Parientes cercanos


Parientes cercanosAntes, la obsesión por el origen era patrimonio de aristócratas. Ahora, quien más quien menos pretende pertenecer a una cultura milenaria, sin reparar en que todos compartimos exactamente la misma antigüedad.

Nuestra familia nos parece lo más cercano que tenemos, pero en cuanto se empieza a viajar hacia el pasado por las ramas de la genealogía enseguida se llega a una completa oscuridad: nuestros antepasados son una muchedumbre algo inquietante de desconocidos, primero caras sin nombre en fotografías muy antiguas y después nada, sólo la intuición imposible de vidas que se extinguieron sin dejar otro rastro que una parte de nuestro acervo genético. La obsesión por el origen antes era el patrimonio de aristócratas arrogantes, pero ahora se ha convertido en otro rasgo del narcisismo colectivo que apasiona tan misteriosamente a un número cada vez mayor de nuestros contemporáneos, alentados en esa superstición por la clase política española. Oye uno hablar a un cretino, con o sin cargo político, que se precia de pertenecer a un pueblo muy antiguo, a una cultura milenaria, y se pregunta si ese idiota no habrá reparado en que todos compartimos exactamente la misma antigüedad, porque podemos remontar nuestro origen a los primeros individuos de la especie Homo sapiens, del mismo modo que Sancho Panza se consideraba no inferior a duques y a príncipes, ya que compartía con ellos a los dos antepasados más ilustres y antiguos, Adán y Eva. Incluso podemos remontarnos más atrás en parentescos ilustres, y reivindicar a nuestros primos cercanos los chimpancés, con quienes compartimos más afinidades genéticas y de comportamiento que con algunos de nuestros compatriotas de la variedad fanática y cerril.

A muchas personas les sigue pareciendo inaceptable que se pueda encontrar un simio peludo en su linaje: otras se avergüenzan, en su pureza de sangre, de un abuelo extremeño o andaluz. Un apacible profesor de contabilidad residente en Florida, Thomas R. Robinson, acaba de llevarse la sorpresa de saber que es descendiente directo nada menos que de Genghis Khan, el caudillo mongol que en el siglo XIII fundó el mayor imperio que había conocido la humanidad. Genghis Khan murió en 1227: en 2003, un grupo de genetistas de la universidad de Oxford descubrió que uno de cada 12 hombres de Mongolia y Asia Central es portador de una misma variedad de cromosoma Y, que es el que los padres transmiten casi intacto a sus hijos varones. Sus peculia ridades les han permitido deducir que su difusor fue probablemente Genghis Khan. Al parecer, él y sus hijos se dedicaron a la procreación tan infatigablemente como a cabalgar por las estepas y a extender su imperio, surcándolo de caminos seguros por los que circulaban las caravanas y fluían por igual las sedas y las especias de oriente y el ADN de los conquistadores. Pero esa variedad de cromosoma Y, frecuente en los territorios del antiguo imperio mongol, no se había encontrado nunca en Occidente.

Como muchos estadounidenses, el profesor Robinson sentía curiosidad por encontrar el punto de partida en el viaje migratorio de su familia desde Europa. Indagando en archivos, descubrió que un tatarabuelo suyo había abandonado la región de Cumbria en Inglaterra para cruzar el mar en uno de aquellos buques que traían a América a los hambrientos, los perseguidos y los aventureros de la Europa rural. Pero los registros escritos se detenían en aquel tatarabuelo, y el profesor Robinson, como un detective que busca ahondar aún más en lo desconocido, llegar más lejos en el gran bosque oscuro de los muertos, decidió pasar de la genealogía a la genética, y envió una pequeña muestra de células del interior de su mejilla a una compañía que tiene el nombre novelesco y algo inquietante de Oxford Ancestors, y en la que se almacena el patrimonio genético de más de 50.000 personas de todo el mundo. La respuesta asombrosa no tardó mucho en llegar: los 78 genes del cromosoma Y del profesor Robinson son idénticos a los de los millones de descendientes del incansable Genghis Khan. De algún modo, con la contumacia del gen egoísta de Richard Dawkins, la línea familiar de este contable de Florida cruza el Atlántico, se detiene en la plácida región de los lagos en Inglaterra, y sin que se sepa cómo retrocede en un rastro más largo hasta las llanuras del Asia Central: quizá, especula el profesor Robinson, entre sus antepasados hay un asiático que fue hecho esclavo durante alguna incursión de aquellos navíos vikingos que alcanzaban el Caspio y remontaban los ríos de Rusia.

Las posibilidades de la imaginación son tan ricas como las de la búsqueda genética: qué viajes, qué encuentros, qué entrelazamientos de historias que nunca llegaremos a saber confluyeron para que el parentesco de Genghis Khan se extienda hasta una ciudad de Florida. Si esos dos hombres, separados por treinta generaciones y por medio mundo, son familia cercana, ¿quién puede pretender que de un modo u otro no está emparentado con la inmensidad de los desconocidos que pueblan la Tierra? El profesor Robinson se lo toma con ironía: dice que, como Genghis Khan, él también tiene dotes administrativas.

Continúa leyendo

COMENTARIOS

También te puede interesar