Perdido en el tiempo


Perdido en el tiempoMás grave que no saber dónde se está es no saber cuándo se está. Mi reloj interior ha sido trastornado por un viaje en avión demasiado veloz y demasiado largo para los hábitos y los metabolismos de la especie.

De pronto no coinciden mi percepción del tiempo y los datos arbitrarios que me ofrece el reloj. Es de día, una mañana rara y nublada de Madrid, fría, con aristas de lluvia, como de invierno regresado, aunque el calendario indique un día de plena primavera. Calendarios y relojes son, al fin y al cabo, instrumentos muy rudimentarios, vinculados a primitivos ritos de cosechas y estaciones, a una idea estática y circular del tiempo, herederos cercanos de las observaciones de los sacerdotes mesopotámicos y de las clepsidras griegas y romanas. Medimos el espacio con un ingenioso sistema decimal que data apenas de hace dos siglos, pero el tiempo lo subdividimos de acuerdo con una numeración de veinticuatro horas que ya era antigua cuando se edificaban los zigurats de Babilonia. Quizás por eso, tantas veces, nos sentimos perdidos en el tiempo, como si intentáramos navegar guiándonos por el mapamundi de Ptolomeo, o clasificar a los animales de acuerdo con las categorías de los bestiarios medievales.

Es pleno día cuando he salido de la terminal del aeropuerto, y los relojes marcan las ocho de la mañana, pero en mi reloj de pulsera son las dos, y en mi conciencia dura todavía la sensación muy precisa de la plena noche, de la honda tiniebla en la que sin embargo apenas he logrado sumergirme en el sueño. Hace nada, no mucho después de media noche, yo cerraba los ojos en el interior oscuro del avión, respirando un aire un poco enrarecido, como de dormitorio de enfermo. Me dejaba adormecer por el ruido de los motores, y si alzaba la cortina de plástico de la ventanilla junto a la que tenía reclinada la cabeza sólo podía distinguir una negrura insondable, la noche más cerrada que puede concebir la imaginación, la de un vuelo sobre el Atlántico norte.

Pero de pronto, cuando parecía que por fin se acercaba el sueño, se han encendido unas crudas luces fluorescentes, como de pasillo de hospital, como las de esas naves industriales en las que millares de pollos comen frenéticamente y se agitan sin descanso y tienen siempre muy dilatadas las pupilas dementes. Las luces, el ruido de los carritos de comida, de los cubiertos del desayuno han desbaratado en un instante la quietud de la noche. Pero lo más desconcertante de todo es que en el óvalo de la ventanilla han aparecido de golpe un cielo azul y una claridad solar que son rigurosamente inverosímiles, porque hace tan sólo unos minutos todo era una negrura sin el menor indicio de amanecer.

Más grave que no saber dónde es no saber cuándo se está. Los sueños nos han acostumbrado a yuxtaposiciones imposibles de lugares o identidades, a entrar en un aula escolar de la infancia cuyas ventanas dan a un canal veneciano o a mirar una cara que nos es desconocida y saber al mismo tiempo que pertenece a un amigo del alma. Pero son mucho más difíciles de sobrellevar las distorsiones temporales, la medianoche que de pronto deja de serlo para convertirse en mañana soleada, incluso esa hora de ayer que hoy, por los perversos cambios oficiales del reloj, es una hora más tarde, aunque la luz sea idéntica.

He vuelto a mi ciudad, después de una ausencia más o menos larga, y aunque me acostumbro enseguida a los lugares, me cuesta mucho más instalarme en el tiempo. Las seis horas que perdí en algún momento de esa noche del vuelo sobre el océano son como una parte de mí que me hubiera sido amputada, un espacio en blanco, un hueco en la conciencia y en la memoria. En vano miro relojes que mienten, con disciplina absurda me acuesto a una hora en la que no viene el sueño, o me despierto en mitad de la noche con una inútil lucidez matinal. Hay un reloj dentro de mí que ha sido trastornado por un viaje demasiado veloz y demasiado largo para los hábitos y los metabolismos de la especie, un reloj infinitamente más primitivo que los de las pirámides mayas o egipcias, cuyo mecanismo se puso tal vez en marcha en esa lejanía de miles de millones de años en la que por primera vez un organismo desarrolló células sensibles a la luz, empezó a adaptarse al lento ritmo binario de la claridad y las sombras. Ahora unos científicos españoles aseguran haber encontrado en el cerebro los haces de neuronas en los que reside exactamente ese reloj inmemorial. Leo la noticia con avidez, después de una noche de rareza y de insomnio, al cabo de varios días después del regreso, en una mañana que tiene algo de mañana soñada, imaginando una píldora futura que nos devuelva en un instante a los propensos a extraviarnos en el tiempo la conformidad con los relojes, la sabrosa rutina de las noches y los días.

Antonio Muñoz Molina

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