemiga y que los franceses pudieran recuperar Verdún. Así que… tranquilos, muchachos, que esto es una maniobra de distracción y está muy planeada. Tal era el optimismo antes de un enfrentamiento en el que se llegarían a disparar 250.000 proyectiles al día. Fue el peor desastre militar de la historia del Reino Unido.

Los de Mánchester y demás camaradas, entre quienes se incluían australianos, canadienses, neozelandeses y otras nacionalidades de la Commonwealth, fueron dispuestos a lo largo de cuarenta kilómetros de frente al sur del Somme. Estaban muy cerca del enemigo, a entre 300 m y 600 m, que se desplegaba al norte del río. Al situarse en sus puestos, Albert y los demás miraron con recelo esas posiciones amenazantes, que ocupaban las pocas elevaciones del territorio llano; evidentemente, estaban muy fortificadas.

Sin ellos saberlo, lucharían contra soldados veteranos, puesto que la Triple Alianza no había tenido tantas bajas hasta aquel momento. Los jóvenes británicos intercambiaron miradas de zozobra, como el resto de soldados apostados en la larga trinchera. Se calmaron al recordar el plan trazado: antes de intervenir ellos, la artillería aplastaría sin piedad las posiciones germanas. Se habían excavado diez túneles para detonar minas en sitios estratégicos. Además, contaban con el apoyo de la aviación, que a esas alturas de la guerra había acabado con la supremacía de los temidos Fokker alemanes. No en vano, el comandante en jefe de la fuerza británica, Douglas Haig, había dicho que, después de la intervención artillera, la victoria sería coser y cantar. Lo recordaron los mandos y los veteranos entre bromas, y el ánimo retornó. ¡Un paseíto y la gloria!

El 1 de julio de 1916, a las 7:20 de la mañana, comenzaron las explosiones, que terminaron en diez minutos y parecían haber fulminado al 2.º Ejército alemán del general Fritz von Below, formado por medio millón de hombres. A las 7:30, después de un tenso silencio, se dio la orden: "¡Adelante, chicos, a rematarlos!". Albert y todos los de Mánchester saltaron de la trinchera. En la marcha masiva intervinieron el 3.º y el 4.º Ejército británico y nueve cuerpos del 6.º Ejército francés, unos 750.000 soldados en total. Fue como un presagio fatal: aquel primer día había en el frente casi el mismo número de efectivos que, tras reemplazos y refuerzos, morirían a lo largo de la batalla. Entonces, todavía estaban enteros: cada hombre iba cargado con un equipo de 32 kilos y todos marchaban al paso. ¡Vamos, Alfred! ¡Ya voy, Albert! De pronto, la fanfarronería se vino abajo: los de atrás veían que los más adelantados caían como moscas, y que los disparos y descargas parecían venir de todas partes.

Una masacre sin precedentes

La confusión se generalizó. ¿Qué pasaba? ¿Quién disparaba así? ¿No se suponía que los alemanes estaban hechos trizas? Se fue corriendo la voz entre el ruido de las detonaciones y la sangre de los que no cesaban de caer: apenas había hecho mella la artillería en los búnkeres, por errores, por un exceso de confianza, por la ineptitud de voluntarios que no habían fabricado bien la munición.

El caso es que aquello era una masacre y nadie decía nada. ¿Dónde estaban los mandos? Tan asustados y desconcertados como los demás, pues eran igual de inexpertos. ¡El infierno! El soldado Frank Lindley, del 14.º Regimiento de York y Lancaster, relató así el pavor del momento: "Yo iba en primera fila y ya no había cánticos. Seguíamos avanzando como podíamos sin ni siquiera un pensamiento. El ruido de balas y bombas lo engullía todo. Por el rabillo del ojo veíamos a los compañeros que sabíamos que llevaban una pistola para disparar a aquellos de nosotros que, sobrepasados y aterrorizados, osáramos retroceder".

En muchas ocasiones, el caos se acentuaba por la falta de entendimiento entre los mandos británicos, que querían mantener un ataque constante, y los franceses, partidarios de reservarse para asestar luego un gran golpe.

Sin embargo, de la magnitud del desastre los mandos británicos no se enteraron hasta el 4 de julio, debido a las deficiencias de las comunicaciones. No cesaron de dar la orden de avanzar durante aquellas primeras jornadas. Y hasta bien pasada la contienda no sabrían que solo en el primer día, entre los hombres de Su Majestad, hubo 19.240 muertos, 35.493 heridos, 2.152 desaparecidos y 585 soldados hechos prisioneros. Imposible recoger tantos cadáveres y fragmentos de cuerpos despedazados. Al horror se unía el hedor, que también llegaba desde la retaguardia, donde los hospitales improvisados no daban abasto. Los tiroteos y explosiones no cesaban, y los cráteres de las bombas eran una trampa mortal embarrada. Nadie sabía nada; solo que debían seguir saliendo a ese campo abierto que era un matadero... Parecía que la expresión carne de cañón había sido inventada para esta masacre. Entre los días 3 y 13 de julio, solo el 4.º Ejército británico realizó 46 acciones ofensivas, que se cobraron 25.000 bajas en sus filas.

