Pompas fúnebres

El antropólogo escocés James G. Frazer habla en La rama dorada de numerosas tribus primitivas que evitan pronunciar el nombre de la persona muerta, a la que se refieren como "el perdido", "el pobre amigo que ya no está" o "el que se marchó por el camino sin regreso", eufemismos parecidos a los que se usan en el mundo moderno. Por ejemplo, en lugar de morir se dice mucho fallecer, del latín fallere -faltar, pasar inadvertido-; expirar o descansar, de donde provienen las conocidas siglas DEP -descanse en paz- y QEPD -que en paz descanse-, grabadas en multitud de sepulturas. Algo parecido ocurre con la palabra muerto, para la que se encontró la más aséptica difunto, del latín defungi, que significa pagar una deuda, algo que tiene que ver con la idea de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida.

Pero la gran época de los eufemismos mortuorios, según detalla el publicista y estudioso de la comunicación Eulalio Ferrer en su libro El lenguaje de la inmortalidad, fue el Renacimiento, cuando se llegó a maquillar el hecho luctuoso con frases complacientes de todo tipo. Luis XI odiaba tanto la palabra muerte que prohibió que se pronunciara en su presencia y, de hecho, la suya fue anunciada a los cortesanos con un discreto "¡Hablen poco!". Y cuando murió su sucesor, Luis XII, la frase elegida fue "El Rey quiso hacer de gentil compañero de su esposa", refiriéndose a la reina, ya fallecida. De esa época provienen sinónimos como yacer ?"aquí yace"?, dormir o reposar. También durante el Siglo de Oro se acuñaron frases amables de todo tipo: "Rendir el alma", "cerrar los ojos", "llevárselo a uno Dios", "ir al cielo"? o la que figura en la lápida de Santa Teresa de Jesús: "Voló a las estrellas". Aunque nada como los modernos y castizos "estirar la pata", "palmar" o "entregar la cuchara".

Jesús Marchamalo

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