Preferencias cromáticas



Que la ropa de las niñas recién nacidas deba ser rosa suele parecernos una dulzona cursilada. Que el rosa y el rojo gusten más a las mujeres que a los hombres es una suposición que tiene todo el aire de estereotipo cultural, especialmente si se añade a ella la sugerencia de que un hombre que tenga predilección por ellos puede ser poco masculino. Después de un siglo entero de rebeldía contra la subordinación de las mujeres, cualquier noción de diferencias innatas entre ellas y los hombres se ha vuelto justamente sospechosa, dado que fueron diferencias inventadas las que justificaron durante milenios una bárbara desigualdad fundamentada en el supuesto orden natural de las cosas. La ciencia, tristemente, no ha sido menos oscurantista que las religiones a la hora de fomentar prejuicios, de modo que la misoginia feroz de muchos textos sagrados no ha sido menos tóxica que esas teorías que pretendían demostrar que las mujeres son intelectual y físicamente inferiores a los hombres con la misma solvencia científica con que se demostraba la superioridad de la raza blanca, el infantilismo de los africanos o la vileza genética de los judíos.

Como la desigualdad se había justificado por diferencias orgánicas, para defender la igualdad se ha preferido argumentar que tales diferencias no existen, o que son irrelevantes, y en cualquier caso no están basadas en la naturaleza, sino en las convenciones culturales. Recuerdo haber leído hace años un ensayo en el que se afirmaba, con toda la seriedad de una investigación histórica, que el instinto maternal en las mujeres no tenía nada de natural, pues habría surgido en el siglo XVIII. Las buenas intenciones pueden llevar al disparate a las personas más sensatas, igual que los prejuicios pueden trastornar las inteligencias más agudas. Para negar a las mujeres el derecho a participar en la vida pública y hasta a recibir educación se argumentaba que la naturaleza las había destinado a la maternidad y a la crianza de los hijos. Pero reconocer, gracias sobre todo al impulso emancipador del feminismo, que las mujeres han de ser plenamente iguales a los hombres en su ciudadanía y en su derecho al desarrollo de la plenitud de sus capacidades y de sus aficiones no es incompatible con el reconocimiento de la evidencia biológica: son las mujeres las que quedan embarazadas, las que dan a luz y las que pueden amamantar a sus bebés recién nacidos, y eso les da un vínculo carnal con los hijos que es sustancialmente distinto del que establecemos los varones.

Si las niñas tienden a jugar con muñecas no es porque una cultura patriarcal les haya impuesto ese estereotipo; tampoco si tienden a preferir la gama de colores entre el rosa y el rojo, según se deduce de un par de estudios experimentales de los que me he enterado en la revista The Economist, llevados a cabo en dos universidades distintas -Yale y Newcastle- y por un equipo de hombres y otro de mujeres. En un mercadillo de fruta y verdura al aire libre, las mujeres se orientan con más facilidad que los hombres para localizar los alimentos de más valor nutritivo, aunque los hombres sepan moverse mejor en un espacio abstracto. Y puestos a manifestar preferencias delante de una pantalla en la que se muestran manchas sucesivas de color las mujeres eligen abrumadoramente los tonos que van del rosado al rojo.

Ambos equipos, que han trabajado de manera independiente, sugieren una explicación que tiene la virtud de conectar los dos descubrimientos. Descendemos de generaciones innumerables de cazadores y recolectores esas tareas de un modo parecido a como lo hacen los miembros de las pocas comunidades primitivas que aún sobreviven: los varones cazan, las mujeres recogen frutos; los hombres buscan presas móviles en un espacio donde es importante orientarse según marcas invariables; las mujeres saben a qué lugares deben ir, y también que las bayas y frutos en sazón suelen reconocerse por colores cercanos al rosa y al rojo.

Evolutivamente, el tiempo que nos separa de nuestros últimos antepasados cazadores no es más que un instante, de modo que nuestras capacidades de adaptación no han podido modificarse demasiado. Amamos a nuestros hijos porque estamos genéticamente programados para eso, pero la conciencia de ese impulso no tiene por qué rebajar la emoción íntima de la paternidad, igual que nuestra herencia de primates tribales no hace legítima nuestra propensión a la barbarie. Y para que nuestras hijas no acepten el triste papel de madres y esposas sometidas no es imprescindible que les regalemos coches de carreras y balones de fútbol en vez de muñecas, ni que al nacer las vistamos de cualquier color salvo el rosa. La misma inteligencia que nos permite comprender los mecanismos de la naturaleza nos dio las herramientas para emanciparnos de ellos. La igualdad, como la justicia, es una hermosa decisión humana.

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