Detrás de calamidades como estas no solo estaba la eficacia germana, sino también la confusión. En muchas ocasiones, el caos se acentuaba por la falta de entendimiento entre los mandos británicos, que querían mantener un ataque constante, y los franceses, partidarios de reservarse para asestar luego un gran golpe. El resultado fueron operaciones tan nefastas como el enfrentamiento en Fromelles, donde perecieron 7.080 soldados británicos y australianos sin ganancia de terreno alguna. Otras ofensivas, siempre muy sangrientas, sí lograron su objetivo, como fue el caso de la toma de la granja Mouquet, que los alemanes habían fortificado extraordinariamente, tras diez días de lucha cara a cara. Y eso que aún era septiembre y no había comenzado la pesadilla del fango que traerían las lluvias de otoño, más espantosa que nunca en el enfrentamiento de Le Transloy, en la región de Norte-Paso de Calais, a principios de octubre.

Iba sabiendo Albert de amigos y compañeros caídos, aunque seguiría obedeciendo las incesantes órdenes de ataque a lo largo de los siguientes días. El contingente germano tuvo tiempo de organizarse, pero los oficiales británicos –algunos aristócratas–seguían erre que erre con el plan, ciegos en sus ambiciones, fieles a las inamovibles normas militares de no cuestionar las órdenes y el pundonor. Muertos y heridos sin cesar; nuevos soldados para sustituirlos; ofensivas grandes y pequeñas, diarias o semanales, de infantería, caballería y artillería...: el frente apenas sí se movía a medida que se aproximaba el invierno.

Bazentin, Arrás, Longueval, Pozières, la fortaleza Thiepval, Guillemont, el bosque de Delville… Lugares donde el combate fue especialmente encarnizado, y más cuando el calor pegajoso de agosto había quedado atrás y el otoño parecía más frío que nunca. A la carnicería propia de los combates supuestamente bien diseñados se le añadía la mortandad resultante de errores constantes, como cuando se informó de la victoria no confirmada de la 29.ª División en Beaumont-Hamel y se ordenó la marcha sobre ese lugar del 1.º Regimiento de Terranova, que sería totalmente masacrado. ¿Y qué se había conseguido al final? Una insignificancia, a pesar de que los alemanes habían construido un complejo defensivo muy reforzado –que se conocería como la Línea Hindenburg–, y pese a que los ingleses habían adelantado la puesta en escena de su arma secreta: el tanque. Era la primera vez que se utilizaba en la historia y debutó en el ataque a Flers-Courcelette, el 15 de septiembre. Aunque se trataba de modelos muy lentos y rudimentarios y pese a que solo veintiuno de los cuarenta y nueve disponibles pudieron entrar en acción, lo cierto es que hicieron mella en las posiciones germanas. Con admiración y cierto alivio contempló Albert, junto a sus compañeros supervivientes, la llegada de estos ogros de metal. Quizá ahora sí se acabaría esta maldita batalla.

 

En cuatro meses y medio, hubo más de 700.000 víctimas mortales entre las tropas de la Entente y unas 500.000 entre los alemanes

Y finalizó, tras mucha más violencia y penalidades, el 18 de noviembre, no sin antes un último intento de Haig por colgarse una medalla en otro sangriento enfrentamiento en torno al río Ancre. Era el final de una contienda atroz en la que, en cuatro meses y medio, hubo más de 700.000 víctimas mortales entre las tropas de la Entente y unas 500.000 entre los alemanes. Un espanto donde ni siquiera hubo un vencedor claro. No obstante, tendría consecuencias posteriores, pues, en ese pavoroso desgaste de trincheras, el ejército alemán perdió a sus hombres más experimentados –38.000 de ellos fueron hechos prisioneros– y, al igual que el británico, tendría que reemplazarlos con inexpertos voluntarios. Y así, generaciones enteras de jóvenes europeos desaparecerían en los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial. Antes de terminar la contienda del Somme, Albert Ingham, de veinticuatro años, y su amigo Alfred Longshaw, de veintiuno, ya se habían dado cuenta de lo inútil de la monstruosidad que les había tocado vivir y de lo ingenuo del sentimiento nacionalista que los había llevado hasta allí.

El 5 de octubre decidieron desertar. Con ropas civiles y moviéndose de noche, llegaron hasta la ciudad portuaria francesa de Dieppe, donde lograron embarcarse en el Belleville, un navío sueco que los llevaría a Inglaterra. Desgraciadamente fueron localizados por un guardia militar y devueltos al frente, donde un jurado marcial los condenó a morir fusilados, suerte que corrieron otros 384 soldados británicos. O por lo menos que se sepa, pues estos ajusticiamientos eran mantenidos en secreto. El padre de Albert supo la verdad a través de los compañeros de trinchera de su hijo, y fue a Francia a localizar su tumba. La halló en el cementerio de Bailleulmont, donde había sido enterrado al lado de su amigo. Entonces puso en ella una lápida con la siguiente inscripción: "Soldado A. Ingham. 1 de diciembre de 1916. Fusilado al amanecer. Uno de los primeros en alistarse. Digno hijo de su padre".

PIES DE FOTO:

1. Voladura de la primera galería subterránea bajo el campo de batalla del Somme. 7:20 de la mañana, 1 de julio de 1916.

2. Trinchera alemana ocupada por soldados británicos en Ovillers-la-Boisselle, en julio de 1916.

3. El Memorial Thiepval, al norte de Francia, cementerio donde fueron enterrados 72.246 soldados británicos fallecidos en la batalla del Somme.

 

 

Etiquetas: Primera Guerra Mundialanécdotas históricashistoria

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS

También te puede interesar