Siempre es presente


Siempre es presenteUn ave acuática -un pato, o acaso un cormorán- vuela en línea recta con las alas y las patas plegadas y el pico y la cola en un eje único, con una absoluta perfección en su aerodinamismo, cortando el aire con la misma eficacia que una jabalina: aunque también es posible que esté nadando, que acabe de entrar en el agua para alcanzar con velocidad y precisión fulminante a su presa. Alguien, hace más de 30.000 años, talló en marfil esta figura de no más de dos centímetros, que ha sido encontrada en una cueva al suroeste de Alemania, y la revista Nature asegura que es el testimonio más antiguo de arte figurativo en Europa. No es posible una exactitud mayor en la representación, una sugerencia más poderosa del movimiento y de la vida, de los rasgos físicos y los hábitos de un animal. No sabemos imaginar la existencia y el mundo simbólico de un antepasado nuestro que vivió hace tantos milenios, pero de pronto esa figura mínima, ese fragmento tallado de marfil, lo convierte en nuestro semejante inmediato, nos hace ver lo que él vio y casi percibir en nuestras manos la destreza de las suyas: manos de escultor no menos diestras que las de Miguel Ángel o las de Rodin, inspiradas por una atención visual y una capacidad de discernir los rasgos esenciales de una figura que no son inferiores a las de un dibujante chino, a las de un escultor egipcio, a las del más dotado de nuestros contemporáneos.

Los saberes que ahora llamamos Arte y los que llamamos Ciencia empezaron a separarse al final del Renacimiento. En Leonardo, la mirada del artista que imagina y la del científico que indaga son simultáneas: para él, dibujar es muchas veces una forma de conocimiento, una tentativa de comprensión de los hechos naturales y las funciones orgánicas. El dibujo lo aproxima a la anatomía y a la mecánica, a las leyes misteriosas que determinan la forma de una ola, el vuelo de un pájaro, el latido de un corazón humano. No muchos años más tarde, el mundo de Galileo y el de Caravaggio son ya del todo ajenos entre sí, y en la medida en que el método y el pensamiento científico se desarrollan van alejándose de las especulaciones del Arte, cautivo del oscurantismo teológico y de la propaganda política, y además, progresivamente, del capricho y la vanagloria de los artistas.

La ciencia y el arte son dos caminos de conocimiento, de representación inteligible de las cosas, pero hay una diferencia fundamental entre los dos: en el arte no existe progreso. En los más de 30.000 años que nos separan del ser humano que esculpió esa figurita de marfil cabe desde el salto de la piedra crudamente tallada a la manipulación del genoma, y de las bandas de cazadores vulnerables y errantes a las muchedumbres hacinadas en megalópolis, pero la mezcla de atención, intuición y solvencia técnica de aquel hombre (o de aquella mujer) no se distingue en nada de la que necesita ahora mismo un escultor que se propusiera la misma tarea, y hasta es posible que no haya muchos que sean capaces de culminarla con tanta maestría.

La ciencia y la técnica empiezan por lo más rudimentario, y lenta o velozmente se van perfeccionando: pero da la impresión de que el arte empezó ya en la cima, y por eso el pato o el cormorán de marfil o jaro, el latido de un corazón humano. No muchos años más tarde, el mundo de Galileo y el de Caravaggio son ya del todo ajenos entre sí, y en la medida en que el método y el pensamiento científico se desarrollan van alejándose de las especulaciones del Arte, cautivo del oscurantismo teológico y de la propaganda política, y además, progresivamente, del capricho y la vanagloria de los artistas. La ciencia y el arte son dos caminos de conocimiento, de representación inteligible de las cosas, pero hay una diferencia fundamental entre Cada avance científico deja obsoletos los descubrimientos que le precedieron, pero en el mundo del arte no existe progreso. Los bisontes rupestres son nuestros contemporáneos y nuestra nostalgia de una tierra perdida es igual a la que sintió Ulises. Siempre es presente Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA Escritor Los saberes que ahora llamamos Arte y los que llamamos Ciencia empezaron a separarse al final del Renacimiento. En Leonardo, la mirada del artista que imagina y la del científico que indaga son simultáneas: para él, dibujar es muchas veces una forma de conocimiento, una tentativa de comprensión de los hechos naturales y las funciones orgánicas. El dibujo lo aproxima a la anatomía y a la mecánica, a las leyes misteriosas que determinan la forma de una ola, el vuelo de un páel bisonte de greda negra y roja o el gato egipcio de basalto nos parece que son nuestros contemporáneos. El ferrocarril barre a la diligencia, el Universo de Newton anula el de Ptolomeo, Darwin desacredita para siempre las leyendas del creacionismo; pero Virgilio no deja obsoleto a Homero, ni Velázquez a Tiziano, ni el humor ácido y sarcástico de los hermanos Marx vuelve anacrónica la poesía silenciosa de Buster Keaton o del primer Charles Chaplin.

Sigfried Giedion tituló El presente eterno su estudio colosal sobre el arte prehistórico: en un presente que ha durado más de 30.000 años vuela todavía como un relámpago el ave de marfil recién hallada en Alemania, y en él sucumbe a un flechazo certero un bisonte de Altamira, y desde él nos contemplan las pupilas de un faraón egipcio, las cuencas vacías de un dios griego de bronce. Los procesos de la evolución son demasiado lentos como para que haya una diferencia sustancial entre un hombre del pasado lejano y otro de ahora mismo. Nuestra nostalgia de una tierra perdida es igual a la que sintió Ulises, y el miedo de un niño en la oscuridad no es menos angustioso que el de un Homo sapiens primitivo escuchando en la noche los rugidos de un depredador. Quizá lo que el arte y la literatura nos revelan es esa identidad que traspasa lejanías y siglos, el temblor de un tiempo que siempre es el presente.

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